Erik Varden

A la conversión por la música

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Foto: Martin Horwarth
Foto: Martin Horwarth

Los inescrutables caminos de la gracia para llevar a las almas al conocimiento de la verdad son innumerables: el sonido de una campana, el ejemplo de un creyente, por el rosario, por una lectura, por un villancico…, son como saeteras por las que, inexplicablemente, Dios entra en contacto con lo más íntimo de una persona y, respetando su libertad, se muestra tal cual es.

Pues bien, también la música (la mediadora entre el mundo espiritual y el de los sentidos, según Beethoven) ha sido y sigue siendo una de esas saeteras de la gracia. Lo fue para Gustav Mahler, músico judío converso, y lo ha sido más recientemente para el antiguo luterano Erik Varden, hoy abad, desde 2015, del monasterio cisterciense de San Bernardo, en Leicestershire (Inglaterra).

Erik Varden

Pero comencemos hablando de Erik. Nacido el 13 de mayo de 1974 en el pequeño pueblo de Degernes (Noruega), fue bautizado dos meses después en la iglesia luterana. ,Su abuelo paterno Arne, un pastor protestante, y también su abuela Hjørdis, eran muy religiosos, pero seguidores de una tradición pietista que mantenía los placeres de la vida como pecaminosos. Los padres de Erik, sin embargo, se habían alejado de tal rigidez acabando por hacerse agnósticos. «En mi infancia la religiosidad se había reducido a su aspecto formal. Respetar, pero practicar muy poco, porque crecí en un ambiente profundamente secularizado», dice el monje.

Fue en la literatura donde inicialmente «buscaba con urgencia un significado para mi vida, mientras estaba inmerso en un ateísmo agresivo típico de la adolescencia», recuerda Erik Varden. Y se acuerda con agrado de la obra El Festín de Babette de Karen Blixen, llevada al cine en 1987 por el director Gabriel Axel.

Tenía 15 años cuando tuvo el gran encuentro con Dios que cambiaría su vida. Y fue a través de la música, concretamente escuchando la Sinfonía n.º 2 en do menor de Gustav Mahler que trata sobre la resurrección. Aquella noche se encontraba solo en casa y decidió escuchar esta obra. Para él, «la música siempre ha sido muy importante, como un idioma nativo». Y cuenta Erik sobre Mahler que «un amigo de mi hermana me había aconsejado esta sinfonía en particular que, en su último movimiento, comienza con la evocación de un caos primario mientras que, gradualmente, se impone un ritmo».

«No naciste en vano», «no has sufrido en vano», «te levantarás y vivirás»; estas palabras pronunciadas por el coro en la sinfonía de Mahler, un judío converso al catolicismo, fueron para este adolescente como un rayo que atravesó su cuerpo.

«Quedé paralizado»

«Fue como si mi corazón, de repente, se abriera a una certeza, casi instintiva, de que Dios realmente existe. Era algo que me superaba. Una nueva conciencia. Un momento de despertar. Una herida en el corazón», señala Erik Varden.

«Cuando la música terminó» —comenta— «quedé paralizado». Pensó que sería mejor volver sobre aquel increíble momento a la mañana siguiente y ver si lo que había sentido se difuminaba. Al día siguiente, sin embargo, esa certeza se mantuvo y, al mismo tiempo, la herida seguía abierta. «Así que mi investigación comenzó». Fue entonces cuando decidió lanzarse a explorar sobre la fe.

La primera parada es en el Atlantic College, una prestigiosa escuela secundaria en el sur de Gales, donde, por primera vez, Erik se da cuenta de que puede hablar de religión porque algunos de sus compañeros son creyentes. Asiste a una iglesia anglicana todos los domingos. Descubre que los monasterios cristianos que había leído en las novelas de Hermann Hesse todavía existen. Y decide hacer un retiro de una semana en la abadía trapense de la Isla Caldey. Un punto de no retorno, porque, como él mismo explica, «allí encontré un tipo de vida que correspondía a mi vocación. Decidí convertirme al catolicismo».

Y fue mientras estudiaba en la Universidad de Cambridge y obtenía un título de Teología, cuando pasó a formar parte oficialmente de la Iglesia católica, aunque la ceremonia bautismal se celebró en Austria, en el monasterio de Klosterneburg, donde vivía un amigo suyo.

En la abadía de San Bernardo, no lejos del colegio Saint John de Cambridge donde, mientras tanto, Erik se había convertido en un profesor de investigación, el futuro abad decidió discernir su vocación y, en 2002, ingresó en el monasterio como novicio, abandonando su carrera universitaria.

Tras ser ordenado sacerdote, es destinado a Roma, donde completa una licenciatura en el Pontificio Instituto Oriental y también dedica un período al estudio de la teología monástica, idioma siríaco y cantos gregorianos en la Universidad Pontificia de San Anselmo, en el Aventino. Tras ello, el padre Erik decide regresar a las verdes colinas. Y con solo 41 años, en 2015, es elegido abad.

El año pasado Erik publicó The shattering of loneliness (La ruptura de la soledad), una meditación autobiográfica de Varden sobre la soledad del hombre contemporáneo y la memoria del amor divino. Es un libro breve, de gran densidad, belleza y de amable lectura que en el Reino Unido ha sido un fenómeno de ventas. Lo publicará en español la editorial Monte Carmelo.

Pero volvamos a la música. Afirma Erik: «A través de la música de Mahler, Dios me ha tocado y me ha inspirado con un gran deseo de conocerlo, y mi vida se ha convertido en un intento de responder a esta gracia».

Gustav Mahler

¿Quién fue Gustav Mahler? Nacido en 1860 en Kaliste, Bohemia, de ascendencia judía, estudió en el Conservatorio y Universidad de Viena. Allí se relacionó con toda una pléyade de artistas e intelectuales que le dieron a esta metrópolis, tan musical, un lustre indiscutido como epicentro de creatividad y ciencia; allí llegó a ser director artístico de la Ópera Hofoper, hoy Wiener Staatoper), uno de los cargos más codiciados del mundo musical de entonces, y donde llegó a dirigir también, por algunas temporadas, la prestigiosa Orquesta Filarmónica de Viena. Incluso dirigió óperas en la Metropolitan Opera de Nueva York.

Pero fue su herencia como compositor la que le hizo alcanzar una trascendencia en la cual creía firme y espiritualmente. De modo especial sus nueve sinfonías son una auténtica escala hacia esa trascendencia. En la tercera él mismo anota la gradación de sus movimientos: Lo que me cuentan las piedras, Lo que me cuenta la noche, Lo que me cuenta el hombre, lo que me cuenta el amor, para acabar con estas palabras que el compositor agregó sobre la partitura: ¡Padre Dios, mira mis heridas! ¡No dejes que ninguna criatura se pierda!

En su Sinfonía n.o 8, Mahler descargó enteramente sus más caros afanes y propósitos espirituales. Luego de haber compuesto unos pasajes solamente para la orquesta, sintió la necesidad de apoyarse en un texto, el del himno latino Veni, Creator Spiritus que la Iglesia católica entona en el día de Pentecostés, obra de Rabano Mauro, arzobispo de Maguncia del siglo IX.

Mahler no recordaba bien la totalidad del himno; lo buscó en un viejo misal, pero no lo encontró completo e inteligible; le pidió entonces a un amigo que se lo enviara copiado de principio a fin de la liturgia y, mientras esperaba respuesta, siguió componiendo dicha sección instrumental. Cuando al fin lo recibió, pudo comprobar que, muy felizmente, el himno se correspondía cabalmente con el ritmo y los motivos melódicos compuestos previamente. Sintió de esa manera, como si fuera un enviado del mismo Espíritu, que dirigía su sentir y sus trazos. Aquel extraño incidente profundizó en él la certidumbre de que cumplía un acto místico al crear, y de que, en aquellos momentos, era el instrumento de fuerzas superiores.

Mahler se bautizó al cumplir los 37 años de edad, y hasta su muerte en 1911 (tenía entonces 51 años) vivió entregado a su pasión por la música. Como en alguna ocasión dijo, el arte solo se entrega por completo a quienes se entregan por completo a él y lo aman más de lo que temen la miseria y el hambre.

Un último testimonio. El alemán Ernst Bloch, escritor y filósofo, marxista y teórico del ateísmo, amigo del compositor, afirmó sobre Gustav Mahler: Mahler era profundamente religioso. Su fe era como la de un niño. Dios es amor y el amor es Dios. Esta idea era parte permanente de su discurso. De su parte nunca escuché una palabra blasfema. Sin embargo, no quería un intermediario entre él y Dios. Hablaba con él cara a cara. Dios estaba muy a gusto en él. ¿¡Cómo si no podría usted describir el estado de éxtasis en el que componía!?