El artificial conflicto entre ciencia y fe

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El cristianismo ha jugado a lo largo de los siglos un papel fundamental en el desarrollo de la ciencia en Europa. Ahí están las universidades que nacieron en el seno de la Iglesia como evolución de las escuelas monásticas surgidas a partir del siglo IX y, posteriormente, de las escuelas episcopales que aparecieron asociadas a las principales catedrales europeas a partir del siglo XI.

La relación tan intensa que, durante siglos, existió entre universidad y cristianismo se plasma en los símbolos de centros de investigación tan prestigiosos como la Universidad de Oxford, por ejemplo, en cuyo escudo se lee: Dominus illumination mea (el Señor es mi inspiración).

La Academia Pontificia de las Ciencias constituye, sin lugar a duda, el mejor ejemplo del interés que la ciencia ha suscitado en la Iglesia católica. Fundada en 1603 y refundada en 1847 (Pío IX) y en 1936 (Pío XI), su principal objetivo se encuentra claramente definido: «Honrar la ciencia, asegurar su libertad y favorecer la investigación».

La Academia es de alcance internacional, multirracial en su composición, y su excelencia científica queda plenamente demostrada por el hecho de que más de cuarenta premios nobel han formado parte de esta a lo largo de su historia.

La Academia, de una forma o de otra, defiende, entre otras, las siguientes ideas:

  • El conflicto entre ciencia y fe es artificial y no hace justicia a las ricas y estrechas relaciones que han mantenido ambas disciplinas a lo largo de la historia.
  • La Iglesia no considera que los descubrimientos científicos entren en conflicto con la fe católica. Así lo expresa, por ejemplo, la encíclica Humani generis (1950): «Ninguna verdad que la mente humana haya podido descubrir puede estar en contradicción con la suma Verdad, ya que Dios ha creado y tolerado la inteligencia humana, no para que oponga cada día nuevas verdades a las verdades firmemente adquiridas, sino para que, una vez eliminados los errores surgidos, esa inteligencia añada verdades en el mismo orden y con la misma organicidad que constatamos en la naturaleza misma de las cosas de donde nace la verdad».
  • Una fe con miedo a la verdad es una fe débil: la verdad no puede contradecir a la Verdad.
  • La Iglesia apuesta por un diálogo fluido entre ciencia y religión que sea beneficioso para ambas partes: «La ciencia puede purificar a la religión del error y la superstición; la religión a la ciencia, de idolatrías y falsos absolutos» (Juan Pablo II, 1988).
  • La Biblia no es un libro científico, nos dice quién hizo el universo en un acto deliberado de amor. La ciencia nos dice cómo lo hizo.

Son pues, dos objetivos distintos y complementarios, sin conflictos artificiales.

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