La verdad, más allá de la ciencia

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La verdad más allá de la ciencia.
La verdad más allá de la ciencia.

Por Dan E. González, filosofo, profesor de la UCAM

Nuestra comprensión de la inteligencia hoy en día está permeada por la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner. A todos nos resulta hoy natural hablar de inteligencia emocional o social, así como de inteligencia espacial, musical o lingüística. No hace falta haber estudiado psicología para entender lo que cualquiera de estas expresiones quiere decir. Una persona con inteligencia emocional es alguien que tiene una especial sensibilidad, valga la redundancia, para los sentimientos. Es decir, sabe identificarlos en uno mismo y en los otros. Es capaz de adivinar cómo determinadas acciones o comentarios van a influir en lo que uno o los demás sienten y es capaz de buscar alternativas que permitan que todos nos sintamos a gusto. Lógicamente esas personas también pueden usar esa capacidad para hacer daño o hacer valer sus intereses.

Lo mismo podría decirse de cualquiera de las otras que he mencionado. Una persona con inteligencia espacial va a tener buena orientación, va a controlar muy bien sus movimientos y es difícil que sea torpe. Y así podríamos seguir desarrollando las demás. No se trata aquí, sin embargo, de hacer una explicación, tampoco una crítica, de la teoría del bueno de Gardner. Sí quiero destacar un hecho. A todos nos parece natural ese uso del término inteligencia y la ampliación de su significado más allá de la esfera del conocimiento teórico. Ya antes de que Gardner publicara su teoría se hablaba de que una persona astuta es inteligente, y no porque sepa muchas matemáticas, historia o ciencia natural. De hecho, pensamos que una persona puede ser inteligente, e incluso sabia, sin que sea culta, es decir, sin que tenga gran cantidad de conocimientos o de estudios.

Quien acierta está en la verdad

Ahora bien, donde hay saber, hay verdad. Es decir, acierto. Una referencia por la que decimos que estamos o no en lo correcto. Pongamos el caso de una persona astuta. Alguien es astuto porque sabe acertar de determinada manera peculiar. Ser astuto es difícil. Hay una cierta regla, claramente muy imprecisa, por la que medimos la astucia de la gente. Ser astuto quiere decir alcanzar un cierto estándar de perfección en el modo de conseguir nuestros objetivos y de resolver o evitar problemas. No nos vale que alguien nos diga que es astuto pero que nosotros tenemos una perspectiva distinta sobre lo que significa ser astuto.

Pero ese acierto del astuto, del inteligente emocional o visual, implica un conocer. No basta un acierto ciego o casual. El astuto acierta en el modo de manejarse en asuntos prácticos porque sabe cómo hacerlo. De alguna manera ve, conoce la solución correcta. Y lo mismo ocurre en el resto de casos.

Todos aspiramos y deseamos parecernos al astuto por su astucia. Al que tiene inteligencia emocional, por su capacidad de hacerse amable a las personas. Al que tiene inteligencia espacial, por lo fácil que aparca el coche, por muy grande que este sea. Y no solo deseamos actuar como ellos, sino que queremos saber cómo lo hacen. Queremos saber la verdad que ellos saben. Y nos esforzamos en que nuestros hijos las adquieran.

La vida humana, impregnada de saber

Y es que el saber, el conocer, no es algo privativo del ámbito de los estudios. Nuestra vida está impregnada de saber y conocer. Nuestra vida está regida por la verdad hasta en las más minúsculas de nuestras ocupaciones. Y el estudio solo es un modo, entre otros muchos, de alcanzar las verdades de nuestra vida. Un modo muy riguroso y fiable, que es capaz de perfeccionarse con disciplina militar, pero que requiere un gran esfuerzo lograr y cuyos resultados la mayor parte de veces solo podemos aceptar. Ya que la ciencia es un saber que sabemos colectivamente. Su sujeto no es un yo, sino un nosotros.

Pero, ¿qué sucede con esos saberes que no proceden del estudio? ¿Cuál es su origen? O mejor, ¿cómo los logramos? Volvamos al ejemplo de la inteligencia emocional. Su saber no está tanto en su estudio sino en sus sentimientos. Una persona con inteligencia emocional sabe porque siente correctamente. Su modo de sentir le ilumina la verdad de la situación en la que vive. Si le preguntáramos no sería capaz de hacer un discurso desarrollado de qué es lo que está sintiendo cada una de las personas involucradas en determinada situación y qué es lo que les agradaría y lo que les molestaría. Pero ella lo sabe, porque siente, antes de que ocurra, qué sentiría cada una de esas personas según cómo se desarrolle la situación. Por eso sentir no es un desarbolado despliegue de afectos. Eso es un sentir descontrolado, que es un modo de error típico del sentimiento. La razón tiene otros modos de error propios suyos imposibles en el sentimiento.

El hallazgo de la verdad en la vida

Algo similar le ocurre a un buen compañero de trabajo. Esa persona se compadece de las dificultades de quienes están a su lado y no porque nadie se las diga. Sabe detectarlas y sabe tener el detalle propio de esa relación laboral, que transmite el cariño a quien tiene al lado. También sabe cuándo es el momento de tomar una decisión arriesgada y jugarse el puesto por un compañero y cuándo es mejor templar los ánimos de otra manera. Al arriesgarse por un compañero, sabe que eso es más importante que el beneficio que pudiera conseguir o conservar si no se enfrenta al jefe, pongamos por ejemplo. Y puede saberlo porque tiene la fuerza necesaria para enfrentar esa situación y porque tiene su deseo y, por decirlo así, su corazón en el bien de su compañero.

Podríamos alargarnos con los ejemplos. Pero en todas las facetas de nuestra vida se da esta búsqueda de la verdad, que no es meramente teórica. Las verdades profundas de nuestra vida las hemos examinado muchas veces con nuestra razón, pero no las hemos sometido a la validación de un científico. Y no es por mera incapacidad. Es porque no es lo más relevante. Su verdad la vivimos en su solidez para construir nuestra vida. Alguno podrá decir que esa solidez nunca está totalmente comprobada. Que nuestra vida siempre puede desmoronarse y demostrar la falsedad de nuestras verdades fundamentales. Pero lo mismo le pasa a la ciencia, cuyas verdades siempre son susceptibles de comprobación y negación. Y aun así confiamos en ellas y las tenemos por verdaderas.

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