Casarse pronto y mal. Una lección de Larra sobre educación

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Una lección de Larra sobre educación
Una lección de Larra sobre educación

Casi terminado el curso escolar, bien vale romper una lanza en pro de la educación. Sí, y tantas como sean necesarias para advertir a educandos y educadores que la carencia mayor en los sistemas educativos vigentes, sobre todo en el mundo occidental, es el olvido de cultivar los resortes del corazón humano. El fundamento de la educación siempre se ha cimentado en el cultivo de las virtudes, en ejercitar hábitos buenos que posibiliten a cada aprendiz el ser dueño de sí mismo para poder discernir entre el bien y el mal, lo conveniente de lo dañino, lo que nos hace crecer humanamente en humanidad frente a lo que nos degrada a comportamientos peor que de animales, embrutecidos y bárbaros.

No es verdad que el conocimiento del bien ya asegura el obrar acorde con el bien. Conocer los valores no garantiza ponerlos en práctica, salir airosos al contrastarlos con las mil ocasiones de la vida. Como no es verdad que el imperio de la ley corregirá en la ciudad moderna lo que el individuo trasgrede. Y, sin embargo, necesitamos un sistema de conocimientos, una visión de la vida que se ajuste a la realidad. Dime cómo piensas y te diré cómo obras. Dime cómo obras y te diré cómo eres.

Hoy los sistemas educativos buscan potenciar al máximo las facultades que convierten a los individuos en instrumentos útiles para salir airosos en el laberíntico mundo del mercado, y de esta manera situarse en el espacio de los triunfadores. Dominio de idiomas y de las nuevas tecnologías. Lo que importa es el homo faber, no el homo sapiens. La sabiduría hoy se la otorgamos a los que ponen la inteligencia al servicio de la producción, al desarrollo de las posibilidades que surgen, no de la naturaleza de las cosas, sino de la durísima lucha para vencer la competencia astuta y exigente en el campo de batalla del mercado, en el que todo vale. Al bueno, al honrado, al que va de buena fe, se lo comen hasta las moscas. Hacedme hombres y mujeres eficaces, en las escuelas y universidades que lo demás se lo dará la lucha por sobrevivir, la astucia y la dureza de corazón.

Qué será luego de cada individuo en su vida afectiva, en su vivir de cada día, ¿a quién le importa? Que haya un desesperado más poco le importa al mundo. ¿No escucháis los gritos de vacío, desorientación, de sinsentido, a poco que prestéis atención a vuestro alrededor? ¿Nadie se pone a reflexionar sobre las escalofriantes cifras de suicidios?

No es verdad que a un amor perdido otro lo compensará. No es verdad que el aturdimiento en todo momento y por el medio que sea, asegura un vivir de bienestar y calidad. No es verdad que sin un sentido de la vida, —porque todo es opinión, porque todo es relativo— puedas mantenerte en pie cuando las adversidades te acorralan.

¿Cómo reaccionaríais si recibierais una carta de un familiar —en este caso de un hijo— que le dijera por escrito a su madre, unos momentos antes de suicidarse estas dramáticas palabras?:

Madre mía: Dentro de media hora no existiré; cuidad de mis hijos, y si queréis hacerlos verdaderamente despreocupados —en la acepción de que no sigue, o hace alarde de no seguir, las creencias, opiniones o usos generales— empezad por instruirlos… Que aprendan en el ejemplo de su padre —en el contraejemplo, diríamos mejor— a respetar lo que es peligroso despreciar sin tener antes más sabiduría. Si no les podéis dar otra cosa mejor, no les quitéis una religión consoladora. Que aprendan a domar sus pasiones y a respetar a aquellos a quienes lo deben todo. Perdonadme mis faltas: harto castigado estoy con mi deshonra y mi crimen; harto cara pago mi falsa preocupación. Perdonadme las lágrimas que os hago derramar. Adiós para siempre.

¿Recordáis al escritor que, entre otros seudónimos, firmaba con el de El Pobrecito Hablador? ¿Recordáis a Fígaro? Estas palabras las escribió Mariano José de Larra el 30 de noviembre de 1832, en su artículo de costumbres Casarse pronto y mal. Aunque la ficción literaria le permite atribuir el suceso a una hermana que nunca tuvo, lo dramático es que, en el artículo, están reflejados aspectos claves de su biografía referentes a su educación francesa de ilustrado y a su vida familiar, lo que le indujo, cinco años más tarde, el fatídico 13 de febrero de 1837 a dispararse un tiro en la sien a los 28 años.

El espacio de esta sección me impide comentarlo íntegramente. Animo a su lectura. No acierta plenamente en todo; por ejemplo, le corregiríamos que la religión católica no tiene como fin primordial directo ser consoladora, sino dar la clave del sentido de la vida, vivir para aprender a amar. Pero sería bueno que lo leyeran nuestros políticos de hoy cuando quieren suprimir en la escuela la enseñanza de la religión. Cuántas veces aprendemos de los errores ajenos, no solo de las vidas ejemplares, como recuerda el suicida de la carta.

¿Saben cómo termina la madre que ha sido la responsable de la educación de su hijo? Muere de dolor.

Echemos una ojeada al tipo de educación que entonces se daba habitualmente en las familias españolas; la que recibió la madre y no le pareció buena para su hijo. El padre era una antigualla de otros tiempos. La hija, con su modernidad y su liberalismo, sabría dar a su hijo una educación tal como los tiempos demandan. ¿Os suena el por los frutos los conoceréis? Cuenta Larra:

Así como tengo aquel sobrino de quien he hablado en mi artículo de empeños y desempeños, tenía otro no hace mucho tiempo, que en esto suele venir a parar el tener hermanos. Este era hijo de una mi hermana, la cual había recibido aquella educación que se daba en España no hace ningún siglo: es decir, que en casa se rezaba diariamente el rosario, se leía la vida del santo, se oía misa todos los días, se trabajaba los de labor, se paseaba las tardes de los de guardar, se velaba hasta las diez, se estrenaba vestido el domingo de Ramos, y andaba siempre señor padre, que entonces no se llamaba «papá», con la mano más besada que reliquia vieja, y registrando los rincones de la casa, temeroso de que las muchachas, ayudadas de su cuyo, hubiesen a las manos algún libro de los prohibidos, ni menos aquellas novelas que, como solía decir, a pretexto de inclinar a la virtud, enseñan desnudo el vicio.