James y Kelli Beaumont: la verdad y el alimento verdadero conducen a la paz

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James y Kelli
James y Kelli

Kelli Beaumont nació en 1975, en el seno de una familia muy enraizada en la Iglesia metodista. Y, por influencia de sus abuelos, ella era lo más opuesta a todo lo que supusiera la religión católica. Pero poseía una inquietud clave: necesitaba saber qué iglesia era la correcta. Quería hacer lo que era correcto a los ojos de Dios, pero trabajando para salvar la gente de la errónea fe católica. Tal era su enfoque principal cuando conoció a James, su futuro esposo, en 1997.

Se casaron en 1999, y aunque nominalmente él era católico, se convirtió en metodista. Ella reconoce que «fue fácil salvarle» del catolicismo, dada su escasa formación doctrinal y nula práctica religiosa.

En 2005, un matrimonio muy querido les llamó para decirles que habían decidido abandonar su ministerio metodista y convertirse en católicos. Kelli y James quedaron consternados. Inmediatamente planearon un viaje para visitarlos y «salvarlos» de ese traicionero error. Dios, con ese viaje, estaba sentando las bases para incorporarles a la Iglesia católica.

Sus amigos les recibieron con los brazos y las mentes abiertos. Pero, contrariamente a lo que Kelli pensaba, desde el primer momento los razonamientos en la defensa de la verdad resultaban ser más sólidos en el lado católico que en el metodista. Los argumentos protestantes, que les habían servido tan bien a lo largo de los años, se desmoronaron con cada tema, y sus amigos neocatólicos tenían muchos pasajes bíblicos para respaldar todo lo que decían.

Por primera vez, Kelli y su marido escuchaban la enseñanza católica correctamente articulada de personas conocedoras, en lugar de conceptos erróneos y tergiversaciones de la enseñanza católica como habían recibido a lo largo de los años, y quedaba así claro que sus argumentos estaban construidos sobre arena.

El viaje de regreso aquella noche a su casa fue largo. Y todo él, en silencio. Y Kelli confiesa: «Esa noche lloré en mi almohada pensando en todo lo acaecido. Finalmente, me quedé dormida y recuerdo el momento en que me desperté a la mañana siguiente. Me senté en la cama; estaba soleado afuera. Aunque todavía no estaba de acuerdo con el catolicismo, de alguna manera supe instantáneamente que la autoridad de Dios se relacionaba de alguna manera con el papa. Me dije en voz alta: “Amo al papa”. Fue una declaración que vino del Espíritu Santo y me dio paz. Pero aún desconfiaba del catolicismo en ese momento».

Esa mañana, James se hizo con varios libros de apologética católica, entre otros Roma, dulce hogar, de Scott y Kimberly Hahn. Y estaba listo para comenzar a leer.

No obstante, Kelli se mostraba reacia. No le interesaba leer esos libros de «lavado de cerebro» que sus amigos les habían regalado. Sin embargo, James comenzó de inmediato a leerlos. En cuestión de horas, salió de la habitación con lágrimas en los ojos y dijo a Kelli que tenía que leer un capítulo concreto.

Se trataba de la Eucaristía. Por alguna razón, de todas las enseñanzas católicas que ella pensaba que entendía, esta se había convertido en algo que ansiaba. En el transcurso de unos tres años, esta hambre crecía, hasta que se encontró rogándole a Dios en cada rito de comunión metodista en el que participaba que cambiara el pan y el jugo que estaba a punto de recibir en su verdadera carne y sangre. Silenciosamente le gritaba a Dios: «¡Señor, por favor! ¡Por favor, haz esto por mí! ¡Sé que no es correcto o natural, pero quiero esto de Ti!».

Estas son las palabras de Kelli: «Llegué a un punto en el que derramaba lágrimas en el rito de comunión todos los domingos de comunión, rogándole a Dios por este regalo especial. Creo que esta hambre fue un regalo de él. Él me persiguió y anhelaba unirme a Jesús de esta manera. James no tenía idea de nada de esto. Me pareció una intervención divina que el capítulo que James quería compartir conmigo fuera precisamente el dedicado a la presencia real de Cristo en la comunión».

Todo lo que Kelli leyó al respecto, aconsejada por James, la convenció. Era casi el comienzo de la Cuaresma de 2005, y durmieron un promedio de cinco horas por noche durante los siguientes dos meses, dedicándose ambos a leer e investigar.

Al fin, la guerra personal de Kelli contra la Iglesia católica había terminado y ella estaba ansiosa por recibir a Jesús en la eucaristía.

Y, de nuevo, dejemos la palabra a Kelli: «Fue al comienzo de esa Semana Santa de 2005 cuando James y yo nos dimos cuenta. Estaba sentado en el suelo frente a mí. Él seguía diciendo: “Necesito regresar. Podría confesarme y volver a la Iglesia. Es así de fácil para mí». Estaba llorando, y creo que estuvo cerca de hacer eso, pero decidió esperarme. No le pregunté. Nunca podría haberle pedido que esperara, pero él quería pasar por el RICA (Ritual de iniciación cristiana de adultos) conmigo. Al fin, me decidí y lo realizamos juntos. Y fui recibida en la Iglesia católica ese verano, el 25 de junio de dicho año.

»James y yo recibimos la Eucaristía juntos. Estaba emocionada de ser católica, y James lo estaba de volver a casa, pero no teníamos a nadie con quien celebrarlo. Ningún amigo cercano estaba feliz por nosotros. Mi familia estaba desconsolada. Pero tuve una paz que superó toda comprensión, y fue un hermoso día.

»Han pasado 14 años desde que fui recibida en la Iglesia católica, y he experimentado muchas emociones diferentes en el camino».

Actualmente, James y Kelli educan en sus hogares a sus cinco hijos y prestan servicios en su parroquia católica como catequistas.

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