Tras el umbral de la clase

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Profesor y alumnos
Profesor y alumnos

Por José Javier Ruiz Serradilla

Tras el umbral de la clase, un mundo. Treinta y tantos adolescentes esperan. Tal vez sin saberlo, su esperanza está en que el profesor les abra al mundo, a la vida.

Solo podrá hacerlo si cruza el umbral teniendo claro, al menos, lo que sigue.

Educador

El profesor no debe ser un mero transmisor de conocimientos ni tampoco un animador. Su misión ha de ser educar: ayudar a crecer.

Es evidente que imparte una materia y debe hacerlo bien. Requisito imprescindible es ser competente en ella, muy competente.

No le guía el espíritu de erudición sino el que abre inquietud por conocer la realidad, la verdad de las cosas huyendo de todo reduccionismo. La realidad es más grande que la materia que imparto y lo que transmito debe abrir a todo. No hay ciencias ni letras, hay realidad.

La pasión por su materia debe caracterizar a todo educador. Quien transpira su materia no hará del conocimiento algo triste, tampoco divertido, simplemente lo convertirá en una llamada a una aventura apasionante: la vida.

Y es que el educador nunca es un intelectualista ya que está convencido de que el saber es auténtico si genera vida fecunda, si no, será superficialidad que adorna la vida, pero no la provoca.

Claridad en el fin

No se puede educar si no se tiene claro el fin. El educador es hombre de fines, no de medios.

El fin es que aquellos de los que es responsable crezcan como personas. Pero ¿cómo voy a ayudarles a crecer si no sé qué es ser persona?

Es necesario que todo educador conozca qué es realmente el hombre. Y si es cristiano, más aún. No vale con asumir que Cristo, nuevo Adán, es modelo de humanidad, sino que esta verdad ha de ser desgranada. Solo quien sabe qué es y qué debe ser el ser humano, puede ayudarle a crecer.

Desde ese conocimiento general se puede abordar el conocimiento de cada uno y establecer una estrategia educadora con sentido.

Las pedagogías solo son pedagogías, nada más

Claros los fines, accedemos a los medios, a las pedagogías. No está de mal insistir en que toda pedagogía es solo pedagogía, nada más. Pertenece al orden de los medios y estos deben subordinarse a los fines.

De ahí que no se deba darles la categoría de fines. No toda pedagogía vale y las válidas no valen para todo ni para todos. El educador debe tenerlo claro si no, errará su labor con consecuencias desastrosas. La peor de ellas, que no ayude a crecer al educando o que lo impida.

No desperdiciar ninguna ocasión

Toda ocasión, toda clase, debe ser ocasión educativa. Quien sabe que su fin es educar es consciente de que no debe buscar entretener, divertir o eludir su labor educadora ensayando pedagogías sin sentido. Se es educador en todo momento. Eso sí, habrá que adaptarse con cintura a cada una de las situaciones, pero siempre teniendo claro cuál es la misión en la que se está embarcado.

La vista puesta en cada uno

No hay alumnos apreciables y otros despreciables. Hay personas. La vista puesta en cada uno sin tratarlos a todos por igual. Cada uno es único y merece que se le trate como tal. El educador debe esforzarse en tocar el corazón de cada uno con la esperanza de que el educando llegue a abrir los ojos y se haga cargo de sí, de su vida. Su corazón abierto a todos, pero puesto en cada uno.

Testigo de lo eterno

Es el educador cristiano testigo de lo eterno. La vida de Cristo Maestro le enseña que toda persona está llamada a desplegar su ser imagen de Dios. Porque atestigua en su vida a quien plenifica el corazón humano se convierte en testimonio de esperanza y entrega su vida a cada uno invitándole a hora y a deshora a tomar las riendas de la propia vida a fin de que la Vida que le habita se haga patente y Cristo se constituya en su auténtico maestro y educador.

A la vida, siempre a la vida

Solo educa quien invita a la vida, quien la transmite, quien llama a hacerla fecunda. Así el profesor deviene maestro de vida. Aspira a que su pobre enseñanza alumbre vida en el educando, la suya propia nunca la del maestro. Quien quiera ser educador lo debe tener claro.

Sabe, además, que la vida solo se alumbra desde el amor. Así educar es amar y solo ama quien entrega su vida. Es por lo que el educador nunca debe buscar el reconocimiento, ni los resultados visibles. Simple sembrador que entrega su vida a fin de que la semilla brote.

Educar es amar y amar es confiar audazmente en que el amor siempre triunfa dando lugar a vida siempre nueva.

Tras el umbral…

Hace años Cristina, recordada alumna, me escribía: «Las clases de los profesores terminan al tocar el timbre, las de los maestros empiezan en ese momento, porque sus lecciones se practican en la vida».

A sus dieciséis años comprendió lo que debe buscar todo educador. Alumbrar vida buena: vida en la Vida.

Tras el umbral de la clase, la vida.

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