El rosario. Oración de paz y alegría

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Rosario
Rosario

Por Juan Luis Benito

Aprendí a rezar el rosario, al calor del hogar, en el marco de una familia numerosa compuesta por ocho hermanos. Lo rezábamos por las noches, algunas veces mientras hacíamos los deberes o trabajos  escolares. En ocasiones costaba, y era nuestra madre la que nos animaba, y todos nos contagiábamos. Otras veces lo rezábamos en la iglesia parroquial del pueblo.

Tuve la gracia de conocer más de cerca a Dios en unos Ejercicios Espirituales a la edad de 16 años y allí terminé de aprender de memoria las letanías y, sobre todo, al tener que repetirlas yo solo, mientras cuidaba el ganado en el campo.

El rosario —más allá del recitar avemarías— es una oración netamente contemplativa que me ayuda a unirme a Dios en los caminos de la vida. Así lo hago, cuando estoy cocinando o por medio de la radio cuando viajo, utilizando una grabación o escuchándolo en Radio María.

Siempre que puedo, invito a amigos a que lo recen conmigo. Son varias las personas que me comparten lo mucho que les ayuda el rosario rezándolo entero, o al menos algún misterio, en familia o mientras pasean. Así me lo manifestó recientemente un cocinero recién jubilado:

—¿Qué haces? —Le digo.

—Pues ahora paseo mucho; me tengo que aprovechar de todos los años que he cotizado.

—Toma, para que reces cuando paseas. —Y le regalé un rosario de dedo.

—Gracias, lo usaré.

Otro día me encuentro con un amigo que lleva una vida un poco apurada, con mucho trabajo y bastantes preocupaciones. Le dije que rezaría por él. Pasan unos tres meses cuando lo encuentro en mi centro de trabajo y me dice:

—¡Oye, he estado más para allá que para acá! Se ve que Dios no me ha encontrado preparado, me he visto muy mal.

Le entrego un rosario que acoge amablemente y me confidencia:

—Aprenderé a usarlo porque yo creo que debe haber «algo» después de esta vida.

La verdad es que a mí me encanta esta oración tan popular que san Juan XXIII denominaba la «biblia de los pobres» y san Juan Pablo II su «TV espiritual». Gracias, Madre, por esta oración tan sencilla que inspiraste a santo Domingo, y que recomendaste en las apariciones de Lourdes y Fátima, para que el mundo se salve y tengamos más paz.

Culmino con dos breves anécdotas. En una ocasión estaba repartiendo octavillas del rosario de la aurora en el madrileño barrio de la ciudad de los Ángeles. Me acerco a un grupo de jóvenes, les ofrezco una octavilla del rosario y uno de ellos me responde:

—Creí que me ibas a dar un billete de cien euros.

—Esto te hará más feliz que el billete. —Le dije.

Y se calló como diciendo: ¡qué razón tienes!

La segunda fue con ocasión del primer rosario de la aurora en Móstoles hace unos 20 años. Uno de los organizadores tenía miedo de que acudiera poca gente y fuera un fracaso. Sin embargo, hoy se ha convertido en una gozosa y multitudinaria tradición.

Amigos, el rosario es una oración muy sencilla —al alcance de todos los bolsillos— pero tan grande que puede lograr la paz individual, familiar, mundial. En él contemplamos los misterios de la vida de Cristo, desde el corazón de la Madre.