Por M.C.J., docente universitario
Nos levantamos cada día asediados por las malas noticias. Seguramente hoy mismo, como tantos otros días, leeremos el periódico, escucharemos la radio, veremos los informativos, charlaremos con los compañeros de trabajo y es muy probable que coincidamos en lo mal que está el mundo. Todo lo que nos llega son malas noticias que afectan a la vida de personas anónimas, lejos en el espacio, pero no por eso menos reales; la guerra de Ucrania, el conflicto palestino-israelí, el hambre en el mundo, un bebé abandonado, el paro, los contratos laborales injustos, los trabajos que devoran al ser humano y a la familia, las instituciones políticas, sociales y económicas que se alejan del bien común y de la verdad.
Demasiadas malas noticias sin aparente solución. Tanto ruido confuso y mal intencionado nos aturde. Nuestra cabeza y corazón viven como anestesiados. Quizá nos hemos acostumbrado a vivir con cierta tristeza interior, provocada por la marea negra del pecado, acaso convencidos de que los responsables son otros y de que no hay nada que hacer.
No somos ajenos a las injusticias que vivimos porque somos actores protagonistas en el mundo en que nos ha tocado vivir; formamos parte de esta realidad y, por tanto, aún sin ser del todo conscientes, cada uno de nosotros formamos parte de esa red de injusticias que nos atenaza. Es por ello muy importante pararnos a pensar cómo reaccionar ante esta realidad que vivimos, que parece estar relacionada con la imagen que tenemos de Dios y del mundo. Deberíamos evitar tres actitudes personales negativas:
Yo-aislado: buscando mi propio confort, relacionándome casi exclusivamente con mis iguales, con los que piensan y viven como yo, los que formamos parte del mismo club deportivo, e incluso los que compartimos la misma fe. Entonces corremos un grave peligro porque el aislamiento limita la capacidad de escuchar, de mirar, de vivir y de actuar oportunamente. Hemos de estar muy atentos para no huir de la realidad aislándonos del mundo.
Yo-salvador: Todo depende de mí. Sé lo que hay que hacer en todo momento…, y me quedo atrapado en mi propio ideal, olvidándome de quién soy, desenfocando la mirada, y consecuentemente frustrándome porque no consigo ninguno de los objetivos propuestos en mi mente. No huyamos de «trabajar con». Solidarios, sí; solitarios, no.
Yo-aplastado: Las dificultades de la vida nos quitan la verdadera visión de la verdad. El nubarrón del pesimismo nos lleva a creer que el mundo está perdido, muerto, roto. Responsabilizamos y juzgamos a otros, esperando que sean los demás los que solucionen los males del mundo, y nos quedamos en el camino, mirando los problemas con perplejidad, con inmensa tristeza e incluso con mal humor. Somos, según el papa Francisco, esos «cristianos melancólicos que tienen más cara de pepinillos en vinagre que de personas alegres que tienen una vida bella»[1]. El pesimismo conduce al hombre al desagradecimiento, rompiendo así con el principio y fundamento de nuestra vida.
Cada uno de nosotros ha sido llamado (es la vocación), para vivir en este mundo, aquí y ahora, destinado a vivir en paz y dando fruto abundante: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure» (Jn 15,16).
Es el plan que Dios soñó desde el principio:
«Y creó Dios a los hombres a su imagen: varón y mujer los creo y los bendijo Dios diciéndoles: […] Os entrego todas las plantas que existen sobre la tierra y tienen semilla para sembrar y todos los árboles que producen fruto con semilla […] servirán de alimento; y a todos los animales del campo, las aves del cielo y a todos los seres vivos que se mueven por la tierra les doy como alimento toda clase de hierba verde. Y […] vio Dios todo lo que había hecho […] y todo era muy bueno» (Gén 1,27-31).
Ciertamente, el drama del pecado rompió la comunión del hombre con Dios, la fraternidad entre hermanos se resquebrajó, convirtiendo este mundo en un paisaje más de abrojos que de uvas jugosas, como se lamenta el profeta:
«Una viña tenía mi amigo en un fértil otero. La cavó y despedregó, y la plantó de cepa exquisita. […] Y esperó que diese uvas, pero dio agraces. […] ¿Qué más se puede hacer a mi viña que no se lo haya hecho yo? Yo esperaba que diera uvas, ¿por qué ha dado agraces?» (Is 5,1-4).
Nada es fácil, pero no nos dejemos llevar por lo que aparece ante nuestros sentidos: un mundo que no contempla, que no escucha, que no abraza, que ha elegido la estética de lo grotesco, que no degusta el sabor de la vida, que ha perdido el sentido de trascendencia… No nos quedemos en el sinsentido de la tristeza porque el sepulcro está vacío: ¡Él ha resucitado!
Es importante tomar conciencia de que el centro de la Historia y también de este tiempo nuestro no somos nosotros sino Cristo crucificado y resucitado. Su rostro y su cuerpo heridos nos desvelan la increíble fuerza que puede tener el mal, pero a la vez, sus brazos abiertos nos muestran que la misericordia baña el mundo y es más fuerte que el pecado porque «con su misericordia abraza y acoge reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvación y la exclusión en anuncio»[2]. Tratemos pues de ver los signos y las señales de esperanza existentes en nuestro mundo: una voz a favor de la paz, misioneros y misioneras que dan su vida por los demás, ese joven que ayuda a cruzar a una persona impedida, la sonrisa de un niño, etc. «Hay una fuerza que nos une a todos, que somos parte de un mar de vida, que a veces es tormentoso y otras veces es pacífico, pero siempre increíblemente bello»[3].
Como las vírgenes prudentes, estemos atentos cada mañana y recordemos quién nos creó y para qué. Así recuperaremos la alegría del agradecimiento por tanto bien recibido: hemos sido liberados de la muerte y somos cocreadores de esta historia. Escuchemos, acompañemos, no tengamos miedo a expresar, cantando y bailando que somos de Cristo. Hagámoslo sencillamente, alegres, sin prejuicios. Vivamos las situaciones de injusticia integrándolas en la realidad salvífica de nuestra fe sabiendo que todo está ganado, que se nos ha regalado la vida, vivámosla con sabor y saber. Vivamos pues con esperanza y amemos con confianza.
«¿Por qué teméis? Soy yo. Alegraos», nos dice el Resucitado
[1] Homilía 10.05.2013.
[2] Papa Francisco. Homilía 15.02.2015.
[3] Profundización en la Experiencia de Dios. —Itinerario 3— Ejercicios Espirituales de Primera Semana ed. SALTERRAE, ficha 19.







