El Carmelo en las conversiones

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Por Jesús Amado
En este año, V centenario del nacimiento de santa Teresa de
Jesús, y en este número de Estar dedicado a
El Carmelo y la Cruzada, parece oportuno
dedicar esta sección Uno de los nuestros de
la revista a la influencia de la espiritualidad carmelitana en algunos
conversos.
El caso más conocido es el de Edith Stein, judía
convertida al catolicismo. La lectura a lo largo de una noche, en el verano de
1921, del Libro de la vida de santa Teresa
de Jesús, supuso —en palabras de la propia Edith— el fin de mi búsqueda de la
verdadera fe.
Merece la pena volver a leer su propio testimonio: El peso definitivo que inclinó la balanza hacia el lado
del catolicismo ha sido la lectura de un libro. Su autora es una gran mujer de
espíritu universal: Teresa de Jesús. Sus páginas me cautivaron ya desde la
primera, de tal manera que me resistí a interrumpir la lectura, por más que
avanzaba la noche. En lo redactado hallaba respuestas a muchas de mis
inquietudes; además expresadas con una frescura y lucidez femeninas como no he
encontrado en ninguna otra obra. Ese libro es ‘Vida’. Por entre sus líneas he
sentido fluir en todo su vigor la vida de una mujer inquieta también por saciar
su sed de verdad. Nadie como esta santa carmelita me ha mostrado un Dios tan
cercano, tan familiar, con el cual entablar una relación de verdadera amistad;
un Dios al que trata de tú a tú —algo inconcebible para la piedad judía—. Este
es el Dios en el que quiero creer, en el Dios experimentado por Teresa. ¡Aquí
está la verdad!
Hoy la veneramos como santa Teresa Benedicta de la Cruz.
Tres años después, en marzo de 1924, una joven francesa de
apenas 20 años, Madeleine Delbrêl, se encuentra también con santa
Teresa de Jesús. Esta joven, que años antes se declaraba atea —no aceptaba la incoherencia del mundo que la rodeaba afirmando
con mucha seguridad: Dios ha muerto, viva la
muerte— escribía posteriormente: Reflexioné
durante meses. La hipótesis Dios me parecía posible. Tomé la decisión de rezar
algunos minutos. Con ocasión de un encuentro, oí hablar de Teresa de Jesús, la
Santa de Ávila. Ella recomendaba rezar cada día, pensar silenciosamente en Dios
durante cinco minutos. Así pues, por primera vez me puse a rezar de rodillas
para evitar todo idealismo. Y fui deslumbrada por Dios.
Así fue su conversión. Que le llevó a dedicar el resto de su
vida a vivir como laica en las periferias comunistas de París proclamando a
Cristo con su palabra y escritos. Está introducida su causa de beatificación.
Pero miremos a otro gigante de la familia carmelitana: san
Juan de la Cruz. Deseo finalizar plasmando un pasaje de la narración que en el
libro De la kipá a la cruz realiza
autobiográficamente Jean-Marie Élie Setbon, un judío que se convirtió
al catolicismo en el año 2008 después de un proceso de búsqueda de la Verdad
largo, complicado, casi agotador. Sin duda un camino de pura coherencia.
En su inquietud por la Verdad dice literalmente: Septiembre de 2007, estoy ante la televisión con mis
hijos, ‘zappeando’ de canal en canal para encontrar una buena emisión, cuando
caigo ‘por azar’ en una película que cuenta la vida de Karol Wojtyla. No
conocía gran cosa de él, aparte de lo que dicen las noticias y, desde luego,
nunca tuve un interés particular por Juan Pablo II. Sin embargo, por loco que
pueda parecer, una escena de ese telefilm me conmueve y me interpela. Cuando el
futuro Juan Pablo II es joven y hace teatro, un hombre le da un libro de san
Juan de la Cruz. Más tarde, él lo regala a su vez a uno de sus amigos judíos.
En el momento preciso en que oigo la palabra ‘cruz’ y el nombre de ‘Juan’, me
sobresalto y me digo: ‘¡Ese libro es para mí, lo necesito!’. Enseguida, decido
ir a comprarlo en cuanto sea posible. Así es como el Señor me puso en camino.
Algunos días más tarde, puedo por fin
ir a La Procure. Para no perder el tiempo, me dirijo enseguida a una librera,
al azar, y le pregunto si tiene libros de san Juan de la Cruz. Ella me mira,
sorprendida, como si fuese algo evidente. Estoy confortado, pero también
impaciente. ‘En la sección de santos’, me responde. Eso no me sirve de mucho.
Ella me acompaña. Saco un libro al azar. Se trata de Llama de amor viva, un
libro que escribió para una laica. Es su última obra, la que resume todas las
demás. La abro allí mismo y la hojeo. Ni uno ni dos, decido comprar todos los
libros de san Juan de la Cruz en edición de bolsillo.
Desde ese día, todas las mañanas, leo
a san Juan de la Cruz en el desayuno. Aprecio mucho lo que ha escrito, porque
es algo vivido y experimentado. Lo leo incluso cuando no tengo ganas. Por
fidelidad. Es mi hermano mayor.
Un año después se bautizó adoptando un nuevo nombre. Dice a ese propósito: Mi nombre de bautismo es
Jean-Marie Élie. He dudado un tiempo si llamarme Pablo, pero conservé
finalmente el nombre de Jean que me dieron mis padres, el de mi abuelo y de mi
evangelista preferido (san Juan). ¿Hace falta que explique por qué elegí María?
En cuanto a Elías, es el nombre que me puse cuando estuve en Tierra Santa. Supe
luego que el profeta Elías era el patrón de los Carmelitas. Por otra parte,
varios judíos convertidos se hicieron carmelitas, como Edith Stein y Hermann
Cohen. La misma Teresa de Jesús procedía por línea paterna de una familia de
judíos conversos. También san Juan de la Cruz tenía ascendientes judíos.

Hemos escogido tres ejemplos refulgentes de personas que
encontraron a Dios por medio del espíritu de Santa Teresa, pero son legión los
que se han acercado —y se acercan— a Dios por el influjo del Carmelo.