Educar en la esperanza

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Anclas, símbolo de la esperanza.
Anclas, símbolo de la esperanza.

Por José Alfredo Elía Marcos, físico y profesor de Secundaria

Una tarea urgente

Es apremiante en la pedagogía y en la pastoral devolver la esperanza a los hombres. El papa Francisco lo anuncia gravemente en la encíclica Fratelli tutti. A pesar de «las sombras densas» que imperan en el mundo es imperioso encontrar «caminos de esperanza. Porque Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien» (FT, 54).

San Pablo, en su Carta a los hebreos, abunda en esta idea de la promesa que Dios nos hace, y para demostrar que es una decisión irrevocable llega a expresarla en forma de juramento. Para referirse a la esperanza, aporta la imagen del ancla: «Esta esperanza que nosotros tenemos, es como un ancla del alma, sólida y firme, que penetra más allá del velo» (Hb 6,19). El ancla es el cimiento que emplea la nave cuando es azotada por los vientos impetuosos de las dificultades y zarandeada por el furor de las tormentas. En el arte paleocristiano, el ancla simbolizó la fe y la esperanza en la resurrección.

Según el Instituto Nacional de Estadística de España (2023), el suicidio constituye la primera causa de muerte en jóvenes y adolescentes entre 12 y 29 años. Un dato que ha venido incrementándose peligrosamente desde 2018 y que es tristemente una de las primeras causas de muerte en el mundo. ¿Qué está sucediendo? ¿Qué ha cambiado en nuestra sociedad? Parece que algo tienen que ver los llamados atracadores de esperanza.

Ladrones de esperanza

El Crac de los Caballeros es una fortaleza situada en Siria construida en el siglo XII por los Cruzados para proteger las antiguas rutas a Tierra Santa. Defendida por estos durante más de un siglo, en 1271 el sultán Baibars logró vencer la valiente defensa urdiendo una mentira. Mediante un falso mensaje hizo creer a la guarnición que defendía el bastión, que debían entregar la plaza ante la imposibilidad de poder recibir refuerzos por parte de los cristianos. Esta mentira destruyó las esperanzas de los defensores e hizo que el baluarte sucumbiera.

De la misma manera la llamada postmodernidad ha instalado una enorme mentira en el corazón del hombre. Esa mentira afirma que la vida no tiene sentido. Que no existe un horizonte para cada ser humano concreto al cual dirigirse. Albert Camus lo expresó en su ensayo sobre el mito de Sísifo (1942). Según él «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla».

Para el escritor francés la existencia es un absurdo pues la vida no tiene sentido y para resolverlo propone tres salidas. La primera sería para él la más honesta y coherente y consistiría en la huida de la realidad mediante el suicidio. La segunda es la que aporta la religión y especialmente el cristianismo a través de la esperanza. Pero Camus la rechazará por considerarlo una ilusión y porque ata al hombre a una meta a la que tiene que dar respuesta. La tercera sería tomar conciencia de lo absurdo que es existir. Por ello propone evadirse de toda responsabilidad y por lo tanto aprovechar cada situación ventajosa dejándose llevar por el aquí y ahora.

Esta divisa es la que ha tomado la postmodernidad. Se huye de la espera y del compromiso que supone dar respuesta a una llamada. Todo ha de ser instantáneo: «Quiero ser feliz aquí y ahora». El futuro no existe, y mañana es un tiempo muy lejano. Vivimos tiempos rápidos donde todo es cambiante. Lo que ayer era importante, hoy ya ha pasado de moda. Las relaciones son efímeras. Nadamos en la superficie de una sociedad líquida y mutante. El hombre postmoderno experimenta la vida como un eterno naufragio donde no hay nada donde asirse. Y ante esta perspectiva, no es de extrañar que en los momentos de prueba surja la desesperación. La publicidad, el cine, las series, la música, los libros, las plataformas y las redes digitales que consume nuestra generación, tiene gran culpa de esto.

En busca del sentido

En el polo opuesto tenemos el testimonio del psiquiatra y filósofo austriaco Viktor Frankl. Superviviente del terror de Auschwitz, en 1946 publicó una de las obras más grandes e inspiradoras del genio humano: El hombre en busca de sentido. Compendio de sus vivencias y reflexiones en el campo de concentración, Viktor se interroga por los motivos que llevaban a los prisioneros a seguir viviendo, a pesar de padecer una de las mayores pesadillas que ha sufrido nunca el género humano. Viktor concluye que todo hombre necesita para vivir encontrar un sentido a su propia existencia. Un sentido fuerte, sólido y coherente, que solo puede ser colmado por un gran amor, ya que es la única manera de trascender a la muerte. Para él, doctor, «la vida puede tener sentido incluso en las situaciones más dolorosas y desesperadas», y el hombre es capaz de encontrarlo.

Arquitectura de la esperanza

Sabemos que la esperanza es una virtud teologal y como tal es un don y una gracia dada por el Espíritu Santo a los hombres para obrar bien y merecer la vida eterna. Pero la esperanza es algo que se puede educar y este es un trabajo apremiante para nosotros como padres y educadores. Es un edificio que, cimentado en sólidos pilares se erige en la altura como un faro que mantiene viva su luz de esperanza para guiar a otros en las tinieblas y las tempestades.

Pero la esperanza precisa de un alimento diario que la fortalezca, y una medicina constante que restaure las heridas del ataque incesante al que somos sometidos. La fuente principal de la esperanza ha sido históricamente la palabra de Dios.

La buena lectura se antoja hoy en día tan esencial como el respirar para el náufrago. A cada inspiración sus pulmones se llenan del vital aire limpio que actúa de eficaz flotador en el hostil océano. En ese sentido la Biblia puede y debe acompañarse de los grandes buenos libros clásicos. Unas obras que refuerzan y amplían el horizonte del espíritu humano: Dante, Cervantes, Homero, Víctor Hugo, Shakespeare, Dickens, A. S. Exupery, Defoe, Scott, Tolstoi… Pero para llegar a estas obras es preciso iniciarse con los llamados «Buenos libros». Lecturas más amenas para iniciar a los más jóvenes: H. C. Andersen, Los hermanos Grimm, Oscar Wilde, C. S. Lewis, Collodi, J. Spyri, L. M. Alcott, L. Ingalls, Verne, Twain… y tantos otros.

Lo que decimos de la literatura lo podemos hacer extensible al resto de las artes.

A través de la belleza del arte podremos descubrir con Viktor Frankl que «por primera vez en mi vida estoy comprendiendo la verdad proclamada en las canciones de tantos poetas y en la sabiduría de tantos pensadores: que el amor es la meta última a la que puede aspirar el hombre. Es ahora cuando entiendo el mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y la fe del hombre nos intentan comunicar: que la salvación de la persona está en el amor».

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