La vida de Nazaret

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Profesor preparando la clase de Química

Por José Miguel Domingo

Cada día, después de la oración de la mañana, me pongo en marcha para transitar el camino empedrado que me conduce al instituto de enseñanza secundaria para impartir y compartir mis clases de Física y Química.

Hay días que me pregunto qué diferencia existe entre un profesor de esta asignatura (una de las más temidas, pero, a la vez, más deseadas en el mundo de hoy) de otro que no sea cristiano. Y me respondo: la vida de un profesor cristiano y de cualquier cristiano en su lugar de trabajo es ser fermento de Cristo en su ambiente laboral. En mi caso se trata de ser fermento en mi labor educativa con mis alumnos y con mis compañeros.

Ser fermento en la vida, en cualquier ámbito de la vida. ¡Qué poco visible y qué rico a la vez!, la imagen que se deja sentir en mi cabeza y en mi corazón, es la de la familia de Nazaret: José el carpintero, María la madre y ama de casa que cuida de los suyos, y Jesús aprendiendo a ser hombre y creciendo entre lo que José le enseña y las delicadezas que María le muestra. La vida de la familia de Nazaret se desarrolla en el más absoluto de los silencios. Parece que vivían sencillamente y compartían vida con sus familiares y vecinos. Cuando pienso en Jesús de Nazaret, el carpintero que pasa por los evangelios en el más absoluto de los silencios, desde que muere su padre y antes como aprendiz… Si acaso alguna mención de que es el «hijo del carpintero», o que él mismo es el carpintero o artesano, pero no se ha recogido nada concreto sobre su labor.

En el Evangelio de Lucas se recoge, sobre todo, el testimonio de la Virgen acerca de la concepción, nacimiento e infancia de Jesús. Relata hechos portentosos como la Anunciación, la santificación de san Juan en la Visitación, el anuncio a los pastores o la profecía de Simeón. Incluso expone una situación incómoda, como fue la pérdida de Jesús adolescente en Jerusalén; pero de la vida diaria de trabajo en el taller de Nazaret, la relación con los vecinos, con los clientes, la forma de trabajar de José y de Jesús en el taller ¡nada de nada! ¡Silencio! Quizá la Virgen pensó que no había nada especial e importante que contar. O quizá sí lo contó, pero san Lucas no lo encontró relevante a la hora de escribir su evangelio y al Espíritu Santo le ha parecido mejor no transmitirnos detalles que iluminen esos años de vida oculta en los que Jesús desempeñaba su trabajo de artesano en un pequeño taller de una aldea insignificante de la que algunos pensaban —por entonces— que no podía salir nada bueno.

Jesús como artesano, a pesar de su momentáneo brillo como «niño prodigio» en la escena del Templo, pasó después completamente desapercibido para sus coetáneos en su taller de Nazaret. Pero por la fe sabemos que estaba redimiéndonos de esa manera, pues todas sus acciones, como hombre-Dios, fueron redentoras.

Esto me hace pensar desde el corazón de la fe que un profesor cristiano y en general, cualquier «currante» cristiano de cualquier profesión, no es más que su maestro. En esto, el único maestro que tenemos los trabajadores cristianos, parece que ha dejado un rastro muy luminoso de oscuridad, ocultamiento y silencio durante todos esos años en Nazaret.

La vida profesional de cada uno de nosotros está edificada de un día a día monótono, en que intentamos vivir las virtudes que suponemos vivió Jesús en esos años: responsabilidad, laboriosidad, paciencia, etc. Antes de predicar el evangelio, Jesús lo vivió. Jesús no predicó solo con palabras, pues cada una de ellas está cargada de vida y de confianza. Por eso, siguiendo esa enseñanza laboral que grita a nuestro mundo, no creo que tenga yo, humilde currante de la educación, mucho más que decir.

Mi vida laboral está marcada por la ilusión de hacer el bien a los que me rodean a través de mi profesión. De hacer redención con el Redentor acompañándole en mi taller de Nazaret que en mi caso es el laboratorio donde doy clase. Los días —y algunos días más que otros— a veces no son fáciles. No faltan dificultades y problemas. Pero en esos días, quizá más que otros, me uno a mis alumnos intentando transmitirles el tema que toca ese día lo mejor posible, cuidando la didáctica, llevando las clases bien preparadas, haciendo la asignatura lo más amena posible, empezando las clases con puntualidad, etc. En mi caso, un recurso educativo que empleo en mis clases son las experiencias de laboratorio que, de forma abundante, intentan hacer la materia más asequible. Creo que la experiencia de laboratorio mitiga la mala fama que tienen la Física y la Química como asignatura complicada y difícil de entender y de aprobar.

Por otro lado, con mis compañeros intento tener siempre una actitud positiva a pesar del ambiente de pesimismo que se nos cuela en la educación desde hace algún tiempo, donde vemos cómo se complica la labor de enseñar por múltiples factores: degradación social de la familia, nuevas exigencias burocráticas y pedagógicas que complican nuestra vida y que no aportan demasiado a nuestra labor, sino que más bien distraen de lo importante.

¿Qué diferencia a un profesor cristiano? La vida de Nazaret hasta sus últimas consecuencias.

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