El júbilo teresiano

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El júbilo teresiano
El júbilo teresiano

Por P. Miguel Ángel González, Prior OCD de Alba de Tormes y de Salamanca

«Si estáis alegre, miradle resucitado; que solo imaginar cómo salió del sepulcro os alegrará. Mas ¡con qué claridad y con qué hermosura! ¡Con qué majestad, qué victorioso, qué alegre! Como quien tan bien salió de la batalla adonde ha ganado un tan gran reino, que todo le quiere para vos, y a sí con Él. Pues ¿es mucho que a quien tanto os da volváis una vez los ojos a mirarle? Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del huerto: ¡qué aflicción tan grande llevaba en su alma, pues con ser el mismo sufrimiento la dice y se queja de ella. O miradle atado a la columna, lleno de dolores, todas sus carnes hechas pedazos por lo mucho que os ama; tanto padecer, perseguido de unos, escupido de otros, negado de sus amigos, desamparado de ellos, sin nadie que vuelva por Él, helado de frío, puesto en tanta soledad, que el uno con el otro os podéis consolar. O miradle cargado con la cruz… Miraros ha Él con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros, solo porque os vayáis vos con Él a consolar y volvais la cabeza a mirarle» (Camino de perfección 26, 4-5).


En la Semana Santa se nos invita a vivir los días de la pasión, muerte y resurrección del Señor con la mirada puesta en el júbilo de la Pascua, acompañando a Jesucristo en cada uno de sus pasos y estableciéndonos siempre en la alegría de la resurrección que ha de acompañar nuestra vida cristiana diaria. Es de ello ejemplo sobresaliente Santa Teresa de Jesús en su vida, en su carmelo y en lo íntimo de su corazón.

En su vida, vive la alegría que se extiende en derredor. «Me daba el Señor gracia de dar contento donde quiera que estuviese y así era muy querida», afirma ella. Con veintitrés años le llegan las tinieblas de la tristeza a causa de la enfermedad, pero al poco tiempo recupera la alegría en medio del dolor y afirma: «Lo pasé todo con gran alegría y edificaba a todos, parecía imposible sufrir tanto mal con tanto contento». Se siente contenta con sus monjas, en las fiestas, dando contento a todos, como dice de ella el padre Ribera: «Tenía los ojos negros y redondos, no grandes, pero muy bien puestos y vivos y graciosos, que en riyéndose se rían todos y mostraban alegría». Y la madre María de San José nos dice que la madre Teresa: «Tenía muy linda gracia en el rostro, que con ser ya de edad y con muchas enfermedades, daba gran contento mirarla y oírla, porque era muy apacible y graciosa en todas sus palabras y acciones».

La santa, de natural alegre, encuentra deleite en los avatares cotidianos y se ríe hasta del demonio cuando, fuerte en la virtud, le pierde el miedo.

Cuando un conocido letrado de la época le dijo que se decía de ella que era hermosa, discreta y muy santa, le respondió: «Lo primero lo veis vos, lo segundo no soy boba, lo tercero solo lo sabe Dios».

Visita a las Descalzas Reales de Madrid y ellas dicen: «Bendito sea Dios, que nos ha dejado ver una santa a quien todas podemos imitar, que come, duerme y habla como nosotras y anda sin ceremonias».

Santa Teresa de Jesús nos enseña a pasar los males corporales con alegría: esta alegría verdadera no depende del contexto exterior, sino de la vida interior. En todo momento nos podemos alegrar en el Señor.

En su casa: Una de las virtudes principales en el Carmelo será la alegría, por eso afirma la Santa: «Tristeza y melancolía no las quiero en casa mía». Escribe sobre el «estilo de hermandad y recreación», se alegra al ver a sus monjas contentas y dice: «Me es particular gozo cuando, estando juntas, las veo a estas hermanas tener tan gran gozo interior». La realidad de ser carmelita llena a la santa de alegría y por eso nos dice al entrar en el monasterio de la Encarnación de Ávila: «Me dio un contento de tener aquel estado que nunca jamás me faltó». No entiende que quien vive para Dios y para los demás pueda vivir triste y por eso afirma: «Esta casa es un cielo si le puede haber en la tierra para quien se contenta de contentar a Dios y no hace caso de contento suyo, hácese muy buena vida». Sabedora de los estragos que la tristeza causa en la persona, escribe: «A una monja descontenta yo la temo más que a muchos demonios».

Santa Teresa de Jesús nos enseña que la única causa de tristeza es la vida sin Dios, por lo tanto, quien está verdaderamente alegre, lo está porque está en comunión con Dios y con los demás. Recordemos que la Virgen María se alegra porque tiene a Dios, porque está en gracia; «Alégrate, llena de gracia», le dice el ángel. Santa Teresa nos dice: «Cuán triste es, Dios mío, la vida sin ti».

En lo íntimo de su corazón: Vive en permanente fiesta interior y escribe: «Cuando considero que son vuestros deleites con los hijos de los hombres, mucho se alegra mi alma». Nos invita a alegramos de tener al Señor en nosotros, he ahí el manantial de donde mana la verdadera alegría. Para que reguemos con esta agua de vida el jardín de nuestros corazones en la oración, se hace imprescindible: «representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada humanidad y alegrarse con él en sus contentos». La oración es el medio necesario para recibir esta alegría y para alimentarla en nosotros.

La beata Ana de San Bartolomé, enfermera de nuestra santa nos dice de ella: «No era amiga de gente triste, ni lo era ella, ni quería que los que iban en su compañía lo fuesen». Decía: «Dios me libre de santos encapotados». La santa derrocha alegría incluso en tiempo de persecución; es la alegría de los bienaventurados a causa del nombre de Jesucristo. La santa escribe en Las moradas: «Tienen estas almas un gozo interior grande cuando son perseguidas y sin ninguna enemistad con los que les hacen mal».

Santa Teresa de Jesús nos enseña a vivir la alegría en lo íntimo del corazón, contagiándola a nuestros hermanos, sabiendo que la tristeza es obstáculo entre Dios y nosotros, entre nosotros y los demás.

Vivamos una vida cristiana alegre, pues la santidad tiene que estar formada de virtudes sólidas y una virtud típicamente cristiana y por eso teresiana es la alegría en el Señor. Vivamos felices, hagámonos más felices, siempre alegres en el júbilo de la Pascua del Señor.

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