Inspirados por el Espíritu

Religiosidad popular en el dibujo

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Ilustración del Catecismo de la CEE por José Miguel de la Peña
Ilustración del Catecismo de la CEE por José Miguel de la Peña

Por Ángel Romero Iglesias

Cuando hablamos de religiosidad popular, nos referimos a un concepto relacionado con la forma en la que vive la religión el pueblo y que se transmite en el ámbito familiar y a través de vivencias colectivas, como tradiciones populares, peregrinaciones, romerías, procesiones, etc.

También podemos decir que la religiosidad popular es una expresión de la fe vivida de cada persona, de la búsqueda de Dios. Abarca el modo personal de relacionarse con Dios, la santísima Virgen, los ángeles y los santos.

Tiene una manera propia de expresarse, comúnmente en la línea de lo simbólico y lo intuitivo, recurriendo con frecuencia a ritos, imágenes, signos visibles y gestos corporales, lo que los convierte en muchas ocasiones en verdaderas catequesis y celebraciones de la fe. Y más si consideramos estas prácticas como la única experiencia religiosa que les puede resultar cercana a las personas alejadas y a aquellos con escasa formación religiosa.

Podría parecer, en principio, que es una realidad a superar, un modo insuficiente de vivir la entrega a Dios. Pero ya Pablo VI decía que la religiosidad popular puede producir mucho bien. Y el papa Francisco, en la audiencia con los participantes del Encuentro Internacional de los trabajadores de peregrinaciones, los párrocos, los rectores y los trabajadores de santuarios, que celebró en Roma su Jubileo del 19 al 21 de enero del 2016, aseguró que esta religiosidad popular es una forma genuina de evangelización, que necesita ser promovida y valorada, sin minimizar su importancia.

El uso de imágenes es una de las formas más extendidas de la religiosidad popular, imágenes que, por ejemplo, ayudaron a santa Teresa de Jesús a encontrarse con Cristo a través de caminos nuevos, y en una época que ella denominaba «tiempos recios». Una época, el siglo XVI, de cambios políticos, religiosos, espirituales y culturales, en la que el arte se utilizaba como medio para acercar la doctrina a los fieles, y como camino para la oración.

Teresa se crió en un ambiente donde la devoción a las imágenes era algo importante: Como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre… (Vida, 1,7). Las diversas prohibiciones de la Inquisición, entre las que estaban la lectura de varios libros sagrados (incluso la Biblia en castellano), llevaron a Teresa y a sus monjas a las imágenes como un medio para su vida de oración:

Para cuando está ausente la misma persona, o quiere darnos a entender lo está con muchas sequedades, es gran regalo ver su imagen de quien con tanta razón amamos. A cada cabo que volviésemos los ojos, la querría ver (Camino de Perfección 34, 11).

Teresa usaba las imágenes como un apoyo para mantener el trato con Jesucristo, lo que supuso un contraste y una novedad en su tiempo; prefería poner sus ojos ante la imagen de Cristo, ya que eso le ayudaba a tener presente su sagrada humanidad y a expresar su amor por él:

Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada Humanidad y traerle siempre consigo y hablar con él (Vida 12, 2).

De esta forma, podríamos considerar estos tiempos también como «tiempos recios», tiempo de cambios a muchos niveles de la sociedad, en los que se hace necesario encontrar nuevas formas de encuentro con Jesús. Formas adaptadas a los nuevos medios de comunicación, a la vida digital, Internet, redes sociales… Adaptadas a la nueva forma de vivir y entender la religiosidad. Hay elementos de la atmósfera católica que respiramos que se han enrarecido. En muchas ocasiones, el Pueblo de Dios se mueve por inercia, falto de espíritu, manteniendo tradiciones y expresiones de religiosidad popular que han perdido todo su significado, que no son más que un sucedáneo sin espíritu de lo que un día fueron: auténticas celebraciones.

Y sin espíritu no puede haber inspiración. Sin inspiración no hay creación. Y sin creación de lo nuevo, se mantiene lo que hay, aferrándose a ello, por miedo a perderlo todo.

Afortunadamente, hay nueva inspiración, hay creación. Hay muchos ejemplos de formas y medios de hacer, como hizo santa Teresa en su tiempo, y utilizar la imagen como medio de conocer y amar a Jesús, de llegar a un encuentro con él.

Por ejemplo, José Luis Cortés, sacerdote, dibujante y humorista gráfico, lleva desde 1975 intentando acercar de manera sencilla el mensaje del Evangelio a sus lectores, representando a Dios de una forma familiar y, en muchas ocasiones, con un tono excesivamente crítico con la jerarquía eclesiástica.

También Nando (Fernando Cortés), lleva años tratando de transmitir con sus dibujos el mensaje de Jesús, con mucho humor y una cierta carga crítica. Aparte de colaborar en diferentes diarios, como El periódico de Catalunya ha publicado libros como Siro, el profeta (1993) o, más recientemente El oficio de morir (2004); además, podemos encontrar en YouTube antiguos montajes de diapositivas con dibujos suyos, reconvertidos a vídeo, sobre varios temas de la Iglesia, siendo quizá el más conocido el de Historia de la Iglesia, Pueblo de Dios.

Y en la actualidad tenemos varios ejemplos desde el campo de la ilustración y el diseño, como Jota Llorente o Siro López. Pero si hablamos de religiosidad popular aplicada al dibujo, de catequesis vivas ilustradas, es inevitable que nos venga a la cabeza Fano.

Patxi Velasco, Fano, es licenciado en Psicología y Diplomado en Magisterio en la especialidad de Pedagogía Terapéutica. Reside en Málaga y, además de su actividad docente, es hoy día uno de los ilustradores más reconocidos en el panorama religioso actual. Sus dibujos, cargados de expresividad, surgen de su oración personal y están llenos de vida, colorido y profundidad. Para él, «dibujar es un don de Dios que me ayuda a expresarme». Con sus dibujos ilustra el Evangelio de cada domingo, y, además, hace todo tipo de carteles o ilustraciones para otras diócesis, congresos, encuentros, centenarios, cofradías, celebraciones, catequesis y un largo etcétera.

Es decir, que su vocación de servicio a la comunidad, de expresar y transmitir el Evangelio a través de su lápiz, le hace estar abierto a todo aquel que le pida su colaboración. De esta forma, se actualiza en nuestro siglo XXI aquello que santa Teresa buscaba en las imágenes hace ya más de 500 años: provocar el encuentro con Jesús, transmitir su sagrada Humanidad y hacer entender su mensaje a todos de una manera directa y sencilla.