Entrevista a Juan Antonio Gómez Trinidad

Por favor, perdón, gracias

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Juan Antonio Gómez Trinidad
Juan Antonio Gómez Trinidad

Por Mar Carranza Jiménez

Está con nosotros Juan Antonio Gómez Trinidad, que, según dice de sí mismo, «tuve la suerte, más bien la gracia, de descubrir, siendo joven, que mi vocación era la educación. Mis actividades laborales siempre han estado relacionadas con ella como catedrático de instituto, director general de educación, vicepresidente del Consejo Escolar del Estado o director del Área de la Alta Inspección, etc. Y lo más importante, soy padre de cinco hijos y abuelo de otros tantos nietos. La educación me sigue ocupando, preocupando y haciéndome disfrutar, pues estoy convencido de que los males de la educación tienen solución siempre que surjan educadores dispuestos a decir: «Por mí que no quede…»

¿Existe diferencia entre educar, enseñar y formar?

Las generaciones anteriores, incluida la que nos ha precedido, sabían educar, aunque no sabían mucho de educación, de enseñanza o formación. Hoy día todo el mundo habla de educación, pero en el fondo no sabemos cómo educar, pues nunca hubo tantos recursos materiales e intelectuales y unos resultados educativos tan pobres.

De forma sencilla podríamos decir que educar consiste en suscitar, ayudar a otras personas para que se desarrollen como tales y así poder entender el presente y mejorar el futuro.

Enseñar se refiere a la transmisión de saberes y valores culturales y técnicos, normalmente regulados por el Estado. La formación es la transmisión de saberes prácticos, técnicos que permitirán desarrollar una profesión.

¿La educación es una vocación?

La educación es una necesidad humana en la medida que la herencia genética no basta para llegar a ser hombre, como demuestran los niños que se han criado sin contacto humano. Por esto, todos necesitamos ser educados y a la vez estamos llamados a ser educadores. En este sentido, la educación es una vocación universal, pero tiene una trascendencia especial en algunas personas como son los padres, abuelos etc. Algunas profesiones, como la de maestros, médicos, etc., pertenecen a esos colectivos en los que se requiere tener vocación, pues ser maestro o médico sin vocación es una tarea insoportable.

¿Qué debe pretender un educador?

El educador debe despertar las ansias de conocer, de buscar la verdad, de aprender a contemplar la belleza, de comprometerse y obrar el bien. Debe orientar, animar y apoyar ese camino que dura toda una vida humana, considerando siempre que el que tiene que realizar el camino es el propio educando.

¿Estamos hoy ante un sistema educativo puramente formal?

En cierto sentido sí, pero con un fondo anticristiano: ataca a la religión y a la trascendencia, por su modelo inmanentista del hombre, por una ideologización que impone de modo despótico sus valores, invadiendo la libertad de cátedra, de conciencia y de pensamiento. Y aquí radica la diferencia entre educar y adiestrar: se pretende que los alumnos adquieran, de modo lúdico, comportamientos humanos pobres y predecibles quedando así las nuevas generaciones en manos de la manipulación. También es una dictadura metodológica que impone un reduccionismo simplista de la tarea de enseñanza, quedando el profesor reducido a un animador sociocultural cuya máxima es que el niño se divierta, sin necesidad de esfuerzo, sacrificio y de forjar su voluntad.

¿Se puede educar sin Dios?

Como dice san Agustín: «Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Si somos exclusivamente seres materiales, meros consumidores de energía, abocados a la muerte, ¿quién ha puesto en nuestra carne perecedera ese deseo de inmortalidad, esa ansia de amor, esa pasión por la verdad que anida en el ser humano más allá de los placeres sensibles? En este sentido, creo que una educación plena debe permitir la apertura a la trascendencia, y en el caso cristiano, posibilitar el encuentro personal con Cristo.

Esto no excluye que haya educadores que, aun no siendo creyentes, educan con honestidad intelectual, compromiso ético, entrega e ilusión y ayudan a ese crecimiento personal en todas las dimensiones que es, en definitiva, lo que caracteriza a la educación. No hay que olvidar que todos, creyentes o no, estamos hechos a imagen y semejanza de Dios y por ello llevamos el sello y la sed de lo divino.

¿Cuál es la tarea de la Iglesia en la educación?

La Iglesia es «madre y maestra». Como maestra ha ido ayudando desde el comienzo de su historia al hombre en el conocimiento de la doctrina cristiana, pero como la fe no anula la razón, ni la gracia la naturaleza, conoce y enseña el misterio del hombre, un ser caído pero redimido. La Iglesia sabe bien de qué pasta está hecho el ser humano, por eso enseña, alienta, exige y perdona. Y esto no solo desde la teoría, sino en la práctica como demuestra la historia de las escuelas y universidades cristianas. Occidente no sería sin los monjes que preservaron la cultura clásica, sin tantas instituciones religiosas que, en ausencia del Estado, realizaron una auténtica promoción educativa y social a través de miles de escuelas.

Los cristianos estamos llamados a transformar el mundo ¿cómo hacerlo desde la educación?

Volviendo a nuestras raíces. Vivir nuestra fe, contagiarla y ayudar a que cada niño pueda desarrollarse plenamente como persona, insertarse en la sociedad y contribuir a mejorarla.

Son tiempos recios los que nos ha tocado vivir y exigen de personas fuertes. La iglesia debería ser consciente de la emergencia educativa que ya anunció Benedicto XVI y suscitar vocaciones para la enseñanza. Urge la presencia de maestros y profesionales católicos, tanto en centros públicos como de iniciativa social.

Debemos recordar que detrás de todo modelo educativo existe un modelo antropológico. Hoy ha triunfado la llamada «nueva pedagogía» basada en la concepción educativa de Rousseau que olvida, además del sentido común, el pecado original —del cual ya ni se habla en las iglesias—. Hay que volver a las fuentes, recuperar la antropología cristiana, y en el caso de los colegios religiosos, recuperar el carisma propio de cada fundador y tener la convicción de que lo último no es siempre lo mejor, y que el ser humano sigue siendo el mismo: una mezcla de animal y ángel al que hay que ayudar para que alcance su plenitud.

¿Hay esperanza?

De nosotros depende ser educadores —y educar, educamos todos— empezando por nuestro círculo más cercano con el argumento más fuerte de todos: el ejemplo. Luego, cada uno según su situación tendrá más o menos responsabilidades. Como decía el refrán castellano: «Siembra que algo queda». La tarea del educador como la del sembrador siempre es fecunda, aunque no veamos los resultados. A veces el ejemplo callado, pero constante, la frase más simple dicha por una abuela, ayuda más que las teorías de moda.

«Si cada chino barre su puerta, la calle estará limpia». No todo el mundo puede ser alcalde ni jefe del servicio de limpieza, pero todos tenemos nuestra puerta. Estoy convencido de que los males de la educación tienen solución siempre que surjan educadores dispuestos a decir: «Por mí que no quede…».

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