Exigirme y exigir a los jóvenes

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1976 Villargarcía
Abelardo en un reunión con jóvenes en Villagarcía de Campos (Valladolid), 1976.

Extracto de «El conflicto generacional». Comunicación en la XVI Reunión de Amigos de la Ciudad Católica (Torrent, Valencia), 11.12.1977.

Los jóvenes están deseando encontrar a quien les encauce. A esta juventud hay que exigirle mucho para que encuentre una respuesta a lo que buscan, a ese vacío interior tan tremendo que tiene, y si no se la exige, se la defrauda…

A mí me enseñaron a exigirme y a exigir a los demás, y esto es lo que vengo realizando desde hace veintisiete años: exigir a los jóvenes. Con magníficos resultados, porque «al joven, si se le pide mucho, da más; si se le pide poco, no da nada». Este principio pueden ustedes experimentarlo en cualquier latitud, a cualquier escala, en cualquier provincia de España. ¡Siempre da el mismo resultado!

Mirad, esto lo he aprendido en mi propia casa. Una de mis hermanas, cuando estaba embarazada, tuvo un accidente de automóvil. Cayó por un barranco y salió despedida del auto por una ventanilla. Estaba de cuatro meses y no le sucedió apenas nada, tan sólo rotura de clavícula. Pero cuando llegó el momento del parto, cinco meses más tarde, el niño nació con los pies invertidos, hacia atrás. Mi cuñado es médico, y cuando vio al niño, se dio cuenta de que aquello no era un defecto congénito, no producto del embarazo, sino de aquel accidente que tuvo mi hermana. Cogió al niño, le enderezó los pies y se los escayoló. Por espacio de quince o veinte días, el niño lloraba, no les dejaba dormir. Pero ahora ha quedado con los pies perfectamente puestos, juega al fútbol, monta en bicicleta, anda, camina, corre, es un niño normal.

Es posible que este niño, cuando tenga veinticinco años le diga: «Papá, ¿con quién contaste para hacer uso de mi libertad y ponerme los pies derechos? Me has hecho un desgraciado, porque me hubiera librado de la mili…». Desde luego, una ventajilla le ha quitado el padre al hijo, pero él no reniega, está contentísimo, le quiere a rabiar, porque pasó de ser un minusválido a una persona normal.

Y les digo a los chicos: «Mirad, vosotros venís seducidos por la sociedad actual, con los pies al revés y yo os los tengo que poner bien para que caminéis, para que os encontréis con vosotros mismos y para que os encontréis con aquel fin al que Dios os ha dispuesto. Por lo tanto, os voy a poner los pies al revés de como los traéis; vais a berrear, vais a gritar, vais a estar hechos polvo, pero al final me estaréis agradecidísimos».

Y es que «la educación actual —dice Ramiro de Maeztu— es radicalmente mala, porque no enseña a sufrir, sino a gozar». Y los padres aman mal a los hijos en este sentido. Al muchacho hay que exigirle y, por supuesto, exigirle con sentido común.

¿Quién forma a nuestra juventud en la voluntad? Nadie. Y, sin embargo, ésta es la primera tarea en la educación. Hay que coger a nuestros jóvenes y formarles la voluntad, y esto supone esfuerzo, supone trabajo, supone lucha, y un educador debe ir por delante. En definitiva, ahí está el problema, que como no estamos dispuestos a exigirnos nosotros, no les exigimos a ellos.