El valor de los que no cuentan

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Foto: Cristian Newman
Foto: Cristian Newman

Desde una perspectiva filosófica y religiosa, el concepto de dignidad humana posee una larga trayectoria histórica. No obstante, desde un punto de vista jurídico, no fue reconocido este concepto de la dignidad humana hasta mediados del siglo XX con la Carta de las Naciones Unidas (1945) y la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), entre otros documentos.  

Partiendo del significado etimológico, el término dignidad proviene del latín dignitas, cuya raíz es dignus, que significa «excelencia», «grandeza»; de ahí que la dignidad que posee cada individuo es un valor intrínseco, independiente de factores externos.

La dignidad es el rango o la categoría que corresponde al ser humano como ser dotado de inteligencia y libertad, cualidades únicas que lo hacen distinto y superior a todo lo creado.

La complejidad de nuestra sociedad, el enfoque mercantilista que nos lleva a valorar todo en términos de producción económica, el aumento de la esperanza de vida, la disminución de la natalidad, las deficiencias de las organizaciones sociales, los retrasos de la legislación oficial, las incomprensiones de una sociedad egoísta, etc. están haciendo que se pierda el sentido de la dignidad humana, y las personas no productivas económicamente (ancianos, enfermos, minusválidos…) se vean como una carga.

Se difunde la idea de que toda persona dependiente es una carga por su insuficiencia humana y social.

Y la calidad humana de nuestra sociedad dependerá, sobre todo, de nuestra capacidad de apreciar el sentido y el valor de las personas «sin valor», tanto en el ámbito meramente humano como en el de la fe. Es necesario, por tanto, situar a las personas dependientes en el marco de un designio preciso de Dios, que es amor, llevándolos a Cristo por un camino, misterioso y hasta incomprensible, que conduce a la casa del Padre.

Solo a la luz de la fe, firmes en la esperanza que no engaña, seremos capaces de vivir la dignidad humana como don y como tarea de manera verdaderamente cristiana. Ese es el secreto de grandeza humana que se puede cultivar a pesar de los años y de las deficiencias.

Como señala Gabriel Marcel, la calidad sagrada del ser humano «aparecerá más claramente cuando nos acerquemos al ser humano en su desnudez y en su debilidad, al ser humano desarmado, tal como lo encontramos en el niño, el anciano, el pobre».

Por más deteriorado que esté un ser humano, nunca será una cosa, sino una persona, con un valor imponderable e insustituible, no solo para él, sino también para todos los demás. Es el punto clave de la grandeza de la dignidad humana: valorar a las personas que no cuentan.