Educar en la universidad

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Sala de estudio de arquitectura
Sala de estudio

Por Paloma Martín-Esperanza Montilla,
profesora en la Universidad Autónoma de Madrid

Recuerdo con una asombrosa nitidez el primer día que crucé el umbral de la facultad. Era una soleada mañana de septiembre, tenía diecisiete años y me sentía muy feliz. Unos pasos detrás de mí, entró un chico algo despistado, aunque también decidido, vistiendo una camiseta del Che Guevara. Fue la primera persona que vi en la universidad. Debí mirarle con un ligero desdén y él me miró con algo de sorpresa. Quizá mi pantalón y camiseta rosas, y mi pinta de niña de colegio de monjas, también le incomodaron. Rápidamente pensé que debía empezar a acostumbrarme a proclamas leninistas y a un mundo hostil. Tras ese primer encuentro, seguimos caminando en paralelo por el campus, buscando cada uno su aula, pero —oh, sorpresa—, nos tocó la misma clase. Sobraron unas presentaciones y un café para hacernos grandes amigos. Hemos recordado muchas veces este primer encuentro, sorprendidos por cómo la vida universitaria nos ayudó a romper muchos prejuicios. En ningún otro contexto como en la universidad he tenido (y tengo) la posibilidad de vivir y exprimir encuentros casuales con personas aparentemente poco afines que, sin embargo, acaban derivando en una amistad. La lista es muy larga y, repasándola ahora, me brotan sentimientos de agradecimiento. Compañeros de clase y de doctorado, profesores e investigadores, incluso alumnos. Amigos y maestros, finalmente.

No exagera, para mí, el título de la universidad como alma mater. Leyendo ahora el discurso que Benedicto XVI pronunció en El Escorial ante jóvenes profesores universitarios, en el contexto de la Jornada Mundial de la Juventud (2011), me doy cuenta de que describió unos sentimientos que me son del todo familiares:

«Al estar entre vosotros, me vienen a la mente mis primeros pasos como profesor en la Universidad de Bonn. Cuando todavía se apreciaban las heridas de la guerra y eran muchas las carencias materiales, todo lo suplía la ilusión por una actividad apasionante, el trato con colegas de las diversas disciplinas y el deseo de responder a las inquietudes últimas y fundamentales de los alumnos. Esta “universitas” que entonces viví, de profesores y estudiantes que buscan juntos la verdad en todos los saberes, o como diría Alfonso X el Sabio, ese “ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes” (Siete Partidas, partida II, tít. XXXI), clarifica el sentido y hasta la definición de la Universidad»[1].

La ilusión, el trato con diversos colegas y el deseo de responder a las inquietudes de los alumnos capitalizan también mi experiencia actual en la universidad, resultándome abrumador el regalo y la responsabilidad que se me ha dado, y que pasa por ser un mero cauce de la verdad. El Papa apunta esto magistralmente al final del discurso, cuando señala: «No debemos atraer a los estudiantes a nosotros mismos, sino encaminarlos hacia esa verdad que todos buscamos». Parece una obviedad, pero no resulta fácil prescindir de la soberbia en una profesión en la que diariamente debes construir tu prestigio. Por eso el Papa reivindica que «en el ejercicio intelectual y docente, la humildad es asimismo una virtud indispensable». Buscar la verdad en nuestro estudio y actuar a la vez como lámparas que iluminen el de otros. Dejarse arrastrar por el espíritu de razón y fe que iluminó a los grandes pensadores universitarios del siglo XX, como Newman, Chesterton o Ratzinger, renovando la llamada a este «camino de la inteligencia y del amor» al que hemos sido llamados.

Los peligros que acechan son muchos: la sustitución del saber por una mera formación profesionalizante o el academicismo encerrado en sí mismo son algunos de los extremos. La pedagogía incentivada por el humanismo cristiano da respuestas a todo ello. Jacques Maritain, por ejemplo, como nos recordaba nuestro añorado Abilio de Gregorio, advirtió de las nefastas consecuencias de una educación que se olvida de su fin último en beneficio de un mero volcado de datos. El ejercicio de trascender la materia que impartimos no solo beneficia al estudiante, poniéndole frente a los grandes interrogantes de la vida, sino que también nos favorece a los docentes, apartándonos del ensimismamiento y del egocentrismo. Es necesario favorecer que el educando vaya comprendiendo la razonabilidad de los fenómenos que estudia, dice Abilio, pero más importante es que descubra las razones (o la Razón) de esa razonabilidad, de manera que el educando y el educador levanten los ojos hacia significados de totalidad[2]. Es decir, hacia las grandes preguntas de la vida humana.

La tarea no resulta fácil, pero he reparado en que no siempre se necesita una gran elocuencia para conmover el corazón de un alumno y despertar su inquietud. Los parámetros más sencillos de nuestra existencia encuentran en las Humanidades una respuesta eficaz. Sin renunciar nunca a la explicación formal y magistral, una simple llamada de atención hacia la experiencia individual cambia el cauce de la relación entre profesor y alumno. Me ocurre, por ejemplo, cuando les muestro el rostro del Laocoonte, una imagen que apenas miran en la pantalla por lo manida que está. Sin embargo, cuando apelo a su mirada de dolor, expresión máxima del sufrimiento sin alivio que sufre un padre al ser torturado junto a sus hijos, rápidamente se enfrascan en la imagen y se completa la magia del conocimiento. Sé que no se olvidarán de ello. No hace falta ponerse a saltar, a jugar o a entretener, tampoco llenarlo todo de una emotividad vacía. Únicamente están esperando una palabra justa que les muestre cómo es el mundo y cómo, durante milenios, hemos respondido ante él.

Es la universidad el lugar propicio para abrir las ventanas de la inquietud. No solo en la vertiente intelectual, que ayudará a saber filtrar y disfrutar del conocimiento, sino también en la personal, a través del contacto con ese increíble paisaje humano que alberga una facultad. Así voy recordando a mi amigo adherido al guerrillero argentino, al alumno submarinista, a mis compañeros de Roma, a mis maestros, a mis colegas de proyectos, todos tan dispares y con vidas tan distintas a la mía, que me reafirman en la necesidad de predisponerse al encuentro en ese espacio universal que, aún a riesgo de redundancias, es la universidad.


[1] Benedicto XVI, Discurso, Basílica de San Lorenzo de El Escorial, 19/08/2011.

[2] Gregorio, Abilio de (2016): Cuatro miradas. Horizonte de esperanza. Burgos: Monte Carmelo: 244-245.

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