La burra de Balaam

Cómo ser instrumentos en las manos de Dios

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Luis Vela dando una tanda de ejercicios espirituales a los 63 años
Luis Vela dando una tanda de ejercicios espirituales a los 63 años

Por Luis Vela, psicólogo y orientador familiar

En aquel tiempo, cuando tenía quince años, la vida me llevó a empezar a trabajar de botones en la sucursal de un banco. Esta empresa tenía una academia que se llamaba «de capacitación» y en ella te enseñaban las reglas y procedimientos del negocio. La providencia quiso que mi profesor de ética fuera Abelardo de Armas. A los pocos meses de conocerlo, la providencia, de nuevo, me llevó a una tanda de ejercicios espirituales en la que él era el director.

Al pasar los años, cuando cumplí los 58, el banco decidió prescindir de mis servicios. En parte, me encontré como el administrador del que nos habla Lucas en su evangelio: «Ahora que tengo tiempo libre ¿qué voy a hacer?» Llamé a la puerta de la Iglesia y me dijeron: «Pasa, pasa que aquí siempre faltan operarios…, además tenemos un convenio muy bien remunerado, algunas veces te pagan pronto y otras veces tardan algo más, pero el ciento por uno de lo que inviertas y la vida eterna siempre se recibe y, además, aquí no hay riesgo de quiebra del sistema».

Me asignaron al departamento de Escuchar a las familias con dificultades. Al poco de estar allí me acordé de Abelardo y de las tardes que pasaba escuchándonos. Alguna vez nos había hablado de la burra del visionario Balaam (Núm cap 22-24). Este animal era un ser discreto, silencioso, en ocasiones insinuaba el camino a su amo y, si este no se enteraba, se atrevía a hablarle. Abe, también nos enseñaba la fuerza que los ejercicios ignacianos tenían para cambiar los corazones.

Viendo las dificultades afectivas que se dan en el mundo de las relaciones familiares, me acordé de las enseñanzas de mi antiguo profesor. Lo de la burra de Balaam era cuestión de tener mucha paciencia cuando atendía a una familia. Para profundizar en el mundo de los ejercicios precisaba volver a otra academia de capacitación, pregunté y me aconsejaron ponerme en contacto con los discípulos de san Ignacio, los jesuitas.

Un día recibí a V…, venía acompañada de su hijo de dos años. En las primeras entrevistas apenas pude hacer otra cosa que ir sacando de una caja de clínex el siguiente pañuelo, pues el anterior estaba tan mojado de lágrimas que había que cambiarlo. Entre sollozos, me contó que había venido a Madrid huyendo desde otra provincia de España, para protegerse ella y su hijo. Contaba que tuvieron un accidente de tráfico. Conduciendo su marido se estrellaron contra un poste, salvando la vida de milagro; los indicios apuntaban que el accidente fue provocado por el mismo conductor.

Cuando ya se iba calmando, me contó que había tenido una experiencia religiosa fuerte. Pensé en invitarla a ejercicios espirituales, pero por el cuidado del niño nunca se veía el momento, así es que decidí animarla a hacer los ejercicios espirituales en la vida diaria, ya que solo tienes que reservarte un tiempo cada jornada. Y empezó a orar diariamente….

Pasó un tiempo. Entre sesión y sesión empezamos a dejar pasar más tiempo. Un día me sorprendió —sin necesitar que la burra hablase— diciéndome que había buscado y encontrado trabajo en una asociación provida. Se sentía como la hermana mayor de jovencitas, a las que la vida les había hecho madres antes de tiempo; ella las ayudaba y veía con ellas la forma de acoger esa vida que no se esperaba. La vida de oración la había ido transformando de una mujer humillada y hundida a una santa de la puerta de al lado.

En otra ocasión, un párroco nos mandó un matrimonio que pensaba seriamente en la separación. El marido tenía un carácter difícil, llevaba sobre sí el producto de una educación rígida. Sin querer, repetía los patrones educativos que él mismo había padecido. Su personalidad no le permitía relacionarse adecuadamente con su mujer, ni con sus hijos. Un día me dijo su esposa: «Son cuatro hermanos, tres ya están separados y este va de camino». Por la descripción de algunos acontecimientos entendía que ella era otra santa de las de la puerta de al lado. Entre otros, me contó que un día fueron a comprar a un centro comercial, alguien aparcó en la plaza que él esperaba hacerlo, sin mediar palabra salió del coche y se lio a mamporros con el usurpador, así se las gastaba el marido.

Pero un día, él me habló que había estado en Loyola, en casa de Ignacio. Había sintonizado con el santo y «se habían intercambiado las direcciones». Si Ignacio te ha anotado en su agenda, tú ya no te escapas, pensé.

¿Por qué no haces ejercicios espirituales ignacianos? —le sugerí en una reunión. En la sesión siguiente, ayudado por su párroco, ya estaba apuntado a una tanda con un conocido jesuita.

Cuando terminó la experiencia, me mandó este mensaje: «Tengo 50 años y es la primera vez en mi vida que me enseñan a conocerme a mí mismo. En estos días me he dado cuenta del daño que he hecho a mi familia y especialmente a mi mujer». Y comenzó a cambiar. Las relaciones con su mujer y sus hijos empezaron, poco a poco, a mejorar.

Con 63 años, este verano me estrené dando una tanda de ejercicios espirituales, mejor dicho, siendo el instrumento, como la burra de Balaam, que el Señor utilizó. Ha sido, para mí, una experiencia muy gratificante. Me viene a la memoria otra recomendación que tantas veces hemos oído en boca de Abelardo y del P. Morales: «no cansarse nunca de estar empezando siempre».

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