La gran pregunta

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Refugiados españoles a bordo del ‘Stanbrook’ huyendo hacia Argelia en 1939. Fuente: Archivo fotográfico Ministerio del Interior. España. 2018
Refugiados españoles a bordo del ‘Stanbrook’ huyendo hacia Argelia en 1939. Fuente: Archivo fotográfico Ministerio del Interior. España. 2018

Por Paz Núñez

Tenía una gotera en casa. Los vecinos del piso de arriba tenían una filtración en la ducha y cuando entramos en el dormitorio, vimos ríos de agua viva sobre la cama, la ropa, los libros…, todo sin culpa ninguna por nuestra parte.

El seguro del hogar nos mandó un fontanero. Al recibirle y contarle el problema, su acento delataba que no era de España. Tras una conversación profesional y afable me comentó que venía de Colombia. De Medellín. Llevaba nueve años en nuestro país. Estaba sumamente agradecido por la acogida y la oportunidad que le había brindado la sociedad española, a pesar de estar tres años sin poder trabajar, compartir una habitación con otra familia durante otros tantos años (ellos son cinco miembros), de ser licenciado en ciencias químicas y tener un puesto directivo en una empresa multinacional en su país.

Imagino que todos os estaréis haciendo la misma pregunta: ¿por qué se vino en estas condiciones? Si aparentemente tenía la vida resuelta en su país, ¿qué necesidad de trasladarse a España con tanta incertidumbre?

«Por la seguridad. En Colombia el conflicto armado a mediados del año 2000 hacía que mis hijos no pudiesen salir solos a la calle, ni jugar, ni ir a la escuela andando. Era impensable. No sabéis lo que tenéis en España: pasear, relacionaros con todos, estabilidad política, seguridad…».

Me conmovió de tal manera que, llevándolo a la oración, me preguntaba cuánto juzgamos y exigimos sin saber, sin preguntar, sin escuchar al otro. De manera habitual nos dejamos llevar por las noticias y los medios de comunicación, las redes sociales que nos previenen sobre la supuesta «invasión» de la inmigración sin especificar los motivos por los que las familias deciden salir de su país. Voces a veces anónimas y otras tantas relevantes, a las que concedemos autoridad y que, en cierto modo, avivamos con nuestro silencio.

Y esta conmoción la llevé a la oración. Necesitaba deshacer la madeja de pensamientos y sentimientos encontrados después del encuentro con el «fontanero». Me puse manos a la obra desde la perspectiva de la construcción del Reino, pero ¿qué hacer, Señor, ante esta situación?

Lo primero, informarme. Hecho sumamente peligroso ya que puede desmontar hasta las ideas preconcebidas más firmes que almacenamos en nuestra mente, y lo que es más preocupante aún, en nuestra alma. A través de periódicos e informes oficiales, es decir, fuentes veraces, encontré una serie de datos relevantes que comenzaban a verter luz sobre mis intuiciones:

  • A día de hoy, cada dos segundos (15.768.000 personas/año. Fuente: Amnistía Internacional 2018) una persona decide dejarlo todo y abandona su país para salvar su vida nos dice la periodista Paka Díaz en un reportaje recientemente publicado en un periódico de gran tirada nacional.
  • Suelen verse obligados a abandonar sus raíces y hogares por, entre otras muchas causas, el hambre, los conflictos bélicos, la violencia social, los desastres naturales, los efectos expulsivos que generan las economías extractivas, la pobreza y exclusión social y/o la falta de oportunidades para progresar según el informe del Alto Comisionado de las Naciones unidas para el Refugiado (ACNUR) de 2017.
  • La entrada a Europa, y en concreto a Grecia, Italia y España, de personas migrantes de manera irregular ha descendido un 79% en 2017 respecto al año anterior (Organización Internacional para las Migraciones, 2018). Estamos hablando de 43.000 frente a 200.000 personas.
  • Existe una relación directa entre el índice de desigualdad de cada país (según el Índice Gini), los movimientos migratorios y los recursos naturales de economías extractivas, es decir, cuanta más diferencia haya entre el que más tiene y el que menos de una misma colectividad, mayor inestabilidad social y mayor inmigración. Y cuanta más extracción de recursos naturales del país del sur para los del norte, aumenta la pobreza y, en consecuencia, la migración.
  • Si ponemos el foco en España, la nacionalidad de las personas que llegan de otros países (legal o ilegalmente) es, en su mayoría, de estos países.
  • El flujo de inmigración en España, entre los que vienen y los que van, ha disminuido pasando de 532.482 personas «irregulares» en 2017 a 24.000 en 2018 (datos del Ministerio del Interior a fecha del 15 de julio de 2018).
  • La sociedad española también emigró en épocas duras. Basta conocer la historia remota y reciente que nos cuenta cómo nuestros antecesores tuvieron que irse a buscar un futuro mejor en unas condiciones que nos recuerdan mucho a las actuales.

Y podría seguir aportando información, pero creo que estos datos ya hablan por sí solos.

Lo segundo, reflexionar sobre los motivos que nos llevan a generar alarma social sobre un imaginario construido sobre arenas movedizas. Quizá sea el miedo a los diferentes, a que nos quiten los recursos, a relacionar la inmigración con la violencia, la ignorancia, la búsqueda de la complicidad con el otro mediante la desesperanza, la pereza, la desafección, las prisas que nos están quitando el espíritu crítico, la ausencia de empatía o el olvido de quién es mi prójimo tal y como nos lo dice el Evangelio. No lo sé. Pero algo nos pasa como cristianos, si avivamos el fuego de la discordia en vez de optar y edificar desde el prisma de la sencillez y la mansedumbre (Bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra. Mt 5,4).

Y lo tercero, actuar desde la perspectiva de profeta tal y como nos indica nuestro bautismo. Profetas del bien, la verdad y la belleza. Profetas de nuestro Señor, padre de todas las personas sean migrantes o no. Porque, no olvidemos, José tuvo que salir huyendo de Israel rumbo a Egipto con María y con el Niño ya que corrían peligro sus vidas. Pensad cómo pudo ser.

Ahora nos toca a cada uno discernir la gran pregunta que siempre me hago frente este reto social histórico que nos toca vivir: ¿Qué tiene que ver esto conmigo?