“Lo que nunca puede faltar” (y II)

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Por Juan Rodríguez
Claves sobre la autenticidad de la vida cristiana a la
luz de la Evangelii gaudium
En una
primera parte veíamos cómo uno de los ejes sobre los que gira la Exhortación
Apostólica del Papa Francisco Evangelii gaudium es la grave advertencia
que nos hace acerca del peligro de la mundanidad espiritual, que se da cuando
la vida de aquellos que aparentemente poseemos sólidas
convicciones doctrinales y espirituales
[80] se
diferencia poco o nada del mundo que nos rodea. Es el ejemplo de nuestra vida,
guiada por el mandamiento del amor, el que da autenticidad a nuestra fe. La
belleza misma del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por
nosotros,
pero hay un signo que no debe faltar jamás: la
opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha

[195] Ese amor, seña de identidad de la vida del cristiano, debe concretarse en
nuestra actitud de entrega a quienes nos rodean y de forma específica a
aquellos más necesitados.
Un error en
el que podemos caer y que fácilmente nos llevará a relativizar esta exigencia
evangélica es la reducción de la acción evangelizadora únicamente a la
dimensión espiritual. El error contrario, del que ampliamente hemos sido
prevenidos, consistiría en reducirla solo a su faceta asistencial, asemejando
por tanto la acción de la Iglesia simplemente al de una gran ONG. Pero es la
primera situación la que con más probabilidad se puede dar en nuestro entorno
eclesial y podría esconder tras de si una visión dulcificada del Evangelio
plasmada en una vida cristiana cómoda o aburguesada. No es posible separar el
anuncio del Evangelio del amor al prójimo. Si no, estaría más cerca de un
activismo proselitista que de su verdadero sentido: la entrega a los demás de
nuestra vida y, con ella, de lo mejor que tenemos y podemos ofrecerles. Pero
ese amor al prójimo abarca toda su persona y todas sus necesidades. Esta
atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, a
partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien
[199]. El contenido
del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la
caridad
[177]. Sin la opción preferencial por los
más pobres, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el
riesgo de ser incomprendido
o de ahogarse en el mar de
palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día

[199].
En este
mismo sentido, cabe relativizar este mensaje argumentando que nuestra labor o
nuestro carisma tienen que ver solo con la atención a la pobreza espiritual, es
decir, la falta de la dimensión espiritual o del conocimiento de Jesucristo en
aquellos que no tienen por qué sufrir otros tipos de pobreza. También
excusándonos en que en nuestro entorno no nos encontramos con otro tipo de
pobreza más que ese. Aunque el sufrimiento humano y la exclusión pueden
aparecer también en nuestro círculo más cercano (y debemos ser sensibles a
ellos), en general la sociedad nos lleva a vivir en nuestra burbuja, con escaso
contacto con esas personas a las que ella misma descarta y desecha. La
respuesta del Papa es clara: no nos puede faltar jamás la “opción” (si opto por
algo y no lo tengo cerca, voy a buscarlo) por los “últimos” (que no son
habitualmente las personas con las que nos solemos relacionar). Si la
Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin
excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio,
se encuentra con una orientación contundente:
no tanto a los
amigos y vecinos ricos
sino sobre todo a los pobres y
enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados
(Lc
14,14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este
mensaje tan claro. Hoy y siempre, ‘los pobres son los destinatarios
privilegiados del Evangelio’
[48].
En la
Iglesia existen múltiples carismas y cada cristiano o institución eclesial debe
ser fiel al suyo de la mejor manera posible, pero éste es para todos un carisma
universal. No es posible dejarlo de lado aduciendo que en la Iglesia ya se
encargan otros de ello. Es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y
elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo
[194].
Nadie debería decir que se mantiene lejos de los
pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros
asuntos
. Ésta es una excusa frecuente
[201]. Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda
subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para
que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el
riesgo de la disolución… Fácilmente terminará sumida en la mundanidad
espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con
discursos vacíos
[207].
¿Qué
presencia tiene en nuestra vida individual, familiar o de grupo esta “opción
por los últimos”? Sin duda que estas palabras del Papa, que no hacen más que
recordarnos uno de los aspectos esenciales del Evangelio, nos obligan a
planteárnoslo muy en serio.
Sea como sea la forma en que se concrete, no olvidemos que esta
“opción” es signo de autenticidad de la vida cristiana y, por tanto, abarca no
solo una parcela de la vida o acciones aisladas, sino la vida entera de forma
global y coherente. Cuando en los cristianos permanece viva la fuerza del
Evangelio, ella transforma los criterios de juicio, los valores
determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes de
inspiración y los modelos de vida (E.A. Evangelii nuntiandi, Pablo VI)
.
¿Qué tipo de opciones o actitudes serían esas?
La limosna. Compartir lo que tenemos con los que lo necesitan no solo es un acto
de generosidad. También lo es de justicia. De ahí que la conversión
cristiana exija revisar especialmente todo lo que pertenece al orden social y a
la obtención del bien común
[182]. la solidaridad debe vivirse como la
decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde
[189]. Para los que vivimos en la opulencia de occidente,
que acapara mucho más de lo que le corresponde, com-partir con los que lo
necesitan es simplemente restituirles lo que es suyo. Ya Jesús en el Evangelio
nos dejó claro que no se trata de dar de lo que nos sobra (Mc 12,
41-44).
La austeridad de vida. Muy relacionado con lo anterior: poco puede compartir quien gasta
casi todo lo que tiene. Cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantos
hogares sufren la miseria, cualquier derroche, despilfarro o malgasto de dinero
que pueda hacer cualquier gobernante o ciudadano se convierte en algo
escandaloso y totalmente injusto
(Pablo VI. Populorum progresio 53).
Pero no se trata solo de evitar el derroche sino de una verdadera austeridad de
vida. Si el 10% de la población del mundo acapara el 85% de los recursos, solo
habrá para todos si quienes más tenemos somos capaces de vivir con menos. Hay
que repetir que ‘los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos
para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás’ (Pablo
VI. Populorum progresio 265)
[190]. Como dice un lema de Cáritas: “Vive
sencillamente para que, sencillamente, otros puedan vivir”.
Aquello de lo que hablamos traduce lo que se mueve
en el corazón.
¿En qué nos formamos o de qué tratamos en las
reuniones de nuestras comunidades cristianas? ¿De qué asuntos debatimos con los
amigos o compañeros? ¿En qué luchas nos embarcamos, aunque solo sea con la
palabra? La Iglesia escucha el clamor por la justicia y quiere responder a
él con todas sus fuerzas
[188]. En cada lugar y circunstancia, los
cristianos, alentados por sus Pastores, están llamados a escuchar el clamor de
los pobres
[191]. Si no somos altavoces de este “clamor” y no luchamos por
ello aunque solo sea con la palabra, puede ser que estemos viviendo como si
los pobres no existieran. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a
prestarles nuestra voz en sus causas
[198]. En este sentido probablemente
iban dirigidas las palabras del Papa cuando comentaba que hablamos mucho de
unos determinados temas y muy poco de otros que son igual o más importantes.
El examen de nuestro amor. El mensaje evangélico acerca de qué es lo que al
final verdaderamente importa es claro: “Venid benditos de mi Padre… porque tuve
hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y
me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la
cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 31-36). “…cuanto hicisteis a alguno
de esos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).
Siempre la Iglesia ha identificado a esos “hermanos míos más pequeños” con los
pobres, débiles y sufrientes.
Hemos
planteado actitudes concretas en las que se puede reflejar en nuestra vida la
opción por los más necesitados. Pero la respuesta a esta llamada universal
implica una entrega de al menos parte de nuestro tiempo, cualidades y energías
el pedido de Jesús a sus discípulos: ‘¡Dadles vosotros de comer!’
(Mc
6,37), implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de
la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los
gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas
que encontramos
[188]. Tanto la entrega concreta de nuestro tiempo como las
actitudes que impregnan la vida en su conjunto son necesarias como signos de
autenticidad de ese camino al que hemos sido llamados. El tiempo dedicado a una
acción social, voluntariado o una limosna que no nos supone nada, podrían
reflejar solo un intento de tranquilizar nuestra conciencia si no se acompañan
de otras actitudes que confirmen que estamos ante un compromiso que implica la
vida entera. En cuanto a todo aquello que suponga nuestra dedicación y tiempo,
no es necesario concretar mucho pues, aunque hablemos de un carisma universal,
Dios llama a cada uno a plasmarlo de una manera personal y única, que puede
incluso variar según nuestras circunstancias. Por eso nunca deberíamos juzgar a
otros por lo que hacen o dejan de hacer en este sentido, sino preocuparnos por
no ser sordos a la tarea a la que estamos llamados cada uno. Pero cuando
habitualmente en nuestra vida personal, familiar o de grupo, no hay sitio ni
tiempo para atender a los que más sufren, debemos plantearnos que algo falla,
porque nos falta aquello que “jamás debería faltar”. Siempre estamos a tiempo
de reorganizar nuestra vida personal o de familia, nuestras ocupaciones y
prioridades, para hacerle sitio a aquellos a los que casi nadie tiene en
cuenta.

Terminamos
con unas bellísimas palabras del Papa Francisco en esta Exhortación Apostólica,
que es sin duda un espléndido regalo para la Iglesia: Esta opción por los
pobres —enseñaba Benedicto XVI— ‘está implícita en la fe cristológica en aquel
Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza’.
Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que
enseñarnos…
Es necesario que todos nos dejemos
evangelizar por ellos
. La nueva evangelización es una
invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro
del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a
prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a
escucharlos, a interpretarlos
y a recoger la
misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos

[198].