Grandes amigos

Monseñor Antonio Hornedo S.J., obispo de Chachapoyas, y el venerable P. Tomás Morales S.J.

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Mons. Hornedo y el P. Morales
Mons. Hornedo y el P. Morales

Mons. Antonio Hornedo Correa nació el 23 de septiembre de 1915 en Comillas, Cantabria, España. Estudió en el Colegio de Areneros, Madrid. De joven, como Tomás, practicó el deporte en la disciplina de gimnasia. Sus padres eran fervorosos católicos que apoyaron su vocación sacerdotal. Ingresó en la Compañía de Jesús el 27 de mayo del año 1933 en Bélgica, donde coincidió con Morales. Estudió Filosofía en Chamartín, del año 1940 al 43. Posteriormente fue destinado a estudiar Teología en Irlanda donde estuvo a punto de morir en un gran incendio del que se salvó saltando de un edificio a otro. Se ordenó de sacerdote el 31 de julio de 1949. Hizo su tercera probación en Salamanca en el año 1951.

Su primera práctica pastoral la ejerció en la formación de los jóvenes jesuitas como ayudante del maestro de novicios (1951-1952), director espiritual de los filósofos en Chamartín (1953-1955), rector de Aranjuez, noviciado y juniorado de la provincia de Toledo (1955-1961). En 1962 fue enviado al Perú, como superior de la misión del Marañón, trabajando intensamente en la evangelización y organización de ella desde el año 1962 al 1968; así, fue designado en 1963 como prefecto apostólico de Jaén, administrador apostólico de Chachapoyas en 1968 y vicario apostólico de San Javier del Marañón en 1971. Este año, el 15 de agosto, fue consagrado obispo en Jaén. Posteriormente, fue destinado como obispo de Chachapoyas el 14 de julio de 1977, cargo que desempeñó hasta 1991.

En todos sus ministerios dejó el recuerdo del pastor fiel que ha ofrecido su vida en todo momento por sus ovejas, especialmente en su dedicación decidida a favor de la población con obras sociales como el asilo de ancianos, la construcción del colegio seminario Jesús María, Radio Horizonte, comedores y dispensarios parroquiales. Todo ello pensando en la atención a los ancianos más necesitados, en la educación y formación de la juventud, en la alimentación y salud de los niños y en la evangelización a través de los medios de comunicación. También instituyó el preseminario como casa de acogida y formación de los aspirantes al sacerdocio, construyó varias casas parroquiales y, gracias a sus desvelos y gestiones, fueron varias las congregaciones de vida religiosa y sacerdotes los que vinieron de otros países y se establecieron en la diócesis con el propósito de que la comunidad católica estuviera debidamente atendida con la palabra de Dios y con la Eucaristía, así como laicos comprometidos con la misión de la Iglesia principalmente en trabajos de promoción y desarrollo de los pueblos. Visitó aun las localidades más alejadas de la diócesis a pesar de los difíciles caminos de acceso. La población en general lo recuerda como un obispo cercano, de trato afable, y siempre sensible a las necesidades de las personas.

De Chachapoyas pasó a la comunidad jesuita de San Pedro, donde dedicó la mayor parte del día a escuchar confesiones. Pasó sus últimos años en la comunidad de Fátima, en Miraflores. Recuerdo que siempre que lo visitábamos nos brindaba una acogedora sonrisa. Le hacía presente a su amigo P. Tomás Morales y aumentaba su sonrisa. Al preguntarle, sin embargo, si nos recordaba, aquejado por el incipiente alzhéimer, se esforzaba y nos comentaba: «Se me está perdiendo la memoria, no recuerdo casi nada…». Y le bromeábamos: «No se olvide de celebrar la misa, de su amigo Jesús …» y al toque contestó: «De él nunca, ahí –apuntaba al Sagrario— le tengo siempre, somos muy amigos». Otro amigo me recuerda que cuando se le pedía un servicio litúrgico acudía con presteza y al querer abonarle el justo óbolo, te obsequiaba la más cálida de las sonrisas y comentando: «Quita, quita; ya estoy pagado por poder servir». Falleció la madrugada del 10 de enero de 2006 en la enfermería de Fátima, en Miraflores (Lima). Obispo de Jaén y de Chachapoyas, hombre sencillo y jesuita ejemplar, sus restos descansan en un lugar especial de la basílica catedral de Chachapoyas.

Fue connovicio del P. Morales en Bélgica, y en la Semana Santa de 1964, le envió una petición de dos cruzados, al menos, para uno de los puestos misionales de vanguardia en su diócesis. El P. Morales se lo comunica a los cruzados y se ofrecen todos. Su amistad se avivó a través de alguna visita que Mons. Hornedo le hizo al P. Morales en España, la correspondencia y con la presencia de algunos equipos de los Grupos de Apoyo Misionero en el verano europeo y, sobre todo, con la presencia de las cruzadas en Chachapoyas. En una de las meditaciones del retiro de Cristo Rey de 1987, el P. Morales recordó su ejemplo: «Cuando yo hablaba con él después en los alrededores del albergue, y me contaba él la vida que llevaba en la misión del Perú, yo digo: “Aquí los sacerdotes estamos veraneando, y los religiosos en una vida tan cómoda; y los laicos, no digamos, claro, como consecuencia”».

Con motivo del primer aniversario de la muerte del P. Morales en el Hogar de las Cruzadas de Santa María de Lima y que él se dignó presidir (1 de octubre de 1995), pronunció una entrañable homilía en la que recordó y estimuló a imitar a su amigo: «Le llamábamos el Bolonio; lo sabía todo; cuando íbamos en terna (grupo de tres) siempre nos colocábamos a ambos lados y le dejábamos hablar; tenía una ironía y un humor muy finos. En Villafranca, él daba alemán y yo griego, ¡vaya dos! Él daba más clases pues era solo profesor y yo inspector. ¡Santo varón! ¡A ver si le imitáis todas y todos en su enamoramiento de Jesucristo y en la obediencia al superior viendo en todo momento la voluntad de Dios!»

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