Andrés Jiménez: «Todas las obras de Gaudí —grandes y pequeñas, religiosas y civiles— no solo son hitos arquitectónicos, son también testimonio vivo de la unión entre fe, creatividad y amor que fue consolidándose a lo largo de su vida».
Andrés Jiménez Abad es doctor y catedrático de filosofía, presidente del Equipo Pedagógico Ágora y asiduo colaborador de Estar. Confiesa su admiración por Antoni Gaudí, acrecentada por su amistad y colaboración con José Manuel Almuzara, uno de los mejores conocedores en la actualidad del arquitecto nacido en el Camp de Tarragona.
Hablaremos no solo de arquitectura y belleza, sino también del hombre que fue Antoni Gaudí, de su prodigiosa unidad de vida, clave de su trabajo, su creatividad y su fe.
P. Antoni Gaudí es una figura clave en la arquitectura mundial, y siete de sus obras han sido reconocidas como Patrimonio de la Humanidad.
R. Así es. Siete han sido reconocidas por la UNESCO: el Parque Güell, el Palacio Güell, la Casa Milà (la Pedrera), la Casa Vicens, la Casa Batlló, la Cripta de la Colonia Güell, y la fachada del Nacimiento y la Cripta de la Sagrada Familia. Otras obras, fuera de Cataluña, están en proceso de serlo: el Capricho de Comillas, el Palacio Episcopal de Astorga y la Casa Botines de León.
P. La Sagrada Familia se ha convertido en el monumento más visitado de España y figura entre los diez más populares y valorados internacionalmente. Sin embargo, no es un museo turístico, ni Gaudí fue solo un arquitecto genial. Para medir la verdadera grandeza del templo es preciso conocer a fondo para quién lo concibió. Un hombre y un cristiano de primera categoría que el 14 de abril de 2025 fue declarado venerable por el papa Francisco.
Y no solo por su genialidad o su creatividad, también por su calidad humana y su vida espiritual. Una faceta no muy difundida de Antoni Gaudí era su capacidad para ganar y cultivar grandes amistades, «alma a alma», podríamos decir…
R. En efecto. Gaudí supo ganarse amigos de diferentes estamentos sociales, que lo admiraban y querían profundamente. Un ejemplo notable es el poeta Joan Maragall. Aunque ambos compartían un profundo amor por la belleza, tenían ideas religiosas distintas. Gaudí, con afecto y argumentos, logró influir en su amigo, acercándolo desde el panteísmo que profesaba hacia la fe cristiana. Sus conversaciones paseando entre los andamios de la Sagrada Familia permitieron a Maragall, según confesaba, vivir momentos de profunda emoción.
P. ¿Qué pensaba Maragall de la Sagrada Familia y de Gaudí?
R. Maragall reflexionó sobre el sentido profundo del templo en un artículo titulado El templo que nace. La Sagrada Familia más que una obra arquitectónica, era reflejo de una entrega colectiva y un símbolo de esperanza y fe. El templo en construcción simbolizaba la entrega humilde y abnegada de un hombre, un artista que consagra su vida a una obra destinada a perdurar más allá de su tiempo.
P. ¿Y qué imagen ofrece del artista Gaudí?
R. Para Maragall, el artista expresa la vida de Dios presente en las cosas, y la belleza es la revelación del ser a través de la forma. Esta visión conecta el arte con la espiritualidad y eleva la experiencia estética a un plano trascendente. Pero lo mejor es que, finalmente, el poeta ya no hablaba solo de su amigo Gaudí, sino de sí mismo.
P. ¿Cabe destacar a otros amigos de Gaudí que influyeron en su vida y en su obra?
R. Podemos subrayar su amistad con cuatro grandes hombres de Iglesia:
Pere Joan Campins i Barceló, obispo de Mallorca: su relación de confianza y sintonía espiritual llevó a Gaudí a intervenir en la restauración de la catedral de Palma.
Josep Torras i Bages, obispo de Vic, desde hacía años ya gran amigo, fue un referente moral y espiritual. Entre otras cosas, convenció y moderó a Gaudí para que interrumpiera en 1894 un ayuno cuaresmal que ponía en peligro su vida.
Joan Baptista Grau, obispo de Astorga. Paisano, amigo cercano y verdadero mentor. Lo instruyó en la vida de oración y en el conocimiento de la liturgia católica. Fue para él un maestro y un padre.
San Enrique de Ossó, fundador de la Compañía de Santa Teresa, que le dio a conocer la espiritualidad de la santa doctora.
P. ¿Podría hablarse en Gaudí de espiritualismo?
R. No, en absoluto. Se preocupaba por las gentes sencillas. Por ejemplo, las escuelas para los hijos de los obreros y niños pobres del barrio El Poblet, que financió él mismo, incorporando pedagogías innovadoras como las de Manjón y Montessori.
Otro ejemplo. En varias ocasiones, cuando era imposible pagar a los obreros al final de la semana, decidió salir a mendigar —cosa que, confiesa, lo humillaba en extremo— acudiendo a conocidos y desconocidos, incluso por la calle.
P. ¿Podría hablarse de un estilo de vida cristiana original en Antoni Gaudí?
R. Para Joan Bergós, arquitecto y discípulo, la vida de Gaudí ilustra cómo la fe y la vocación profesional pueden unirse. Hombre profundamente religioso y reflexivo, vivió con fidelidad su fe cristiana y sus ideales estéticos y cívicos, demostrando que la inspiración artística se corona con trabajo intenso y disciplinado. Su influencia —apunta también— llegó a provocar conversiones y renuncias heroicas entre quienes convivían con él.
P. Por último, ¿quién fue Antoni Gaudí?
R. Antoni Gaudí era un excelente ejemplo de vida laical por su acendrada piedad, pero también por su dominio del oficio de arquitecto y por su aquilatada sensibilidad estética; todo ello en la unidad de su vocación cristiana.
En su juventud había sido un bon vivant, pero fue creciendo en espíritu de oración, austeridad y lucha ascética, especialmente para vencer su defecto dominante, la irascibilidad. Confiesa humildemente no haberlo conseguido del todo. No obstante, los testimonios de quienes lo conocían de cerca coinciden en que su comportamiento habitual se caracterizaba por la dulzura, el respeto, la comprensión y la paciencia, sin olvidar su rectitud y amor por la verdad.
Arquitecto de piedras vivas, «arquitecto de Dios y del alma», Gaudí es modelo de santidad laical. Todas sus obras —grandes y pequeñas, religiosas y civiles— no solo son hitos arquitectónicos, son también testimonio vivo de la unión entre fe, creatividad y amor que fue consolidándose a lo largo de su vida. No para que admiremos a Gaudí, sino para «mirar a quien él miraba».







