El eclipse de Dios

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Eclipse. Foto: Edith Soto
Eclipse. Foto: Edith Soto

Por Fr. Jesús Sanz Montes, OFM, arzobispo de Oviedo

Hemos vivido, pacíficamente durante siglos, la relación entre Dios y el hombre como una convivencia que Dios mismo facilitó para que nosotros pudiésemos acceder a su misterio, que era una forma de comprender nuestro propio misterio. No solo los grandes pensadores, los más importantes teólogos de cada época han trazado una línea de comprensión de Dios desde lo que él mismo nos había revelado a través de la historia de salvación, sino la gente sencilla de nuestro pueblo cristiano ha vivido en los gestos cotidianos esa cercanía de Dios que se expresaba en actitudes, en modos de ver las cosas, en maneras de iluminar cada circunstancia humana en la que el Señor estaba presente.

Sin embargo, esa cercanía, verdadera convivencia entre Dios y el hombre, ha sido paulatinamente enajenada, hasta la más hostil extrañeza, por un proceso secularizador que ha introducido una distancia entre Dios y el hombre. La religiosidad popular se ha visto así desplazada hasta su más honda exclusión, como si Dios estuviese molestando, como un intruso, en las cosas que llenaban nuestros días y nuestros afanes.

Hace ya varias décadas, el filósofo judío Martin Buber, uno de los padres del personalismo, escribió un célebre ensayo titulado El eclipse de Dios. Habiendo nacido en Viena en 1878, tenía en su memoria, de modo patente y patético, el holocausto que los judíos sufrieron a causa de la persecución alemana de Adolf Hitler, que a él le sorprendió en plena madurez humana e intelectual cuando tenía 62 años de edad. Tuvo que exiliarse a Palestina para poder salvar su vida. Morirá en Jerusalén en 1965.

Su obra sobre el «eclipse de Dios» tiene ese trasfondo: cuando Dios desaparece del horizonte humano, cuando su luz queda ocultada y censurada, entonces el rostro de los hombres también se difumina. No en vano, él desarrolló desde la filosofía personalista todo lo que permite que las personas aprendan a vivir conviviendo: es la filosofía del encuentro y del diálogo, en la que tanto y tan bellamente insistió Juan Pablo II siguiendo esa misma escuela filosófica del personalismo a través de los pensadores judíos y cristianos.

No es que Dios haya muerto, como cínicamente propugnaba años antes el alemán Friedrich Nietzsche, sino que a Dios lo han tapado, lo han querido eclipsar, lo han expulsado del paraíso humano, dando la vuelta a la escena bíblica de la expulsión de Adán y Eva en el Edén. Y así decía Martin Buber: «Existe un eclipse de Dios de igual forma que existe un eclipse solar, y la hora que nos toca vivir es una hora de tiniebla». Entonces se entiende que cuando hacemos desaparecer a Dios de nuestro mundo más cotidiano, las cosas ya no tienen en él una referencia moral, y entonces se produce un vacío, una relativización, un nihilismo, donde tantos valores pierden su fundamento, y las cosas no encuentran su justa y respetuosa relación.

En su importante obra El drama del humanismo ateo, el teólogo jesuita Henri De Lubac dejó escrito: No es verdad que los hombres sean incapaces de construir un mundo sin Dios: ya lo tienen. Pero cuando se construye un mundo sin Dios, se hace contra el hombre. Y, ciertamente, todas las tragedias que han acontecido en la historia de la humanidad, tienen ese marchamo de la expulsión de Dios de nuestras vidas, de su eclipse calculado y sentenciado, que termina por destruirnos de tantos modos.

Pero también en nombre de Dios se han cometido verdaderas locuras que han destruido a los hombres como no pocas veces ha sucedido. No se trataba de un Dios auténtico, sino de una coartada, un pretexto, una extraña complicidad, por la que se le vestía con nuestros uniformes, se le abanderaba con nuestras enseñas, se le pertrechaba con nuestras armas, y se le hacía cómplice de todas nuestras corrupciones. Ese dios, por ser falso, ha contribuido también a la construcción de un mundo contra el hombre.

A pesar de este reto cultural en el que nos encontramos, debemos afirmar que hay un camino siempre abierto de parte de Dios hacia el hombre, que viene a encauzar los mil caminos que el hombre ha querido abrir en su acceso al mundo divino, y que es infinitamente mayor que todos nuestros eclipses, cerrazones y relativismos. Esta es la afirmación humilde y audaz del cristianismo: la mutua apertura de Dios y del hombre se encuentra en lo que llamamos revelación, porque Dios mismo ha venido a revelarnos su entraña que ilumina nuestro propio misterio. No es una palabra sórdida que Dios pronuncia para nadie, ni tampoco un silencio mudo que el hombre quiere desentrañar, sino el encuentro cabal de esa palabra gratuita que viene al encuentro del silencio mendicante de nuestro corazón.

Javierada
Javierada

Es aquí donde la religiosidad popular entra con toda su fuerza y contenido: la de devolver a la humanidad, de un modo sencillo, esa certeza que hace al hombre tomar conciencia de que su vida es querida y mirada por Dios bondadosamente y que, fruto de esa bondad de quien nos contempla, estamos ciertos de que no estamos solos, nuestra vida le importa a alguien que nos cuida y nos acompaña. Aunque los eclipses interesados pretendan ocultar esa mirada de Dios hacia el hombre, y la del hombre hacia Dios, el corazón humano se hace rebelde, y el corazón de Dios se hace tenaz para que el encuentro con él, para el que nacimos, sea posible gozosa y serenamente. Esta es la terapia discreta que nos brinda la religiosidad popular.