¿Hay alguien ahí?

Se necesitan escuchantes

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Se necesitan escuchantes
¿Hay alguien ahí? Se necesitan escuchantes. Ilustración: José Miguel de la Peña

Una de las mayores fuentes de sufrimiento es la soledad no deseada que crece de forma exponencial en las sociedades avanzadas. En España, afecta a la quinta parte de la población. Más de una cuarta parte de los hogares son unipersonales. El dato es preocupante, pero la soledad es aún más dolorosa cuando se siente a pesar de estar acompañado. La soledad, no ya física, sino afectiva y vital es mayor y más dolorosa.

De forma gráfica, queda reflejado en el chiste de humor negro en el que a un paciente, tras abrir la puerta de la consulta de psiquiatría, le pregunta el médico:

—Y a usted, ¿qué le pasa?

—Es que creo que nadie me escucha —responde.

—Siguienteeee —le responde el psiquiatra, sin levantar siquiera la vista.

Esta sensación de no importar nada, incluso de ser invisible para los demás, es una de las experiencias personales más desoladoras en la sociedad actual. Nunca fuimos tantos conviviendo, especialmente en el mundo urbano, y tan frecuente la soledad. Jamás tuvimos tantos medios para comunicarnos y, a la vez, tanta desazón por la falta de una auténtica y profunda comunicación personal. En resumen, a pesar de las apariencias, el hombre actual está tremendamente solo.

Pueden cambiar muchas cosas, puede cambiar incluso el mundo, pero el corazón del ser humano sigue teniendo la misma necesidad de ser amado y comprendido en su raíz, fuera de los ropajes que porta como el personaje o personajes que cada uno representamos en esta vida. Para sentirse queridos, necesitamos ser escuchados, comprendidos, aceptados. Y aquí surge el problema: hoy escasea el número de personas que tengan el don de escuchar.

Un personaje de gran altura moral, intelectual y espiritual confesaba, en el ocaso de su vida, con gran pena y asombro lo siguiente: «Me he dado cuenta de que verdaderamente no he escuchado a nadie», para añadir a continuación que había comprobado que no era un caso único, tras hablarlo con personas de distinta condición y edad.

Esta incapacidad para escuchar, epidemia que afecta a gran parte de la sociedad occidental, contrasta con la dotación biológica de dos oídos y una sola boca. Parece que deberíamos hablar la mitad de lo que oímos, pero suele ser al revés. Otra curiosidad biológica es que no tenemos párpados auditivos, con lo cual no podemos taparnos los oídos si no es con auxilio de otros órganos —las manos— o instrumentos externos.

Pero esta dificultad la superamos con la facilidad con la que dejamos de escuchar. Oír es algo automático, si se dan las condiciones físicas y fisiológicas normales. Escuchar, en cambio, requiere percibir esos estímulos, pero acompañados de atención y deseo de comprensión. Parece como si los «párpados» de la escucha se cerraran con demasiada facilidad por falta de tiempo o atención.

¿Por qué no sabemos o no queremos escuchar? Quizá es que partimos de la convicción contraria: que sabemos escuchar y que además no nos interesa hacerlo. No valoramos la escucha salvo que seamos nosotros los demandantes de esta.

La principal dificultad para escuchar está en el ruido que nos acecha constantemente a todas horas y lugares. En primer lugar, están los ruidos externos, físicos, que contaminan nuestras ciudades, los lugares de ocio —hoy es difícil mantener una conversación en muchas cafeterías— y hasta el propio hogar con las pantallas por doquier, especialmente la del propio teléfono, ese ladrón de tiempo, conversaciones y confidencias que nos acompaña desde el despertar hasta los últimos minutos antes del sueño.

En segundo lugar, están los ruidos internos: las emociones, sentimientos, prejuicios e intereses que, como niebla densa, impiden percibir con claridad los mensajes, la situación y el propio ser de la persona que nos habla. El egocentrismo feroz nos sitúa como centro del universo y lo demás puede esperar.

Por último, y tal vez lo más importante, es la actitud con la que a veces se escucha. El código nefasto de recepción suele ser: «Sé lo que vas a decir, por qué lo dices y qué pretendes con ello. Y en caso de que no lo digas, también sé la intención con que lo haces».

Saber escuchar es sintonizar con otra persona, una forma de propiciar el encuentro personal, de acompañar, de ayudar y ser ayudado, de consolar y compadecer, de animar y de compartir, incluso de conocerse a sí mismo reflejado en las vivencias, sentimientos, miedos e ilusiones del otro; en definitiva, de encontrar y compartir el sentido mismo de la vida.

Escuchar es un arte difícil: requiere sacrificios, paciencia, humildad, comprensión y compasión, pero produce una alegría profunda y un crecimiento interior. Requiere, como todo arte, ciertos ingredientes, algunos de los cuales paso a enumerar.

El primero de ellos es el silencio, entendido no solo como ausencia de ruidos, sino como el clima o ambiente donde surge la comunicación. El silencio es la primera palabra de todo diálogo fecundo, decía el P. Morales. Hay entornos y distractores, como el móvil, con los que es imposible establecer una comunicación. Pero más importante es aún el silencio interno: no es solo ausencia de palabras, sino ausencia del propio yo para escuchar al tú.

En segundo lugar, la escucha requiere una actitud activa, no pasiva. Exige atención, ese bien tan escaso en el ser humano actual que mariposea sobre las cosas sin permanecer ni profundizar en ellas. Atención no solo a las palabras sino también a la comunicación no verbal que acompaña al diálogo. Si la atención no es sostenida, lo mejor es dejarla: nada desanima más a quien habla que constatar que el oyente no le presta el debido interés.

En tercer lugar, hay que gestionar bien las emociones, las propias de quien escucha para que no enturbien la recepción del mensaje, pero también las emociones de la otra persona: son suyas y hay que saber entenderlas y aceptarlas como tal, aunque no se aprueben. Emociones que suelen aflorar más a través del lenguaje no verbal.

En cuarto lugar, hay que respetar el espacio y el tiempo idóneo para la expresión. Las prisas matan la escucha. No interrumpir ni introducir la propia experiencia cuando esté contando la suya. Preguntar solo en el momento oportuno, pero sin carga de ironía ni de reproche, sino como un deseo de entenderle mejor.

En quinto lugar, tener la suficiente humildad de reconocer lo limitado de nuestra comprensión. Solo el otro puede validar nuestra interpretación, y a veces ni él mismo. La persona es un misterio que, en el fondo, es inabarcable para cualquier ser humano y por ello es injusto, y con frecuencia erróneo, emitir juicios. Lo más importante es desplazar el centro de mi yo al yo del otro.

Por último —y solo como apunte breve para los creyentes— tenemos que aprender a escuchar a Dios, a quien muchas veces hablamos, pero pocas escuchamos. Pero eso es tema a desarrollar en otra ocasión.

Saber escuchar es saber amar y saber amar es saber vivir. Por ello educar en la vida, aprender a escuchar, acompañar y aconsejar es una de las asignaturas pendientes del hombre actual.

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