La ciencia de la fe

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La ciencia de la fe
La ciencia de la fe

Por Carlos Isla Marín, filósofo

Es lugar común la falsa y banal confrontación ciencia-fe. En ella, se nos presentan ambas como excluyentes. La ciencia es la que aporta conocimiento y la fe no puede contener más que sofistería e ilusión. (Afirmación final de la Investigación del conocimiento humano de Hume).

Esta posición ha triunfado en el imaginario colectivo de nuestros contemporáneos. También en el de los cristianos. Hemos asumido dos falsedades:

La Ciencia —con mayúscula— es la única que nos aporta conocimiento objetivo, verdadero.

La fe —con minúscula— es asunto subjetivo que nada tiene que ver con el conocimiento.

Ciencia como único conocimiento objetivo

La mayúscula que encabeza la palabra ciencia no es accidental. Hace referencia a que la única ciencia posible es la ciencia natural. A saber, solo podemos tener conocimiento verdadero de aquello que vemos, oímos, olemos, gustamos o tocamos. Del resto no hay conocimiento, ni verdadero ni falso, porque o bien no existe o si existe, no lo podemos conocer.

De un plumazo hemos borrado del mapa buena parte de la realidad. ¿Se puede captar con los sentidos la maldad de un asesinato o la amorosa entrega de la vida de una madre por su hijo? ¿Acaso hay percepción sensible del amor? ¿De la belleza de una obra de arte? ¿De mi yo personal? ¿Del yo personal del otro? ¿De lo santo? ¿De Dios?

La respuesta es clara: No. La consecuencia, también: De ello no se puede tener conocimiento. O no existe o si existe, ¡qué más da!

Fe como asunto subjetivo

Pretender conocerlo se torna sinsentido, absurdo. Cierto es que algunos seres humanos no han llegado todavía a la aceptación de esta verdad. Parecen niños guiados por su loca imaginación. Enfermos de cuentos y poesía. Heridos por la épica o la lírica. Hombres y mujeres de fe.

Es la fe un asunto subjetivo, que la desbordante imaginación intenta consolidar en contra de la razón echando mano del sentimiento. La fe, asunto del corazón. Y, en su más loca locura, se desborda dando lugar a la fe religiosa, la fe en Dios. Irracionalidad máxima y sentimentalismo sin fronteras.

Lo que la Ciencia no sabe

Que la Ciencia es la que nos aporta el único conocimiento verdadero, objetivo es una afirmación falsa. La verdad es que sí aporta conocimiento, pero nunca verdadero, solo altamente probable ya que, para llegar a alcanzar conocimiento, necesita recopilar incesantemente casos que confirmen la regla sabiendo que, aunque la posibilidad sea ínfima, podría aparecer uno que desmintiera la ley. La probabilidad del mal llamado conocimiento científico es condición de su avance.

Por otra parte, no es la Ciencia la única fuente de conocimiento. La afirmación discutida nos lo indica. ¿Puede ser verificada experimentalmente? Es evidente que no. Esa misma afirmación, al mostrársenos autocontradictoria, nos remite a otras fuentes del saber.

¿Hay otros conocimientos verdaderos que la Ciencia no sepa? Los hay. Enumero algunos: las verdades matemáticas, lógicas, estéticas, morales, etc.

Pero si hay una verdad que la Ciencia no puede eludir, es la verdad autoevidente del propio yo. El conocimiento de la ciencia natural no es posible sin científico y este siempre es un yo que sabe de sí. Verdad ineludible y absolutamente objetiva que la Ciencia no sabe.

La vida personal nos hace acceder a toda esa suerte de fenómenos que trasvasan lo empírico descubriéndonos que la realidad no puede reducirse a ello. Fenómenos que no se muestran como subjetivos sino con objetividad plena e, inclusive, con mayor objetividad que las leyes de la física o de la química. ¿Quién, si lo piensa un poco, se atrevería a atribuir un valor mayor al conocimiento científico que a la realidad de la persona amada? ¿Qué madre llamaría subjetivo al amor a sus hijos? Amor absolutamente real. Personal pero no subjetivo ya que brilla con una objetividad infinitamente mayor que la de cualquier conocimiento de experiencia.

Lo que la fe sí sabe

Tampoco la fe es asunto subjetivo. Es un modo de conocimiento, el que tenemos a través de un testigo de aquello que, por diversas razones, no podemos conocer en primera persona.

Modo de conocimiento que exige un peculiar asentimiento. Quien hace un acto de fe cree que aquello que el testigo le cuenta es cierto. Pero ese salto, que nos lleva a arrojarnos en los brazos de quien nos cuenta esa verdad, no es ciego —irracional— puesto que la fe, como acto de conocimiento, tiene sus exigencias: la primera, que lo que el testigo cuenta sea razonable —nadie creería a quien le intentara mostrar la existencia de un círculo cuadrado—; la segunda, que el testigo sea veraz —si Pedro miente anunciando que el lobo llega, la fe en su palabra terminará decayendo—.

La fe sabe. Sin ella no sería posible la acogida de la palabra del otro, la transmisión del saber, el reconocimiento del amor que el amigo me tiene, ninguna transacción comercial, etc. Es lo que la fe sí sabe.

La fe cristiana y sus dimensiones

Lo dicho se da, de forma peculiar, en la fe cristiana. Si analizamos las dos dimensiones de la fe, comprenderemos sus peculiaridades.

El acto de fe (fides qua) se revela como salto que da lugar al asentimiento. Salto no ciego, más bien tuerto, pero nunca irracional. Acto de confianza en Dios, el absolutamente veraz, quien no puede engañarme ni engañarse. Acceso a la veracidad de Dios que se da en el encuentro personal con la persona de Cristo, encuentro de amor.

Desde ahí se accede al contenido de la fe, el saber de la fe (fides quae), lo que el Dios veraz me cuenta: la revelación.

He aquí la originalidad del acto de fe. Sin el encuentro con Cristo, no se puede acceder al meollo de la revelación. La fe no será profesada sino un conjunto de afirmaciones sin sentido por carencia de vida. La fe se funda como saber desde el acontecimiento de los acontecimientos, el cara a cara con Cristo que se revela en su Iglesia.

La ciencia de la fe

Pero el saber de la fe no debe quedarse en mera aceptación amorosa de lo que Dios revela. El conocimiento del amado es exigencia del amor. La ciencia de la fe (teología) se torna necesaria. El que ama quiere saber y no por prurito de saber. El saber por el saber es absurdo, no el saber por amor. La teología es ciencia que busca comprender, en la medida de lo posible, el contenido de la revelación ya que el amor ha de crecer.

Todos los que hemos sido encontrados por Cristo deberíamos, en la medida de nuestras posibilidades, intentar comprender el contenido de nuestra fe porque no se puede decir que se ha hallado lo que se cree sin entenderlo (S. Agustín. Sobre el libre arbitrio, I, 2).

¿Sofistería e ilusión? No. Ciencia de la fe. Saber de amor.

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