Francis Collins, científico converso

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Francis Collins
Francis Collins

Su carta de presentación: Francis Collins (Virginia, 1950) eminente genetista, doctor en Química (1974) y en Medicina (1977), director del proyecto Genoma Humano desde 1999 hasta 2008 y desde ese año director de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos. Científico de primer nivel.

Vengamos, pues, a su trayectoria vital y espiritual. Para ello, nada más acertado que acudir a uno de los libros de Collins, El lenguaje de Dios, en el que expone amplios datos de su propia vida.

Primeros años

La fe no fue una parte importante de mi infancia. Yo era vagamente consciente del concepto de Dios, pero mis interacciones con él se limitaban a los ocasionales momentos infantiles de negociación por algo que realmente yo deseaba que él hiciera por mí.

En mi primera adolescencia tuve momentos ocasionales en que sentí un anhelo por algo exterior a mí, a menudo asociado con la belleza de la naturaleza o una experiencia musical particularmente profunda. Sin embargo, mi sentido de la espiritualidad estaba muy subdesarrollado y cualquiera de los agresivos ateos que uno encuentra casi invariablemente en todos los ambientes universitarios lo cuestionaba fácilmente. A los pocos meses de iniciada mi carrera universitaria, quedé convencido de que, si bien muchas tradiciones religiosas habían inspirado interesantes aportaciones a la cultura y las artes, no tenían ninguna verdad fundamental.

Agnóstico

Aunque en ese momento no conocía el término, me convertí en agnóstico. Hay toda clase de agnósticos, algunos llegan a esta posición tras un intenso análisis de la evidencia, pero para muchos otros es simplemente una postura cómoda para evitar considerar los argumentos que los ponen en aprietos en ambos bandos. Definitivamente, yo estaba en la segunda categoría. De hecho, mi afirmación de «no lo sé», iba más por el sentido de «no quiero saber». Como un joven que crecía en un mundo lleno de tentaciones, era conveniente ignorar la necesidad de ser responsable ante cualquier autoridad espiritual más alta. Practicaba un patrón de pensamiento y de conducta que el notable estudioso y escritor C. S. Lewis llamaba «ceguera deliberada».

Cuando leí la biografía de Albert Einstein y descubrí que no creía en Yahvé, el Dios del pueblo judío, reforcé mi conclusión de que ningún científico pensante podía sostener seriamente la posibilidad de la existencia de Dios sin cometer alguna clase de suicidio intelectual.

Ateo

Así que gradualmente pasé del agnosticismo al ateísmo. Me sentía muy cómodo al desafiar las creencias espirituales de cualquiera que las mencionara en mi presencia, y descartaba tales perspectivas como sentimentalismo y superstición fuera de moda.

Cuando empecé a ejercer la Medicina, algo que me impactó mucho era el aspecto espiritual que muchas personas estaban atravesando. Fui testigo de numerosos casos de individuos cuya fe les daba una fuerte seguridad y paz absoluta, ya fuera en este mundo o el siguiente, a pesar del sufrimiento que, en la mayoría de los casos, les había llegado sin que ellos hubieran hecho nada para ocasionárselo. Si la fe era una muleta psicológica, concluí, debía ser muy poderosa. Si no era más que el barniz de una tradición cultural, ¿por qué esas personas no estaban alzando los puños contra Dios y exigiendo que sus amigos y familiares dejaran de hablar de un amoroso y benévolo poder sobrenatural? Nunca había considerado seriamente la evidencia a favor o en contra de la fe.

¿No me consideraba a mí mismo un científico? ¿Sacaba un científico conclusiones sin considerar los datos? ¿Podría existir una pregunta más importante en toda la existencia humana que «existe Dios»? Y, sin embargo, allí estaba yo, con una combinación de ceguera deliberada y algo que solo podía ser propiamente descrito como arrogancia, al haber evitado cualquier consideración seria de que Dios fuera una posibilidad real.

Buscando

Si no podía confiar en la robustez de mi posición atea, ¿tendría que asumir la responsabilidad de algunas de mis acciones a las que preferiría no someter a escrutinio? La pregunta era ahora demasiado imperiosa para evitarla.

Dudé que existiera base racional alguna para la creencia espiritual que sustentaba a cualquiera de las religiones. Sin embargo, eso cambió muy pronto. Fui a visitar a un ministro metodista que vivía en la misma calle para preguntarle si la fe tenía alguna lógica. Escuchó pacientemente mis confusas (y posiblemente blasfemas) divagaciones, y luego tomó un pequeño libro de su estante y me sugirió que lo leyera.

El libro era Mero cristianismo, de C. S. Lewis. En los siguientes días, al pasar sus páginas luchando por absorber la amplitud y profundidad de los argumentos intelectuales expuestos por ese legendario erudito de Oxford, me di cuenta de que mis propios conceptos contra la plausibilidad de la fe eran los de un niñito. Claramente debía iniciar con una página en blanco y considerar la más importante de las preguntas humanas.

Empecé un viaje de exploración intelectual para confirmar mi ateísmo, que ahora estaba en ruinas, puesto que el argumento de la ley moral (y muchos otros temas) me forzaban a admitir la posibilidad de la hipótesis de Dios. El agnosticismo, que me había parecido un refugio seguro de segunda mano, ahora aparecía como la gran evasiva que con frecuencia es. La fe en Dios ahora parecía más racional que el no creer.

También me quedó claro que la ciencia, a pesar de sus incuestionables poderes para revelar los misterios del mundo natural, no me llevaría más lejos para resolver la cuestión de Dios. Si Dios existe, debe estar fuera del mundo natural y, por lo tanto, las herramientas de la ciencia no son las adecuadas para conocerlo. En cambio, como lo empezaba a comprender al mirar dentro de mi propio corazón, la evidencia de la existencia de Dios tenía que llegar desde otra dirección, y la decisión final tendría que estar basada en la fe, no en la evidencia.

El encuentro

Aún acosado por las incertidumbres del camino que había iniciado, tenía que admitir que había llegado al umbral de aceptar la posibilidad de una visión espiritual del mundo, incluyendo la existencia de Dios. Me parecía imposible continuar avanzando o dar marcha atrás.

Después de haber luchado con esto durante un par de años, estaba caminando por la Cordillera de las Cascadas en una hermosa tarde de otoño. De pronto, vi frente a mí su cascada helada, de unos sesenta metros de altura. En realidad, una cascada que tenía tres partes, también el simbólico tres en uno. En ese momento sentí que mi resistencia me abandonaba. Y fue una gran sensación de alivio. Me arrodillé y acepté esta verdad: que Dios es Dios, que Cristo es su hijo y que estoy entregando mi vida a esa creencia.

Creó la Fundación BioLogos en 2007, con el objetivo de abordar los temas centrales de la ciencia y la religión y hacer hincapié en una compatibilidad entre ciencia y fe cristiana. En 2009 fue nombrado por el papa Benedicto XVI miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias.

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