Denise Bossert

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Denise Bossert
Denise Bossert

Regalos de la Visitación

El año 2015 una editorial norteamericana publicaba el libro Gifts of the Visitation (Regalos de la Visitación). En él, su autora Denise Bossert va exponiendo sus reflexiones espirituales sobre el encuentro de la Virgen con su prima Isabel. Pero simultáneamente va narrando al lector los pasos de su conversión desde el presbiterianismo al que pertenecía, hasta el seno la Iglesia católica.

Hija de un pastor presbiteriano, desde muy temprana edad Denise sintió su atracción por la religión y el deseo por conocer en plenitud la Verdad. Cuenta que siendo aún una niña, en 1979, acompañó a una amiga católica a la misa dominical. Y, sin percatarse de ello, también ella se acercó a comulgar con su amiga. Algo raro debió ver el sacerdote celebrante, pues después de la misa se acercó a hablar con las dos niñas y, una vez cerciorado de que Denise era presbiteriana, le aclaró que para los católicos la Comunión no era algo simbólico sino la certeza de que Cristo está real y verdaderamente presente en la Hostia consagrada. Y que comulgar para un católico implicaba la comunión total con la Iglesia.

Con 18 años de edad, y en su primer curso de universidad, contrajo matrimonio. Tuvieron prontamente tres hijos. Y es entonces cuando su marido decide iniciar los estudios para ordenarse como pastor presbiteriano. Como a causa de ello él se ausentaba con frecuencia del hogar familiar, ella aprovechaba (si bien a escondidas) para ver el canal televisivo católico EWTN, sobre todo para escuchar a la madre Angélica, ya que sus intervenciones le resultaban muy interesantes.

Mientras su marido completaba su formación pastoral, ella, finalizados sus estudios, se emplea como docente en un colegio católico. De entre sus charlas con los colegas recuerda una. Mostraba a un compañero católico su extrañeza por el rito de la señal de la cruz que realizamos antes de la lectura del Evangelio en la Misa. Ella pensaba que eso era simplemente un gesto mecánico, ritual, carente de sentido. Por eso quedó gratamente impresionada al descubrirle su compañero docente el profundo significado del persignarse: la cruz en la frente como asentimiento de cuanto creemos; la cruz en los labios como profesión de nuestra fe; la cruz en el pecho como expresión de nuestras obras.

De la cruz a la luz

Pero no fue hasta el momento de acompañar a su padre enfermo y asistirle en sus últimos días cuando el sufrimiento propio y ajeno le llevaron a preguntarse con más intensidad sobre el sentido del dolor y de la cruz. En diciembre de 2003 falleció su padre. Con tales sentimientos comenzó a interesarse por los libros que este poseía en su biblioteca. Y entre ellos, curiosamente, vio las Confesiones de san Agustín. Si bien Denise nunca se había sentido atraída por libros antiguos y solo leía los de autores modernos (y desde luego nunca de autores católicos), se animó a leer este libro de san Agustín. Y así es como comenzaron a desvanecerse sus prejuicios contra los santos católicos.

Tras las Confesiones leyó otro de los libros de su padre: la Noche oscura, de san Juan de la Cruz. Y quedó cautivada, porque ahí fue donde descubrió que sus sufrimientos, tanto el personal como el de su padre, no eran más que la noche oscura por la que el alma progresa espiritualmente hacia Dios.

Como vio que contemporánea de san Juan de la Cruz fue otra carmelita, santa Teresa de Jesús, decidió leer uno de sus libros: El castillo interior o Las Moradas.

Denise quedó embelesada por todo aquello. Y pensó: «Quiero lo mismo que tuvieron estos santos carmelitas; quiero esa misma fe; quiero esa espiritualidad». Sentía también que como presbiteriana había perdido el sentido de la santidad, de la santificación personal. Y así es como, simultáneamente, vino a sentir hambre por la Eucaristía.

Recordó entonces que su padre le había hablado muy bien acerca de un sacerdote católico, el P. Larry. Le localizó, le llamó por teléfono y se dio a conocer. Al exponerle su interés por el catolicismo, el sacerdote le recomendó leyera el capítulo 6 del evangelio de san Juan, debiendo preguntarse a sí misma durante tal lectura si quería creer la palabra del Señor. Leyó ese capítulo 6 y fue como si nunca antes lo hubiese visto. Se inscribió en una clase de iniciación al catecumenado. Y es el momento de recoger el relato de Denise en primera persona.

La Inmaculada nunca falla

«Todo era maravilloso, hasta diciembre de 2004, momento en que el catequista nos habló sobre el dogma de la Inmaculada Concepción. Fue un problema para mí, porque en un rincón de mi mente tenía un recuerdo, el diálogo de mi padre con mi madre. Él, al pasar cerca de una iglesia le comentó a ella: “¿Ves la titular de esa iglesia católica? Iglesia de la Inmaculada Concepción. ¿Sabes qué significa? Los católicos piensan que Dios pudo conceder tal privilegio a la Virgen María para proteger su divinidad. Pero yo no creo que fuera necesario haberlo hecho. Y no creo que lo haya hecho”.

Pregunté entonces al catequista si podía ser católica sin creer tal dogma, y me contestó que no. Yo creía ya en el Papado, en la Eucaristía, ansiaba recibir la Comunión, pero sentía el escollo de tal dogma mariano. Me habló entonces mi catequista de la nueva Eva, del Arca de la Alianza. Pero no me convencía. Así que le dije: “¿Cómo puedo llegar a creer cuando no entiendo esto? Ni siquiera me veo con fuerzas para pedir luz al Señor”. Me contestó que, ya en mi hogar, pidiera a la Virgen esta gracia: que me mostrara que es la Inmaculada Concepción.

Fue así como ya en mi casa escribí en mi cuaderno de notas espirituales esta petición: “María, si tú eres tal como me dice la Iglesia católica y me amas, necesito que me muestres a través de alguien que no sea de mi entorno, y por tu inspiración, que tú eres la Inmaculada Concepción, que la Iglesia católica es puerto seguro y que yo debo aceptar esta enseñanza. Y que tu respuesta me llegue antes de fin de año”. ¡Y faltaban apenas dos semanas para que acabara el año!

La verdad es que puse esta última condición porque en mi fuero interno estaba tan convencida de la imposibilidad de recibir esa señal como de la imposibilidad de que tal dogma fuera cierto.

Al día siguiente recibía una carta de una señora, desconocida para mí. Era una carta mecanografiada. En su cabecera ponía: “Fiesta de la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre de 2004” y al final de la misma: “Mary Beth, terciaria carmelita”. En la carta me instaba a seguir adelante, asegurándome que la Iglesia católica era tierra firme. Mary Beth vive en Pensilvania, a cientos de kilómetros, y yo no la conocía personalmente. ¿No era admirable y providencial? Se me saltaron las lágrimas. De inmediato, como al apóstol Tomás, me desaparecieron las dudas. Y así fue como en 2005 fui recibida en el seno de la Iglesia católica y recibí por vez primera (esta vez plenamente consciente) la Sagrada Comunión.

Un año después de convertirme, mi hijo menor me siguió a la Iglesia. Dos años después, se convirtió mi esposo. El domingo de Pentecostés de 2013, ¡otra hija (y tres nietos menores de tres años) ingresaron a la Iglesia!».

Conferenciante y escritora

La actividad apostólica de Denise Bossert ha sido notable desde entonces. Como conferenciante, dando charlas sobre temas que incluyen: la conversión, la Inmaculada Concepción, la Visitación y las Mujeres de la Historia de la Salvación. Y como escritora colaborando periódicamente en artículos sobre espiritualidad que se publican en 43 revistas diocesanas. En febrero del año 2018 se ha editado su libro Estaciones de la cruz para un mundo herido.