El teresianismo en el P. Tomás Morales

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Carmelo, puerta del cielo
Carmelo, puerta del cielo

Definió el P. Morales nuestro Movimiento con una acertada imagen: «Tronco ignaciano y savia carmelitana». Dedicado este número de nuestra revista al teresianismo, justo es que resaltemos la vinculación del padre con santa Teresa de Jesús, a la que eligió como una de nuestras adalides por su «ímpetu reformador ardiendo en el más puro amor de Dios».

Cientos y cientos de citas y alusiones a la santa van hilvanando tanto sus escritos como sus intervenciones orales. Y aconseja se reflejen también en alguna decoración de nuestras casas ideas y convicciones de la santa. Desde su invitación a ser Amigos fuertes de Dios (Vida 15, 5), hasta su exhortación doméstica: Esta casa es un cielo, si le puede haber en la tierra, para quien se contenta solo de contentar a Dios y no hace caso de contento suyo (Camino de perfección 13, 7).

Dado que es en los Ejercicios Espirituales donde se ve con más nitidez esa conjunción ignaciano-teresiana arriba citada, y a fin de ejemplificar esta vinculación del P. Morales con santa Teresa, me voy a limitar a mostrar las citas que hace el padre en una tanda concreta, la que dio en el monasterio de Yuste en 1962 a un grupo de jóvenes extremeños.

Ya en la primera meditación, de Principio y fundamento, glosa estrofas de la poesía teresiana Vuestra soy, para Vos nací. Y en la plática de ese primer día anima a adentrarse en la oración con estos pensamientos de la santa: «Procurad luego, hija, pues estáis sola, tener compañía. Pues ¿qué mejor que la del mismo maestro que enseñó la oración que vais a rezar? Representad al mismo Señor junto con vos y mirad con qué amor y humildad os está enseñando. Y creedme, mientras pudiereis no estéis sin tan buen amigo. Si os acostumbráis a traerle cabe vos y él ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contentarle, no le podréis —como dicen— echar de vos; no os faltará para siempre; ayudaros ha en todos vuestros trabajos; tenerle heis en todas partes: ¿pensáis que es poco un tal amigo al lado?» (Camino de perfección 26, 1).

Y finaliza ese primer día de Ejercicios con la meditación del padrenuestro. Indica que en «el padrenuestro lo encontramos todo, encierra en sí todo el camino espiritual —dice Teresa de Jesús—, desde el principio hasta engolfar Dios al alma y darla abundosamente de beber de la fuente del agua viva» (Camino de perfección 42). Y como colofón vuelve sobre otra poesía teresiana: «Dadme muerte, dadme vida, dad salud o enfermedad, honra o deshonra me dad; dadme guerra o paz crecida, flaqueza o fuerza cumplida, que a todo digo que sí. Vuestra soy, para vos nací, ¿qué queréis, Señor, de mí?» (Poesía Vuestra soy, para Vos nací).

En la plática del segundo día les presenta una reflexión muy querida por el padre. Dice así: «Como escribe santa Teresa importa mucho y es el todo una grande y determinada determinación de no parar hasta llegar hasta el fin». Bien merece que expongamos la cita completa: «Ahora, tornando a los que quieren ir por él y no parar hasta el fin, que es llegar a beber de esta agua de vida, cómo han de comenzar, digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo» (Camino de perfección 21, 2).

Y en esa misma plática y temática añade el padre: «Dice Teresa de Jesús, con esas frases tan castizas que ella tiene: quiere su majestad y es amigo de ánimas animosas» (Vida 13, 2).

En la segunda meditación de ese mismo día indica: «¿Tú no sabes que Teresa de Jesús definía la humildad diciendo que la humildad era andar en verdad?», frase extraída de Las moradas en su capítulo 10.

Y finaliza ese segundo día con la meditación del infierno, trayendo amplios textos de la santa: «Y quedé tan espantada, y aún lo estoy ahora que escribo, que con hacer casi seis años me parece que el calor natural me falta de temor aquí donde estoy… Sentí un fuego en el alma que no puedo entender cómo poder decir de la manera que es. Es un agonizar del alma, un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible con tan desesperado y afligido descontento que yo no sé cómo lo he de encarecer… Me ha aprovechado mucho, ansí para perder el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta vida, como para esforzarme a padecerlas» (Vida 32, 4).

En la plática del tercer día desarrolla el padre las reglas de discreción de espíritus, y nuevamente acude a textos de santa Teresa para ejemplificar la acción del «enemigo de natura humana». Expone así: «El demonio no tiene tanta mano para tentar. Ha gran miedo a ánimas determinadas, que tiene ya experiencia le hacen gran daño, y cuanto él ordena para dañarlas, viene en provecho suyo y de los otros y que sale él con pérdida. Y ya que no hemos nosotros de estar descuidados ni confiar en esto, porque lo habemos con gente traidora, y a los apercibidos no osa tanto acometer, porque es muy cobarde; mas si viese descuido, haría gran daño. Y si conoce a uno por mudable y que no está firme en el bien y con gran determinación de perseverar, no le dejará a sol ni a sombra. Miedos le pondrá e inconvenientes que nunca acabe» (Camino de perfección 23, 4).

Y finaliza con una invitación a la confianza: «¿Por qué no he yo de tener fortaleza para combatirme con todo el infierno? […] Tomaba una cruz en la mano y parecía verdaderamente darme Dios ánimo, que yo me vi otra en un breve tiempo, que no temiera tomarme con ellos a brazos que me parecía fácilmente con aquella cruz los venciera a todos. Y así dije: “ahora venid todos, que siendo sierva del Señor yo quiero ver qué me podéis hacer”. Es sin duda que me parecía me habían miedo, porque yo quedé sosegada y tan sin temor de todos ellos, que se me quitaron todos los miedos que solía tener, hasta hoy» (Vida 25, 19).

Y en la contemplación para alcanzar amor, como colofón de los ejercicios espirituales, invita a imitar a la santa cuando aconseja: «Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada humanidad y traerle siempre consigo y hablar con él, pedirle para sus necesidades y quejársele de sus trabajos, alegrarse con él en sus contentos y no olvidarle por ellos, sin procurar oraciones compuestas, sino palabras conforme a sus deseos y necesidad» (Vida 12, 2).

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