Por grupo En Clave de Dios
Si nos hubieran dicho hace años, cuando nos reuníamos por primera vez alrededor de unos cancioneros fotocopiados, que nuestra música nos llevaría tan lejos, probablemente no lo habríamos creído. Pero así es Dios: le das un par de notas y él te devuelve una sinfonía de vida. Somos el grupo En Clave de Dios, y esta es la historia de cómo nuestra fe aprendió a cantar.
El latido de nuestras raíces
Nuestra cuna no fueron los grandes escenarios, sino los bancos de nuestra parroquia. Allí, entre el alboroto de las eucaristías para niños y la profundidad de las misas con los jóvenes y los no tan jóvenes, descubrimos nuestra verdadera vocación. No éramos simplemente personas que cantaban en misa; éramos una familia que intentaba que cada acorde fuera una alfombra roja para que el Señor pasara al corazón de la gente.
Aquellos primeros cancioneros fueron nuestro primer mapa. En ellos aprendimos que la música tiene un poder que la palabra sola a veces no alcanza: el poder de consolar a un anciano en silencio o de hacer que un niño mire al altar con curiosidad. En esas celebraciones intergeneracionales entendimos que, para Dios, no hay edades, solo corazones hambrientos de belleza.
Nuestro particular «Pentecostés» que lo cambió todo
Sin embargo, hubo un momento en que sentimos que el Espíritu nos pedía «remar mar adentro». Ese impulso se hizo realidad en los Encuentros de Músicos Católicos organizados por la Conferencia Episcopal Española. Ir a esos encuentros fue para nosotros como pasar del blanco y negro al color.
Al compartir desvelos y canciones con otros músicos de toda España, descubrimos la fuerza de la música católica contemporánea. No fue solo aprender ritmos nuevos o mejorar la técnica; fue un auténtico vuelco espiritual. Comprendimos que podíamos hablar de Jesús con los lenguajes de hoy, con sonidos actuales que resuenan en las emisoras de radio y en las listas de reproducción de cualquier joven, pero con un mensaje que tiene sabor a eternidad. Gracias al apoyo y la visión de la Conferencia Episcopal, dejamos de ser un coro parroquial al uso para convertirnos en un proyecto de evangelización a través del arte.
Nuestra misión hoy
Hoy, cuando nos subimos a un escenario o nos situamos frente a la comunidad, ya no nos preocupan tanto las luces o los aplausos. Lo que buscamos es que nuestra vida entera esté afinada. Se nos han dado las herramientas para realizar el primer anuncio, para llegar a quienes quizá no entran a menudo en un templo, pero se dejan conmover por una melodía sincera.
Miramos hacia atrás con gratitud y hacia adelante con la emoción de quien sabe que la partitura sigue abierta. Seguimos siendo aquellos que se emocionan en cada eucaristía, pero ahora llevamos una mochila llena de experiencias compartidas y la alegría de saber que somos instrumentos en manos del mejor Compositor. Porque, al final, nuestra mayor ambición es que quien nos escuche no nos recuerde a nosotros, sino que se quede vibrando, como nosotros, en clave de Dios.







