¡Alégrate, el Señor está contigo!

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Por José Luis
Acebes
¿Tienes el
Evangelio a mano? Ábrelo, por favor, por el pasaje de la Visitación (Lc 1, 39
ss). Encontrarás un tesoro escondido inagotable.
Verás que
María entra en casa de Zacarías y saluda a Isabel. ¿Qué tiene el saludo de
María que desencadena tres acontecimientos sorprendentes, inesperados? Juan el
Bautista salta de alegría; Isabel se llena del Espíritu Santo; y prorrumpe en
una gran exclamación.
¿Cuál es
ese saludo de María, que libera tal energía? El evangelio no lo explicita, pero
aporta unas claves para identificarlo.
La Virgen
pocos días antes había recibido un saludo que había cambiado su vida. El ángel
le había dicho: Alégrate, llena de gracia, el
Señor está contigo. Y comenta el evangelista que Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se
preguntaba qué saludo era aquél. María había quedado afectada por el
saludo de Gabriel, y lo había interiorizado. (El saludo era una de “estas
cosas” que conservaba meditándolas en su corazón
—cf. Lc 2, 9 y 51—). Y por eso, al encontrar a Isabel, la saludaría con estas
palabras: “¡Alégrate, el Señor está contigo!”. Isabel (ayudada posiblemente por el
tono de voz y el gesto de María, que llevaría sutilmente la mirada hacia el
vientre), intuiría que “el Señor está contigo” era mucho más que una fórmula: era una
realidad palpable por primera vez en la historia. El Señor, entrañado en María,
revolucionaba así la vida de Isabel, llenándola del Espíritu Santo. Comenzaba
así la revolución de la Encarnación.
* * * 
El saludo
de María no afecta solo a Juan y a Isabel. Nos alcanza a ti y a mí, a la
Iglesia y a toda la humanidad. ¿Qué ocurre cuando tomamos conciencia hoy del
saludo de María: “¡alégrate, el Señor está contigo!”? Al percibir la presencia del Señor se
disipan nuestros temores, como le ocurre al niño agarrado de la mano de su
padre. Además, reconocemos nuestra propia dignidad: no somos seres anónimos; el
Señor vive con nosotros. Y nos invade la confianza porque su presencia es
permanente: el Señor ha estado, está y estará conmigo. ¿Qué consecuencias tiene
esto para nosotros? Las mismas que señala el pasaje evangélico:
Nos
hace saltar de alegría. No es una
alegría cualquiera; se exterioriza, no te deja quieto. Juan saltó (literalmente
se movió, se con-movió) de alegría en el seno de Isabel. La presencia del Señor
en nosotros nos conmueve, nos impulsa a mostrar nuestra alegría.
Nos
llena del Espíritu Santo. Es la
misión de María: llevar a Jesús y abrir el alma para recibir el Espíritu Santo.
Cuando abrimos una rendija de nuestro ser, por ella entra a raudales la luz del
Espíritu Santo.
Nos
hace levantar la voz y exclamar. A impulsos del Espíritu Santo este grito de
entusiasmo se dirige, en primer lugar, como el de Isabel, a María portadora de
Jesús, y le decimos: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu
vientre!” (Este grito unánime pervive en la Iglesia desde antiguo en el
avemaría). Y después la exclamación va dirigida a todos: nos hacemos
propagadores de la buena noticia.
Se cuenta
que san Bernardo al rezar paseando por el jardín del monasterio, solía
detenerse ante una imagen de la Virgen, hacía una reverencia y decía con
cariño: “Yo te saludo María”. Así lo hizo mucho tiempo. Un día, al saludar así a
la Virgen, escuchó una voz apacible que le respondía: “Yo
te saludo Bernardo”.
¡Qué sorpresa se llevó Bernardo!

Dejémonos
sorprender y transformar al escuchar el saludo de María (p.e. al rezar el
avemaría): nos llenaremos del Espíritu Santo, y comunicaremos la alegría y la
buena noticia a todos