Testimonio matrimonial en la vigilia de la Inmaculada

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Sandro y María en la vigilia de la Inmaculada
Sandro y María en la vigilia de la Inmaculada

Por Sandro y María

La primera llamada que el Señor me hizo fue en mi parroquia Cristo el Salvador en Villa El Salvador (Lima), en un intento de buscar respuestas a tantos interrogantes que nos hacemos de jóvenes, pero qué mejor respuesta que recibir el sacramento de la Confirmación, ¡qué gracia recibida del Señor! Con algunos amigos del colegio nos reuníamos para saber un poco más del mundo cotidiano y también de Dios, pero para el Señor todo es providencia, pues en este grupo de amistades también se encontraba María, mi esposa, y que al final solamente los dos llegamos a perseverar y, por gracia de Dios, llegamos a confirmarnos juntos en el programa de confirmación de adultos del arzobispado de Lima, en la catedral, en febrero de 1999. Con la presencia entrañable de nuestro cardenal de entonces, monseñor Augusto Vargas Alzamora().

Como confirmandos, tanto María como yo, perseveramos en el grupo REDIL, integrado por jóvenes que con ganas de conocer más a Dios nos dedicábamos a dar asistencia en visitas a cárceles, orfelinatos, niños abandonados por las calles, etc., y en paralelo apoyábamos al grupo de retiros de novios del arzobispado. Fue precisamente en una de esas jornadas donde el coordinador general del programa —que es un amigo de la familia, o como él siempre me dice que es un amigo espiritual— en plena actividad me hizo una invitación tan directa como clara y muy simple: «¿Deseas ir a una vigilia?». Yo, como en ese tiempo decía sí a todo lo referente a Dios, asistí pensando que se trataba de alguna verbena o algo parecido, pero sorpresa…, ¿adivinan lo que encontré? Ya les contaré más adelante. Fue así como llegué por primera vez a la Milicia de Santa María el 7 diciembre del año 2003. En ese tiempo las vigilias de la Inmaculada se hacían en el hogar, y desde ese día, vengo perseverando contento y feliz, y también convencido de lo que creo y de la gracia que el Señor derrama a sus hijos cuando lo buscan. ¡Muchas gracias, Iván!

Como olvidar mis primeros ejercicios espirituales en Lurín, en la casa de los Padres Carmelitas (por el año 2005) y en los años siguientes en la casa JUN en Ñaña (del P. Juan Álvarez Hidalgo). Toda una experiencia de Dios. Y qué decir de los primeros campamentos allá en Cieneguilla. La naturaleza combinada con las actividades e interacciones humanas y los momentos prolongados con Dios: toda una experiencia de formación como son los campamentos, una escuela de valores humanos y espirituales. Y otras tantas actividades como las caminatas a Palacala (mi primera caminata donde no veía cuándo acabar, todo empinado), Cieneguilla, Las Lomas de Lachay, etc. Las convivencias (en Ñaña y Lurín con todas las familias de Santa María), acampadas (en Quives), las tan recordadas Jornadas de Semana Santa en la casa JUN de Lurín (oración, creatividad, deporte, playa), viajes con olor a misiones como la de Villarrica (con todo un misionero como es el P. Alfonso Tapia tocando puertas de casa en casa), en Cusco (después de una caminata de seis horas hasta llegar al santuario Señor de Huanca, toda una odisea gratificante), a Chincha-Grocio Prado (las misiones después del terremoto del 2007, brindando los militantes profesionales nuestros servicios ad honorem a los damnificados) y también nuestros tan queridos círculos de estudios de los sábados por la mañana en el Hogar Alzamora (casa de los militantes y cruzados en Pueblo Libre ) y sus clásicos partiditos de futbol, como decíamos: en las gloriosas canchas del seminario de Santo Toribio, donde verdaderamente expresábamos el compañerismo, el respeto, la competitividad deportiva, el saber ganar y perder, y terminando casi siempre con una mini charla de balance de actividad, dada por uno de nosotros.

María y yo nos conocimos en el colegio, si bien solo hubo compañerismo de mutuo respeto, fue un primer encuentro que el Señor permitió para conocernos. Posterior a ello, nos volvimos a encontrar con la inquietud de recibir nuestro sacramento de Confirmación. Luego fuimos invitados al movimiento de cursillos de Cristiandad y luego llegar a la Milicia de Santa María y que, paradójicamente, nos separó, ya que ella asistía a la rama femenina y yo a la masculina, consolidando así nuestra formación, y así estar prestos a lo que seguro Dios tenía algo preparado para un futuro juntos. Después de un tiempo de discernimiento con nuestros guías espirituales, nos volvimos a encontrar con motivo de llevar a nuestros sobrinos a la Milicia de varones y mujeres (a veces se dice que la evangelización empieza por casa y eso tratamos de hacer hasta hoy día).

Y, por último, nos volvimos a encontrar en un contexto tal vez no tan agradable humanamente hablando: nuestros padres cayeron mal de salud y lo providencial es que nos encontramos en el hospital Mogrovejo, el mismo día que mi padre había sido operado de la cabeza y su madre tenía una cita médica. Fueron días de prueba pero también llenos de esperanza (ante el diagnostico de los médicos que le daban poco tiempo de vida e incluso nos pidieron rezar). Yo particularmente me abandoné al Señor y le pedí que se hiciese su santa voluntad (me dolía en el corazón, pero lo ofrecí). Mi familia aquí presente es testigo de ello, pues a mi madre Nelly y a mi hermano Miguel, nos unió el amor familiar. Y sentimos el apoyo espiritual de nuestros amigos de la Iglesia (parroquia y Milicia). Elevad una oración al cielo por el alma de mi padre Isaac Amadeo, que hace tres años partió al encuentro del Señor (ya que nos concedió estar nueve años más con él) pues soy testigo de su conversión al Señor.

Desde aquellos días, María y yo ya no nos volvimos a separar, emprendiendo un camino juntos con una amistad sincera, un enamoramiento respetuoso, un noviazgo limpio, como nos pedía el Señor a pesar de que el contexto de pandemia posponía nuestra unión, pero decidimos dar ese paso a pesar de los riesgos de salud, pues dijimos que los temas que nos alejan de Dios hay que afrontarlos como una lucha, ya que la vida es una milicia, es una lucha constante que hay que ganarla, como dice el libro de Job.

Estamos prácticamente a un mes de nuestro aniversario matrimonial, el ocho de enero de este año. María y yo decidimos darnos ese sí generoso que, a ejemplo de María ante el anuncio del Ángel, al entregarse completamente al Señor, nosotros nos dimos el sí en un templo pequeño, pero de gran significado para nosotros: la capilla de nuestra Señora del Carmen del palacio arzobispal, consagrando nuestro matrimonio al Inmaculado Corazón de María.

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