Donald Calloway nació en 1972 en Dearborn (Míchigan, Estados Unidos). Confiesa:
Mi madre se había casado tres veces y no teníamos religión. Mi familia era muy hedonista y viví una espiral descendente en los primeros años de mi vida. Drogas, sexo, fumar y beber, todo desde la edad de 11 años. Todo comenzó en Virginia Beach —donde residíamos porque mi padrastro pertenecía al ejército— y continuó cuando mi familia se mudó a California. Fue una escalada hasta el punto de perder todo control.
Cuando su padrastro anunció un día que la familia se mudaría a Japón, Donald se enfureció por tener que marcharse. Contrariado, y una vez en Japón, Donald buscó amigos que tuvieran los mismos extravíos que él. Esos amigos pronto se convirtieron en su conexión con la organización mafiosa japonesa llamada «Yakuza».
Por esta vinculación y por sus actividades delictivas, pronto se convirtió en alguien buscado por las autoridades de Japón y Estados Unidos. Acabó siendo expulsado de Japón. Ya en Estados Unidos, volvió a las drogas en una escala aún mayor. La heroína, LSD, estimulantes, tranquilizantes, eran su rutina ordinaria.
En una ocasión mientras se drogaba, la situación se descontroló y Donald despertó en un hospital donde los médicos tuvieron que luchar por salvarle la vida. Había tocado fondo.
Una noche, cuando casi tenía 21 años, Donald estaba en su habitación. Comenzó a tener oscuros pensamientos que pasaron del pánico a la idea del suicidio. Buscó distraerse y tomó un libro al azar de una estantería. El texto trataba sobre apariciones de la Virgen María.
Aunque su madre era católica, él había rechazado la religión hacía mucho tiempo. Por ello, no tenía ni la menor idea de quién era la Virgen. Y sucedió que cuando empezó a leer el libro, se enganchó.
Hablaba sobre una hermosa mujer llamada María que era la madre de Jesús. Ella era bella, tan bella que su feminidad y su amor podían hacer que los niños a los que se apareció quedaran cautivados y cayeran de rodillas. Eso me fascinó.
Pienso que Dios utilizó la belleza de la Virgen María para llegar a mí y fue un método brillante porque funcionó. Leí todo el libro en una noche y comenzó mi enamoramiento radical por Jesucristo.
Leí el libro entero hasta las 4 de la mañana. Me comí ese libro como si en ello me jugara la vida. Lo consumí. Y me dije: ‘¡Esto es verdad!’; ‘Todo en este libro es cierto’. La Virgen decía que Jesús era Dios, y pensé, ‘lo que dice es verdad’. Todo me parecía tan hermoso y perfecto que en ese instante la Virgen cautivó mi corazón. Sin dudarlo un segundo me dije: ‘Yo me entrego totalmente a esta mujer’.
Estaban viviendo en la Estación Aérea Naval de Norfolk, y pensó que allí debía haber una iglesia o capilla católica. Esa misma mañana indagó, y al fin pudo encontrarla. Allí se encontró con el capellán militar, que estaba preparándose para celebrar la misa. El sacerdote le dijo que fuera a la iglesia y se sentara mientras él oficiaba la misa, y que luego hablarían.
Donald hizo lo que se le dijo, quedándose a la espera junto a un pequeño grupo de mujeres que recitaban una oración repetitiva… que, por supuesto, era el santo rosario.
Y durante la celebración eucarística, de repente este joven —adicto a las drogas, fuera de control— tuvo un «click» interior y supo lo que allí estaba pasando…
Se paró el tiempo. Me vi en el Calvario en la contemplación de los fieles del sacrificio del Cordero, sentí a Cristo de tal forma que todo lo que sabía era que yo estaba locamente enamorado de él, que es Dios y nuestro Salvador.
Una vida nueva desbordaba el corazón del joven. Después de la misa, el sacerdote le dio a Donald un cuadro del Corazón de Jesús, una foto del papa y un crucifijo. Se fue a casa, tomó algunas bolsas de basura, entró en su habitación y se deshizo de sus pósteres y de casi todo lo que allí había. A continuación, en las paredes desnudas, colgó la foto del papa y el cuadro del Corazón de Jesús. Viendo este cuadro:
Me sorprendió que Jesús no me mirara como si me quisiera aplastar. La imagen era de él en un gesto de bendición. Empecé a llorar. Me di cuenta de que era amado y que Dios me buscaba.
Desde ese instante lo abandonaron los deseos que le esclavizaban. Las adicciones, la lujuria, todo lo insano que le habitaba…
Dios simplemente me cambió, y fue increíble. Cristo me abrumó con su amor. Después de esta experiencia, vivía prácticamente en la iglesia, recitando las estaciones del viacrucis hasta que la misa comenzara. Empecé a recitar el rosario, llevaba un escapulario, leía todo lo que podía de los santos.
Poco después discernió su vocación sacerdotal en una congregación religiosa especialmente centrada en nuestra Señora, los Clérigos Marianos de la Inmaculada Concepción, fundados por el escolapio polaco Estanislao Papczynski en 1673. Y tras los estudios pertinentes, recibió la ordenación sacerdotal.
En la actualidad es asistente del rector en el Santuario Nacional de la Divina Misericordia en Stockbridge, Massachusetts y de aquellos años solo queda la práctica esporádica del surf, si lo permite el tiempo que dedica a dar conferencias en todo el mundo para hablar sobre su extraordinaria historia de conversión.
A menudo digo a la gente que soy un milagro de la Divina Misericordia. He hecho tantas cosas malas y herido a tanta gente, y sin embargo hay misericordia para alguien como yo. Y si eso es cierto, y lo es, entonces lo mismo ocurre con todos los demás. Hay un océano de misericordia esperando por nosotros.
Jesús te ama, y él vino al mundo por ti. Dios está locamente enamorado de ti, anhela tu amistad, anhela por tu corazón. Entrégaselo y pon tu confianza en él.
Por cierto, es autor de numerosos libros, entre otros, Consagración a san José.







