La redención en las vidrieras del Hogar de Zamora

La redención en las vidrieras del Hogar de Zamora

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La redención en las vidrieras del Hogar de Zamora
La redención en las vidrieras del Hogar de Zamora

Por Rogelio Cabado

La segunda vidriera prolonga la Creación, camino que expresa la sonrisa de Dios en la tierra. Es el gesto importante en el camino. El Padre se prolonga en el ser humano, en la persona del Hijo: «Hagamos redención del género humano» (S. Ignacio EE nº 107). Jesús asume nuestra naturaleza limitada, «semejante a nosotros excepto en el pecado» (Heb 4,15). La intensidad matizada del color rojo expresa la cruz espinada, con dos semiesferas centrales, como las dos que sostiene el Padre entre sus manos en la primera vidriera; esta vez tomando el color cuaresma-pasión. La corona de espinas en múltiples direcciones es la expresión de la intrincada realidad del sufrimiento y el dolor, un dolor humano asumido por Cristo en la cruz en obediencia al Padre de los cielos: «He aquí Padre que vengo a hacer tu voluntad» (Heb 10,7-9).

Tras ella, el acecho de la persecución, en espinas moradas, que instiga a Cristo y a sus seguidores, a su Iglesia; tantos mártires, cristianos perseguidos en martirio de sangre o martirio blanco. Es el abandono y anonadamiento absoluto de la oscuridad, sin luz aparente, del sufrimiento humano abrazado por Jesús. Sin embargo, aparece delineada sutilmente la cruz en la vida, que nos envía hacia la luz, una cruz partida que se reparte y regala, esperanza de resurrección. La muerte no es final del camino de la redención ni fin de nuestra existencia en la tierra, es impulso al triunfo de la pascua de Cristo.

En el arte, desde muy antiguo, la simetría ha ofrecido una relación espacial de contrastes que permite ordenar los elementos de una composición formando partes iguales pero contrapuestas. La simetría axial de la vidriera organiza el espacio en una complementariedad equilibrada. Así, la vidriera de la derecha, explosiona la luz de la resurrección del Señor, claridad y difusión de belleza y eternidad, un sol gigante que difunde radiación de vida para todo aquel que la quiera acoger. En el centro de esa fuente de luz, color blanco a modo de fuerza centrífuga que abraza todos los colores, se ilumina todo, conocido y desconocido, aparece Cristo Pastor que nos acompaña en este camino de la vida: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos» (Mt 28,16-20). En verde esmeralda aparece la Iglesia que ya triunfa, peregrina y purificada en la historia, virgen como una laguna de montaña bajo la cascada helada de las cimas de la santidad, elevada en forma de cruz, «mirarán al que atravesaron» (Jn 19,37).

Entre la cruz y la gloria, la misteriosa y sencilla estrella de Belén, la que anunció a los magos el nacimiento del Salvador. Ha anunciado desde el primer momento la trascendencia de Cristo en la tierra, desde Belén al Gólgota y la Gloria, hasta el final de los siglos. Jesús es infancia espiritual que recorre su existencia en la tierra y nos deja su estela como secreto de santidad a la que estamos llamados, sencilla y sugerente.

Y el camino se prolonga. Viene de la primera vidriera, la creación. Nacemos a este mundo, «pero sin ser de este mundo» (Jn 15,19). En ese camino, Cristo se queda con nosotros, en el camino, haciéndonos saborear su Sagrado Corazón, la humanidad misma de Cristo que se hace presente como hito del camino, marcándonos la ruta de la perfección en el amor. El centro rojo de su misericordia, expresa pasión y amor, un corazón como el del hombre y la mujer de la primera vidriera. Esta vez cuelga de la luz pascual, embelleciendo el árbol de la vida, un corazón de Cristo irradiando amor y perdón que nos recuerda al Padre de los cielos.

La cruz y la pascua de Cristo en simetría de amor, nos hace hijos de la Iglesia a través del bautismo que aparece en la vidriera a los pies de la cruz. Desde ese hueco se recoge el agua de la vida que brota con la sangre del Señor y da sentido al camino del creyente. Su bautismo lo hace hijo de la Iglesia y seguidor de Jesús y la Trinidad, agua que salta a la vida y acompaña al caminante a través de un camino de roca, aunque tamizada de verde musgo que suaviza nuestra realidad. Hijos de la Iglesia. ¡Qué mayor título!

Y a los pies de la cruz estaba su madre, lirio vestido de cuaresma, de prisma blanco y puro. María recibe la esperanza de luz de Cristo a la que se abraza en abandono sublime. Lirio de estambres blanco y rojo, gozo y dolor, «… una espada te traspasará el alma» (Lc 2,33-35).

Y… el camino continúa, nos lleva a la sonrisa orante.

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