El idioma universal

Intercambio, aprendizaje, crecer, creer, alegría y vida. Mucha vida:

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JMJ 2016 Cracovia
original author: Silar; mirrored by: Rlevente, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Por María Ledesma Carranza

En agosto de 2011 viví, siendo una niña de 11 años, la JMJ de Madrid. Acudí en familia a ver al papa Benedicto XVI y sentí esa adrenalina y alegría profunda que se percibía por las calles de Madrid durante este mes estival. Recuerdo a mi madre con un spray cargado de agua y pulverizándosela a cada persona para sobrellevar aquel calor. He de decir, que de esta experiencia recuerdo más a mi madre con el pulverizador de agua que al propio papa. También he decir que me pareció más bonito. Ella estaba ahí, tan tierna, poniendo su granito de arena para que aquella visita del papa pudiesen disfrutarla todas las personas que tenía cerca. Para que el calor no fuera el protagonista.

Cinco años más tarde, en el año 2016, fui a vivir la JMJ a Polonia. 16 añitos y muchas ganas de ser mayor. Esta vez no fueron mis padres, pero sí que fui acompañada de angelitos que hicieron de esta experiencia todo un regalo. Me pareció fascinante lo mucho que puede crecer tu fe en una semana. Tanta gente agrupada en un mismo lugar del mundo por una sola causa: una experiencia de fe a la que el papa Francisco, tan fresco y tan moderno, dio tanta luz.

Sin duda la JMJ es el lugar para ver los ojos brillantes y las miradas bonitas en los demás. Pero, sobre todo, es la oportunidad para darnos cuenta de que el idioma universal no es el inglés (que no te engañen). El idioma universal es el amor. Porque es un idioma que traspasa todas las barreras y el responsable de que un alemán, un inglés, una portuguesa, una italiana, un polaco, una peruana y un español se comuniquen sin cruzar ni una sola palabra. Es el que hizo que miles y miles de personas se juntasen en un mismo punto y compartiesen la misma experiencia desde diferentes vivencias en 2016. Y el que lo volverá a repetir este año.

Recuerdo los días en Polonia como días eternos, en los que hacía muchas cosas y conocía a muchas personas al tiempo. A tantas, que cuando terminaba el día pensaba que a aquella chica a la que había conocido durante el desayuno, en realidad la había conocido un mes atrás. Es uno de esos momentos donde se pierde la noción del tiempo. Uno de esos momentos en los que salimos de este mundo acelerado en el que venimos, donde todos los tiempos están medidos y las horas nunca son suficientes. Salimos de las cosas que se tenían que entregar «para ayer» porque «24 horas nunca son suficientes», y pasamos a un mundo en el que 24 horas son eternas. Y digo eternas en el mejor sentido de la palabra. 24 horas en las que te da tiempo a tantas cosas que parece que hubieran sido 72 h. 24 horas que no percibes porque olvidaste tu reloj en la mochila. 24 horas que no percibes porque dejaste de pensar en el tiempo que tenías para disfrutar de una conversación, de un paseo, de una oración. 24 horas muy vividas en el presente porque es tan llamativo, tan colorido y tan vivo que no quieres que se te escape de las manos.

La JMJ es un momento para ser conscientes de que estamos vivos. De que, quizá el tiempo no existe tal cual lo entendemos, que quizá sea más bien una percepción. Es un pellizco que nos recuerda que la vida es aquí y ahora. Que no hace falta que te pongas mil y una alarmas durante el día porque pensar en poner una alarma ya te está trasladando por definición al futuro que no existe. Una vida sin alarmas en el que el cuerpo te pide vivir. Dar tu mejor versión. Reírte si empieza a llover en medio del día que tocaba una caminata. Y reírte a carcajadas. Llorar porque hay demasiadas despedidas en muy poco tiempo, pero recordar que eso también es un regalo porque si hay una despedida es porque hubo un encuentro. Y con cada encuentro las cosas cambian.

Vivir, reír, crecer, disfrutar, escuchar, discernir, amar. Un encuentro para todo esto. Para recordar que hay muchas personas con muchas vidas que tienen una fe ardiente. En la JMJ hace calor porque suele ser en verano, pero estoy segura de que sería igual si fuese en pleno invierno, porque hay tantos corazones latiendo y ardientes que sería imposible el frio.

Me gusta siempre al terminar mis textos hacer una invitación a las personas que han dedicado su tiempo del presente a leer hasta la última línea. Te invito a que vivas la vida desde ahora, en el presente y lleno de amor. Porque es desde el amor desde donde se cambia el mundo. Del amor salió la luz que desprendes con cada gesto y con cada palabra bonita, entregando tus entrañas en cada cosa que haces, estando en ella con tu toda tu mente y con toda tu alma.

Conoce a personas. Empápate de sus historias. Libérate de prejuicios. Canta. Canta mucho. Y acompaña tu voz con un baile. Sal al parque y empápate de sol y de luz, y de energía. Confía en que este día es el mejor día y que cada paso es el mejor paso. Confía en que, con todo, la fuerza que mueve el mundo es el amor. Que es mucho más fuerte que la gravedad y que su potencial es incalculable.

Ya no sé si he hablado de la JMJ o si, en realidad, he hablado de lo linda que es la vida cuando la vivimos desde el amor. Quizá lo que pasa es que la JMJ es una representación evidente de vivir desde el amor.

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