El reto de la comunicación hoy

Los mass media como antenas de evangelización

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La aventura cristiana de comunicar
La aventura cristiana de comunicar

La comunicación de la fe es una cuestión, podríamos decir, genética, presente en los dos mil años de vida de la comunidad cristiana, que siempre se ha considerado mensajera de una noticia que le ha sido revelada y es digna de ser comunicada. Sí, es una cuestión antigua, pero también un tema de máxima actualidad. Desde Pablo VI hasta Francisco, los papas no han dejado de señalar la necesidad de mejorar la comunicación de la fe.

Pablo VI insistía en que los medios de comunicación social constituyen una de las notas más características de nuestra civilización: «Gracias a estas técnicas maravillosas, la convivencia humana ha adquirido nuevas dimensiones; el tiempo y el espacio han sido superados, y el hombre se ha convertido en ciudadano del mundo, copartícipe y testigo de los acontecimientos más remotos y de las vicisitudes de toda la humanidad» (I Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 1967).

Pero, de hace unos años para acá, ha aparecido un factor tóxico: la desinformación. Técnica diseñada para engañar y desorientar al oponente, influir en sus decisiones y socavar su eficiencia política, económica y militar.

La desinformación usa unos medios que la Iglesia no puede utilizar, por ejemplo, mentir. Difunden, sin rubor, que la Iglesia es un catálogo de prohibiciones, ignorando y ocultando lo que dice Juan Pablo II en la encíclica Familiaris consortio, que «la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones».

Con frecuencia, la buena utilización de los medios de comunicación se relaciona con la «nueva evangelización». En ese contexto, Juan Pablo II afirmó que la comunicación de la fe ha de ser nueva «en su ardor, en sus métodos, en su expresión».

Cabe preguntarse cómo se ha de interactuar con la prensa, radio, TV, Internet y redes sociales para insuflar en esos espacios el mensaje cristiano. Un mensaje que ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al progreso, a las virtudes…

Y hacerlo de forma creativa, original, atrayente, huyendo de cierto formato quizás un tanto casposo que para nada resulta atractivo a las personas del siglo XXI.

Pero la forma no debe tocar el fondo, hay que hacer atractiva la verdad, pero sin alterarla para agradar —o no molestar— al enemigo. No debe movernos la opinión del de fuera, sino confirmar a los de dentro.

En comunicación tenemos un doble objetivo: difundir la verdad y desenmascarar las mentiras.

El reto es apasionante y todos los creyentes tenemos el desafío de saber convertir los medios de comunicación en antenas de evangelización.

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