Ser Maestros

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Ser Maestros
Ser Maestros

Por Rubén López-Magaz

Dice el filósofo y pedagogo navarro Gregorio Luri, en su libro La escuela contra el mundo, que «la compasión ineficiente no debería ser un móvil pedagógico», y que, por tanto, «el maestro tiene que ser un amante celoso de lo mejor que sus alumnos pueden llegar a ser» (1).

A veces pienso que en educación hemos desembocado en una especie de teatralización rousseauniana en la cual todas las partes implicadas son buenas. Los actores de la escena son buenos, no es que quieran serlo, es que les ha venido dado; sus actuaciones son espontáneas, y por tanto, ante la toma falsa evidente y necesaria, se debe tener la indulgencia compasiva y oportuna por ser un absoluto fallo de guion. Es más, cualquier interrupción o reformulación a esa creatividad se convierte en un acto incomprensivo y contrario a la capacidad personal del figurante. ¿Qué he hecho mal? ¿Acaso no soy yo el protagonista? ¿Es en realidad el papel que me han asignado el que de verdad se ajusta a mi yo real? Se pregunta el actor…

A veces el director de escena se ve solo, incomprendido, pensando qué ha podido fallar en su elaborada trama si ha puesto todo el amor necesario. ¿Falta de coaching? ¿De liderazgo? ¿Exceso de confianza? ¿Previsión errónea de los recursos necesarios? ¿Un público demasiado exigente que absolutiza cada segundo y matiz de la obra en cuestión? Un público que desde las butacas esgrime con crudeza y altivez, creyéndose crítico reconocido, una obra de la cual desconoce por completo su argumento.

Quizás, tanto los actores como el director de la obra o el público tengan algo que decir al respecto y, seguramente, todos lleven algo de razón. Habrá preguntas que obligatoriamente deban responderse para clarificar cuánto de responsabilidad adquiere cada uno de ellos, y cuánto de implicación debe de mostrar cada una de las partes.

Hemos comprobado que algo falla en la educación. Pero ¿cuándo no? Un profesor de la facultad siempre empezaba las clases diciendo: «¡La juventud está perdida! Ya lo decía Sócrates…». Son momentos críticos, pero estimulantes y renovadores; nuevos, mas no novedosos. Difíciles, mas no imposibles.

Es por ello que hacen falta Maestros. Modelos (que no seres modélicos). Referentes. Personas que quieran y acepten la enorme tarea de ser docentes, enseñantes, educadores. Que inculquen la maravilla de ser, de pensar, de aprender (2), como tarea indispensable en su quehacer diario. Formados con una sólida base intelectual, que no ideológica. Dominando el conocimiento, y no solo las metodologías. Siendo realistas, que no positivistas. Siendo afectivos (y afectados), que no únicamente emotivos.

Hay algo que decir, y algo que aportar. Y por supuesto algo que enseñar a los nuevos maestros. Crear cauces de conexión, de formación, de acompañamiento. Crear nuevas estructuras que complementen la formación adquirida para poder desarrollar, de la forma más honesta, la tarea más noble que puede existir: Educar.


(Notas)

1.- Luri, G., (2015). La escuela contra el mundo. El optimismo es posible. Barcelona. Ariel pág. 60–61.

2.- En referencia al PPI (Paradigma Pedagógico Ignaciano).