El gozo de la Pascua

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El gozo de la Pascua
El gozo de la Pascua

La Pascua del Señor nos alcanza el paso de la muerte a la Vida. Cristo es el que vive, el que estuvo muerto y revivió, el que tiene las llaves de la muerte (Apocalipsis). Cristo vivo aviva nuestra espiritualidad, estilo de vida y misión. Recorramos el Evangelio siguiendo el contraste entre la Vida que nos trae el Resucitado, y las disposiciones de los discípulos, heridos de muerte. ¿Qué enfermedades mortales acarrean?

Falta de fe. Jesús echa en cara a los suyos su incredulidad y dureza de corazón; y a los de Emaús: ¡Oh hombres sin inteligencia y tardos para creer! Luego la incredulidad es una enfermedad que afecta cabeza (falta de inteligencia) y corazón (dureza).

Desesperanza. Con la muerte de Jesús todo se derrumba. Dicen los de Emaús: nosotros esperábamos que sería él quien rescataría a Israel. Y se van. Quieren replantear su vida, olvidar… Desilusión y hacer mudanza: son síntomas de desolación.

Tristeza. La falta de fe y esperanza genera tristeza. María Magdalena lloraba al pie del sepulcro. Los discípulos estaban sumidos en la tristeza y el llanto. Los de Emaús se detuvieron entristecidos.

Miedo. Tenían cerradas las puertas del lugar por temor de los judíos. El cierre del corazón lleva a cerrar las puertas. Cuando se aparezca Jesús, seguirán erre que erre: aterrados y llenos de miedo creían ver un espíritu.

Falta de amor. El camino de las mujeres al sepulcro, el llanto de María Magdalena, incluso la decepción de los de Emaús, no son signos de su amor. Todo lo más son indicios de nostalgia y de respeto a alguien que desapareció; en definitiva, a un cadáver.

Desunión. El recuerdo y el miedo que les unían tras el Viernes Santo eran lazos muy flojos. Por eso los de Emaús y Tomás, solo unos días después, se separarán del grupo.

Reconozcámoslo. También nosotros tenemos en nuestra vida rincones heridos de muerte. Atendamos a los indicadores anteriores: ¿cómo ando de fe, amor, alegría…?

* * *

Fijémonos ahora en Jesús, sembrador de Vida, donde antes reinaba la muerte. Va cultivando:

Fe creciente. Tomás recuperó la fe: vio y creyó. A los de Emaús se les abrieron los ojos: después de escuchar las Escrituras, y de ver a Jesús partir el pan, corrieron a llevar la fe resucitada en ellos. Las Escrituras, la Eucaristía y el testimonio, ¿no son también la fuente de nuestra fe?

Esperanza cierta. Jesús dice al despedirse: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. ¿Cabe mayor esperanza?

Alegría desbordante. Los discípulos se alegraron viendo al Señor. ¿Pueden recaer en la tristeza, si tienen dentro la fuente de la alegría: Cristo resucitado? La alegría será la señal de que estamos habitados por la Vida.

Paz imperturbable. Se presentó en medio y les dijo: La paz con vosotros. La alegría y la paz son el patrimonio de quienes están invadidos por el Señor.

Amor ardiente. Cada aparición culmina con una profesión de amor: Señor, tú sabes que te quiero (Pedro); ¡Rabonní! —¡Maestro!— (María Magdalena); le abrazaron los pies (las mujeres); Señor mío y Dios mío (Tomás). Es un amor que se contempla y se palpa: Ved mis manos y mis pies, que yo soy. ¡Palpadme y ved!

Unión inquebrantable. Jesús resucitado suele aparecerse cuando los discípulos están reunidos y estrecha su comunión. Esta unión es fuente de confianza audaz y testimonio valiente.

Acabamos con el venerable P. Morales pidiendo a la Virgen que nos alcance el gozo de la Pascua: fe creciente, esperanza cierta, alegría desbordante, paz imperturbable, amor ardiente… (y añadimos): unión inquebrantable, confianza audaz y testimonio valiente.