Adviento

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POR TOMÁS MORALES, SJ
(Extraído de Estrella del mar, 8-XII-1941)
Si leéis con atención la liturgia de
Adviento, un gesto de sorpresa se dibujará instintivamente en vuestro rostro.
Con rapidez increíble se pasa de los sentimientos de la más conmovedora alegría
a los afectos severos de un temor expectante. Subsiste el aleluya triunfal,
pero dejan de resonar jubilosos el Te Deum y el Gloria in excelsis,
al paso que el órgano enmudece. Las preces feriales del rito cuaresmal desfilan
una tras otra sin perder su augusta gravedad al verse interrumpidas por
exclamaciones de júbilo incontenido, que, en
antífonas y lecciones,
tratan de mantener siempre erguida nuestra alegre esperanza. Galimatía
litúrgica incomprensible, jeroglífico indescifrable, diréis.
La solución del enigma es, sin
embargo, fácil. La tenéis con sólo pensar que la Iglesia trata de prepararnos
para un doble advenimiento del Señor, para una doble parusía del Cristo
prometido por Javhé. Una venida que pertenece a la historia, otra que mira al
porvenir […]. Una venida rebosante de amor, otra pletórica de justicia: el
nacimiento en Belén de un Dios Redentor, dum nox in suo cursu medium iter
haberet
, y la majestuosa aparición de un Dios Juez el último día de los
tiempos… Por tanto, ni galimatía, ni jeroglífico. Alegría y temor se
conjugan, pues, con perfección. La armonía es exacta. Con tonalidades
aparentemente discordantes, la sinfonía es, sin embargo, acabada.
Primera parusía. Expectación
alegre y anhelante de un jubiloso clarear de redención que iluminará el
nacimiento del Mesías de las promesas. Las cuatro semanas de Adviento de las
liturgias occidentales representarán los cuatro mil años en que padres y
patriarcas de la vieja Ley suspiraron inconsolables por la venida del Salvador
de Israel. Isaías esculpió con el cincel de su vigoroso estilo esos ardientes
deseos, al pedir que las nubes del cielo lloviesen al Justo: Rorate coeli
desuper et nubes pluant justum
. La Iglesia no se cansará de repetir esas
palabras al acercarse la noche santa de Navidad.
Para excitar en sus fieles
este sentimiento de alegría expectante, la Liturgia griega celebra durante el
Adviento festividades especiales en honor de los padres y Patriarcas del
Antiguo Testamento, sin olvidar a Adán y Eva. Y nos los presenta con esa
profusión y belleza de imágenes tan característica de la fantasía oriental.
Ellos son los luceros de la mañana, que, iluminados por la claridad del Sol de
justicia, oculto aún en el horizonte, anuncian al mundo la aurora de un nuevo
día lleno de bendiciones. Son ardientes antorchas que rasgan las tinieblas en que
se movían los hombres antes de la venida del Redentor. Como potentísimos faros
surcan en la noche las encrespadas olas del mar borrascoso de esta vida, para
iluminarnos un derrotero de vida que nos conduzca al puerto de la salud. Por su
fe, su esperanza, su deseo vehemente de contemplar al Salvador, son nuestros
espirituales aliptos, los entrenadores que ungen nuestros espíritus para
mantenerlos tensos en espera del gran día.
Segunda parusía. Expectativa
temblorosa del Rex tremendae maiestatis. La Iglesia no puede olvidarla
en estos días. Con ecos de alegría se entremezclan graves y pausados acordes de
hierática severidad. A través de los cuarenta días repercutirá sin cesar el
tono lúgubre del Evangelio del Juicio final de la misa del primer domingo de Adviento.

Con el advenimiento
misericordioso quiere prepararnos la Iglesia al de la justicia final. Dedicaban
los romanos el primer mes del año al dios bifrons o bíceps: un dios que
al mismo tiempo miraba al pasado y oteaba el futuro. El Adviento es nuestro enero
litúrgico. Y la Iglesia quiere que durante él miremos hacia atrás, a la primera
parusía, sin perder de vista la segunda. Al contemplar en Belén el cumplimiento
de promesas seculares, nuestro entendimiento se inunda en luz celestial y
nuestro corazón arde en amor divino […]. Así, cuando suene la hora fatal de
la segunda venida, contemplaremos alegres el rostro de Dios, librados de las
llamas del infierno […]. Así, “colmados de bendiciones celestiales con la
primera venida, nos encontraremos preparados para la segunda” (San Gregorio de
Tours). Así, al que alegremente recibimos como Redentor, lo veremos confiados
un día como Juez.