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El papa Francisco, del misterio al amor

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Mons. Fernando Varela saluda al papa Francisco en un encuentro fraterno.
Mons. Fernando Varela saluda con cercanía al papa Francisco.

Por †Fernando Valera Sánchez, Obispo de Zamora

El papa Francisco siempre nos ha puesto en el umbral del misterio, y hoy lo hace desde el silencio que envuelve la partida de un pastor que caminó con el pueblo, que abrazó la cruz de los humildes y que, con su voz, tejió puentes de misericordia.

Francisco, el papa de la ternura, el papa de los márgenes, el papa que nos enseñó que la Iglesia es hospital de campaña, ha regresado a la casa del Padre. Su vida fue un evangelio abierto, una parábola viviente de amor y entrega.

Como le dijo Jesús a Nicodemo en aquella noche de búsqueda y revelación: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Jn 3,3).

Siempre recuerdo su mirada que era un mirar más allá, una mirada interior. Hoy quiero ponerlo al pie del Cristo de las Injurias, y le pido que exhale su aliento sobre él, sobre su entrega, sobre su cansancio de pastor. Le pido que lo resucite en su gloria en la esperanza que sembró en la Iglesia.

Y en este tránsito de la vida a la eternidad, volvemos la mirada a la Madre. María, la Virgen de la Esperanza, en este año jubilar, la que salió apresurada al encuentro de la necesidad, la que en la cruz nos recibió a todos como hijos.

María es la madre que nos acompaña, que nos sostiene, que nos abre el camino cuando todo parece oscuro. A ella encomendamos su alma, en su regazo depositamos su entrega, y con el corazón confiado repetimos: Madre, en tus manos ponemos a tu hijo, muéstrale el rostro de tu Hijo amado.

Francisco fue un hombre de adoración, un hombre que en el silencio del Santísimo Sacramento halló consuelo, fortaleza y discernimiento. Su vida fue un acto de adoración constante, un inclinarse ante el Señor en la pequeñez y el servicio: «No perdáis la oración. No perdáis el dejar que la Virgen os mire y el mirarla como Madre. No perdáis el celo, tratad de actuar… No perdáis la cercanía y la disponibilidad hacia la gente y también, me permito decíroslo, no perdáis el sentido del humor. ¡Y adelante!».

Por eso, en el misterio de la eucaristía encontramos la promesa de la vida eterna, la certeza de que aquellos que se postraron ante el Señor en esta vida se levantarán gloriosos en la próxima.

Francisco, hermano, padre, pastor, tu cayado queda en la historia, tu voz en la memoria, tu testimonio en el corazón de los que aún peregrinan. Hoy celebramos su nuevo nacimiento en la eternidad, en la casa del Padre, en el reino que predicó con su vida. Por eso, de nuevo recojo las palabras del papa Benedicto XVI y las hago mías con toda la Iglesia que peregrina en Zamora: «Eucharistomen. Gracias, porque me lleva interiormente, gracias porque “su bondad es lugar donde vivo: me siento protegido”. Y así ha transubstanciado fundamentalmente la vida y el mundo que nos ha dado y nos da cada día el pan de la verdadera vida, que supera el mundo, gracias a la fuerza de su amor».

Gracias, Señor, por el don del papa Francisco a la Iglesia.

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