Jeroglífico…

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P. Tomás Morales
La vida consagrada en pleno mundo es un jeroglífico
indescifrable para los que no tienen fe. Paradoja irrealizable para cuantos
olvidan que Cristo crucificado —escándalo para los judíos (cristianos a medias)
o locura para los gentiles (incrédulos)— es fuerza y sabiduría de Dios para los
que han sido llamados (I Cor 23-24).
Extremos a primera vista inconciliables: estar en el
mundo sin ser de él. Esta presencia milagrosa entraña el cuádruple prodigio que
aflora tu vocación laical.
Primero: vivir plenitud divina en soledad humana. La
madreperla se abre solitaria en las profundidades del océano ocultando su
belleza. Marchas tras las huellas del Salvador, compartiendo Su vida divina —de
Su plenitud nosotros todos recibimos (Jn 1,16)—, en el mayor abandono humano
sensible y espiritual —Padre, ¿por qué me has desamparado? (Mt 27,46)—. Te
comprometiste a esto y lo sellaste con promesa definitiva. Deseabas hacerte
“en el padecer algo semejante a este gran Dios nuestro, humillado y
crucificado, pues que esta vida, si no es para imitarle, no es buena” (S.
Juan de la Cruz).
Segundo: vivir íntimamente presente en medio de los
hombres y misteriosamente ausente. Inmerso en el oleaje de las realidades
temporales, compartiendo las preocupaciones de tus hermanos, pero adorando a
Dios, conservando la serenidad, navegando a velas desplegadas cara a la
eternidad. El sol se oculta a veces entre nubes misteriosas, pero su influjo
permanece siempre activo. Así eres tú.
Tercero: ser contemplativo en la acción despegando el
corazón de las ocupaciones que te absorben y de las personas que te rodean.
Vivir bajo la mirada del Padre contemplándole con amor de hijo, siempre en
actividad, pero en adoración continua. Rectitud y pureza de intención para
agradarle a Él solo, sin buscar contento propio. En el mar, cuando nadas, te
vas alejando, separando, y sacas la cabeza para orientarte buscando el
objetivo. No te dejas arrastrar por el oleaje.
Cuarto: mantenerte en el torbellino de las pasiones
conviviendo con los hombres, sin evadirte del mundo y sin dejarte arrastrar por
él. Vivir sustrayéndote al ritmo alternante de la marea, pero sin salir del
mar. Ser roca y no corcho. Estar en el río y resistir a la fácil y seductora
tentación de añorar otra consagración en la Iglesia o dejarse llevar por la
corriente.
Este cuádruple prodigio que entraña tu vida cruzada no lo
alcanzarás sin corazón virginal en soledad martirial. La Virgen un día forjó el
alma de San Juan Bautista. Ella quiere prolongar la Visitación de entonces en
el alma de cada cruzado para hacerle también heraldo de Cristo, precursor de
Jesús. Quiere que tu corazón viva en esa soledad virginal y misteriosa de las
flores que se abren en los picachos de las montañas.

Tesoro escondido