Educador cristiano: ¿cómo?

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Jóvenes en la playa
Jóvenes saltando en la orilla

Por Rubén López

La veracidad del aula se mantiene vigente por el simple hecho de que lo conforman personas. Por supuesto, partimos de la base de que el concepto persona es verdad, y deberemos detenernos para lograr que ese ambiente, ese hábitat educativo donde nos movemos, refleje un espacio donde la verdad, precisamente, sea el centro del desarrollo escolar. Ahora bien, ¿cómo se lleva a término semejante reto? Poniendo en el centro la verdad de la que procedemos y a la que nos dirigimos: Cristo Maestro.

Confianza

Pedid y se os dará; buscad y encontrareis… (Mt 7,7-12).

Somos seres relacionales, sociales, eso implica que mi desarrollo involucra y compromete al otro. Es una relación bidireccional de yo-tú, tú-yo. Sin embargo, las relaciones de confianza, cada vez más, se van perdiendo. El escepticismo se ha colado por la puerta de atrás para crear una sociedad crédula, pero no reflexiva; espontánea, mas no confiada. Como consecuencia, la amistad, el amor, la educación, aun manteniendo unos códigos comunes y aceptados por todos como buenos, se han reducido a una serie de relaciones materialistas, tanto me da, tanto me aporta. La confianza de un alumno en su maestro —diré más— de un maestro en su alumno, será esencial para reconstruir el espacio habitable donde componer una educación armónica. Dicha armonía no se sustenta sin esa confianza mutua que se requiere para hacer un lugar más honesto, más libre y más solidario. Honestidad, libertad y solidaridad, hitos esenciales que transformarán la desconfianza en la realidad de una confianza compuesta y correspondida en el corazón del educando. Una confianza que habla desde la comprensión, desde el acercamiento a una realidad, la suya, que siempre debe tender a más (MAGIS).

Humildad

Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado (Lc 18,9-14).

En ocasiones, los que nos dedicamos al mundo educativo, creemos tener la varita mágica de la educación. Juzgamos poseer la palabra justa y adecuada; la forma y el fondo necesarios. Nuestra libertad de cátedra la entendemos desde la infalibilidad, como poseyendo un aura especial que nos ha sido otorgada. Y a veces nos juzgamos entre nosotros, pensando que uno lo hace mejor que el compañero que tiene a su lado. Como si todos debiéramos ser iguales y uniformes. Personalizamos en nosotros mismos la educación, como si fuéramos quienes la hubiésemos inventado. Abandonemos semejante engaño, pues aquellos maestros reales y buenos son aquellos que saben que la tierra es fecunda, pero que requerirá tiempo su fruto, y que por supuesto, deberá conocer antes la propiedad de la tierra donde ara. Deberemos, por tanto, sabernos en equipo, en tarea compartida, en aunamiento de talentos, donde cada uno dará lo que es, sabiendo que hay alguien más con el que puede contar.

Generosidad

Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme (Mc 10,17-23).

Dar es desprenderse. Desprenderse es entregarse. En el cálculo matemático seguro que nuestro saldo, si seguimos el consejo de nuestro Maestro, es negativo. En términos de resta, si quito, lo pierdo; si resto, desaparece. Y ese es el parámetro que tenemos metido en nosotros. El maestro corre el peligro de pensar únicamente que su trabajo se somete a un horario remunerado, que por otro lado debe ser justo y reconocido, y que la vida del maestro, todos los sabemos, no se reduce únicamente a una inmolación profesional a la que ponemos falsamente como nombre vocación. No es el tema que queremos abordar. Lo que pretendemos exponer es el sentido trascendente que otorgamos a nuestra profesión, el sentido ontológico de vocación: vocados, llamados a. Estamos llamados a ser ejemplo, a ser exigentes, a reclamar esfuerzo, a ser compasivos. Jesús no respondió al joven rico con evasivas o con palabras fáciles ante la disyuntiva planteada: «vende todo». Jesús lo miró con tristeza, pero con un profundo amor. Es por ello por lo que para nosotros dar será pedir, pero dar también será ser.

Bienaventuranzas

Alegraos y regocijaos (Mt 5,3-12).

Pocas cosas suplen el cansancio, la fatiga, el desasosiego. La falta de reconocimiento, de prestigio social, nos lleva a sumirnos en un desaliento casi gangrenoso en nuestra tarea. Nadie dijo que fuera fácil. Mantener la ilusión del primer día muchas veces es costoso, aunque puede que no sea preciso mantenerla. Lo que sí puede ser necesario es otorgar de sentido lo que hacemos para no desvirtuar la ocupación a la que estamos llamados. Hay una promesa de eternidad, cuya eternidad se concreta en el ahora, el tiempo con el que contamos para poder ofrecer esa búsqueda de sentido. Un sentido para nosotros como educadores y un sentido para nuestros alumnos. Ofrezcamos sentido, alegría, trascendencia, la posibilidad de mirar al cielo habitado con una tierra habitable. La tarea del educador bien es cierto que es decir cómo es el mundo, y también cómo debiera ser. Pero, sobre todo, es dotar de claves de sentido para saber quién soy yo en el mundo y cómo estoy en él. Sin claves que otorguen un significado esencial a la existencia del hombre nos veremos abandonados a suerte de ideologías que puedan dañar y lastrar a nuestros alumnos. ¿Seré signo de ese amor vivo y vivificante que se requiere para mostrar el camino de la felicidad? Felicidad que poco o nada tendrá que ver con recursos emocionales o con gestión autocomplaciente. Es la felicidad de alguien que se siente amado, querido y comprendido. Es la alegría de la filiación divina, de la existencia encarnada, de la libertad conquistada. ¡Bienaventurados!

Digamos como educadores, en palabras de Julián Marías, que la educación del hombre es renacer, volver a empezar, pues no hay mayor realidad que descubrir que no se puede ser sin la posibilidad de volver a ser: «La persona, por su irrealidad, inseguridad y contingencia, es lo más vulnerable, pero con un núcleo invulnerable, precisamente porque nunca está “dada”: no se puede decir de ella “esto es”, porque “está siendo”, “va a ser”, sin límite conocido. Consiste en innovación, siempre puede rectificar, arrepentirse, volver a empezar, en suma, renacer» (Marías, J., 1996. Persona. Madrid: Alianza Editorial).

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