Identidad y misión del científico católico

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Identidad y misión del científico católico
Identidad y misión del científico católico

Por Ignacio Segarra Taus, profesor titular de universidad, experto en farmacocinética

«¿Cómo ser católico y científico al mismo tiempo?». Esta fue una pregunta que un estudiante de biología me propuso como marco de referencia en un seminario sobre la fe para estudiantes de ciencias en la Universidad Nacional de Singapur. El primer ponente fue un abogado que hablaría sobre el papel de la apologética y yo le seguiría y cerraría la sesión.

Ante esa pregunta, expliqué en qué consistía mi trabajo como investigador de nuevas moléculas para el tratamiento del cáncer, los experimentos, el laboratorio, etc. Pero también hice hincapié en la transcendencia del trabajo como parte de la creación. La importancia de hacerlo con la mirada en Dios y también en los hombres, con espíritu de servicio y unido al sacrificio de Cristo, y de alguna manera, ayudarle a seguir llevando a cabo la redención. Hablé de cómo la investigación puede requerir mucho sacrificio escondido que también podemos ofrecer a Dios.

Cuando la sesión terminó, después de responder varias preguntas más de la misma índole, me fui a coger el autobús y, mientras esperaba a que llegara, oí las siguientes palabras: «Doctor, he decidido hacerme católico durante la conferencia». Era uno de los estudiantes que habían asistido, al que el Espíritu Santo, de repente, había abierto un panorama existencial nuevo. Al crear un contexto que integra la fe y la vida cotidiana, el trabajo, los amigos, etc., es fácil ver que el cristianismo une en la persona ambas dimensiones y que fe y razón o fe y ciencia no son incompatibles porque el origen de la verdad es el mismo. La persona se ve atraída a la verdad y la desea y acoge, dándose cuenta de que le transforma en alguien mejor, más humano y más de Dios.

Sin embargo, esta situación cambia en Occidente, donde estamos ante una sociedad neopagana que ha vuelto sus ojos a los ídolos de la materia, y se ha olvidado del alma que la configuró. Llevar a Cristo, hablar de religión, se ha relegado a un entorno estrictamente privado ajeno a la sociedad. Esto sucede incluso con las realidades más ordinarias llegando a rechazarlas y cambiar su naturaleza desde un relativismo intelectual desbocado marcando la claudicación de la razón. De una manera radical, se rechaza la biología como algo que limita la libertad del ser, y se buscan formas de transformar la naturaleza humana y generar el nuevo hombre bajo una idea que recuerda el dialogo de la serpiente y Eva: «Seréis como dioses».

Crear una cultura nueva

Es necesario, por tanto, situar a la persona en un nuevo contexto que le haga descubrir la verdad: crear cultura. La cultura tiene muchos ámbitos, pero nos toca a cada uno descubrirlos y crearla con audacia allí donde estemos, con las herramientas que tengamos: el trabajo, la amistad, la solicitud de la gracia de Dios, etc.

A través de nuestro trabajo tenemos la posibilidad de transformar la sociedad en la que vivimos y contribuir a la tarea iniciada en la creación, incluso habiendo sido expulsados del jardín del Edén, ya que hemos sido redimidos. Hacer el trabajo en profundidad, bien hecho, fundamenta nuestro lugar en la sociedad y, por tanto, el entorno donde se producen relaciones humanas que puedan dar lugar a grandes amistades. Y ese lugar en la sociedad no entiende de clases, categorías profesionales, poder, etc., es el lugar de nuestro día a día, con nuestro empeño de servir imitando a Cristo en sus años de vida oculta. Pero una cultura del trabajo requiere formación, estudio, laboriosidad, diligencia, paciencia, reciedumbre, amabilidad, etc., un cúmulo de virtudes que solo se adquieren con una perseverancia tenaz y acudiendo a la gracia de Dios.

Una cultura de la amistad

Es necesario crear una cultura de la amistad, basada en la confianza desinteresada por el otro y no en una relación utilitarista que únicamente busca la satisfacción sentimental y emotiva. La persona con amigos se abre a la transcendencia y vislumbra en esa relación la esencia de la relación con Dios. Crear una cultura de la amistad puede ser un camino para restaurar una cultura de la familia y de la vida como respuestas al abandono de la persona a su sufrimiento solitario. Puede regenerar el amor profundo y verdadero, al que san Juan Pablo II tanto tiempo le dedicó. La amistad y el amor conyugal son tesoros que deben guardarse y cultivarse para que crezcan hacia Dios.

Una cultura de la solidaridad y del perdón

La solidaridad es otro ámbito donde crear cultura puede transformar a las personas. Una cultura de la solidaridad, del servicio a los demás, nos lleva a dar lo que tenemos a los demás porque lo necesitan. Esa generosidad nos transforma y nos abre las puertas para entrar en una cultura del perdón y la belleza de la reconciliación. Al descubrir la inmensidad del corazón humano, podemos ver las heridas que hemos podido causar a lo largo del camino y exponemos nuestras propias heridas y nuestra necesidad de redimirlas. El perdón nos crea un corazón magnánimo, grande, capaz de querer a todos sin descartar a nadie. El perdón conduce siempre al agradecimiento y la contemplación de la creación, su belleza. La persona que no es agradecida, difícilmente apreciará la belleza que se esconde en cada momento, en cada lugar, en cada persona.

Por eso, la pregunta de un estudiante de biología, amante de los pájaros y las aves es tan relevante, si bien debe materializarse en nuestra vida. Una estudiante me preguntó después de una clase de ética, «¿Cómo ser mejor cada día?», palabras que recuerdan al diálogo del joven rico con Jesús. La respuesta es una: conocerle, conocerse, ser audaz para emprender iniciativas que puedan crear cultura y seguirle, solo con Cristo podemos caminar nuestro camino y crear una cultura nueva.

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