El educador

El puzle de la educación actual (y VI)

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El educador.
El educador. Ilustración: José Miguel de la Peña.

A lo largo de estos artículos hemos hablado de las distintas piezas con las que construir el puzle educativo. Podemos seguir añadiendo elementos, pero al menos los tratados son imprescindibles, aunque sean a menudo olvidados. Quítese alguno de ellos y la educación fallará, ya sea por falta de respeto, de autoridad, de compromiso personal, por un ambiente tóxico, etc., aun cuando existan los medios tecnológicos más avanzados o los recursos económicos más abundantes.

Si tuviéramos que hacer una síntesis aún mayor, diríamos que la educación consiste en un encuentro confiado, generoso y exigente entre dos personas, una de las cuales —el educador— suscita, guía y ayuda a la otra en el deseo de crecer, de llegar a ser quien es.

Dada la indigencia cultural que tiene el niño —cuya herencia genética no le basta para ser plenamente humano— la importancia del educador es decisiva. Del mismo modo que todo niño necesita ser educado, todo adulto es educador —aunque no sea consciente de ello— en la medida en que su modo de comportamiento, su modo de ser influye, positiva o negativamente, en los demás. Por ello, todas las piezas citadas no servirían de nada sin el educador, la pieza definitiva de la educación. Podríamos decir con seguridad que no existe crisis de juventud, ni de educación, sino de educadores.

«Para educar a un niño se necesita toda la tribu» reza un adagio africano, pero no es menos cierto que si bien todos educan, no todos educan del mismo modo ni tienen la misma responsabilidad. Aunque participan de una idéntica misión, padres y profesores tienen rangos y responsabilidades distintos, pero, en tanto que educadores, comparten algunas exigencias comunes que pasamos a enumerar:

1.- Todo educador debe ser un apasionado de su tarea, no se puede educar de modo impersonal, seriado. El educador, especialmente los padres, deben comprometerse, no solo implicarse, en la educación. Ello supone una gran generosidad, autoexigencia y capacidad de sacrificio. En una época donde el tiempo es escaso, hay que buscar tiempos cortos de calidad.

Educar es una pasión que cautiva y transforma al educador y, en gran medida, al educando. En cierto sentido, educar es dar vida, ayudar a engendrar un nuevo ser —Sócrates hablaba del oficio de partera—, y eso supone un compromiso y entrega no solo intelectual, sino también afectivo y moral. Es lo que en el lenguaje clásico se denominaba la vocación, el sentirse llamado para un oficio determinado que, en este caso, es uno de los más excelsos que puede tener el ser humano.

2.- El educador debe respetar y querer a cada educando como lo que es: un ser único, irrepetible, al que se le puede hacer mucho bien ayudándolo a crecer o, lamentablemente, mucho mal. Este cariño, que es connatural en los padres, aunque distinto para profesores y formadores, es un ingrediente fundamental. Los alumnos pueden no racionalizar, pero intuyen siempre cuándo importan a sus profesores, cuándo son respetados, valorados y apreciados. Sentirse querido es sentirse transformado, decir: «Eres bueno, eres capaz» ayuda a ser mejor, porque el amor es anticipativo. Con razón se ha dicho que da más fuerza sentirse amado que sentirse fuerte.

3.- El educador debe prepararse, formarse; en definitiva, exigirse. Antes, la formación de los educadores era más sencilla, casi natural; en el caso de los padres, bastaba con el cariño natural y con transmitir los principios y pautas culturales que exige la vida. En el caso del profesor, bastaba con los conocimientos técnicos de la materia y el sentido común. Hoy día se requiere una preparación a la que no deben renunciar tanto padres como profesores. En el caso de los primeros, sabemos que los hijos vienen sin manual de instrucciones, especialmente necesarias en la adolescencia, y que no piden el carnet de padre para ejercer el oficio. Por ello, es imprescindible dedicar tiempo y esfuerzos, aunque sea restándolo a otras aficiones y obligaciones. Respecto a los profesores, una de las asignaturas pendientes del sistema educativo es la renovación de la formación, selección y evaluación de estos; pero el buen profesor sabe que debe estar en permanente formación y no puede escudarse en la necesidad de reformas.

4.- El educador debe ser exigente. Es un error el axioma de la educación actual según la cual «educar siempre debe ser divertido». El educador no es un animador sociocultural, ni un monitor de juegos, lo cual no significa que no intente hacer amena su labor, pero el objetivo final no es la diversión sino el crecimiento personal. No entiendo cómo el esfuerzo y sacrificio que exige llegar a ser una figura del deporte o de la música es valorado y elogiado en la sociedad actual y, por el contrario, las palabras sacrificio, esfuerzo, superación son desterradas de la educación. No podemos permitir aprobar, dejar pasar —ya sea en el ámbito familiar como en el escolar— y que luego lo suspenda la vida. Esto es traicionar al alumno y sentar las bases de un fracaso personal y social. Pero «La exigencia debe tener siempre un porqué y, sobre todo, tiene que ser siempre amorosa», decía el P. Morales.

5.- El educador debe ser paciente y esperanzado. «No por tirar de las lechugas, estas crecen más rápido». Cada alumno tiene sus propios ritmos, unos marcados por la biología o la psicología, otros por su propia singularidad. Por otro lado, la aceleración histórica, la velocidad con la que cambian la tecnología, las teorías y las ideologías no puede hacernos olvidar que, en su esencia, el ser humano sigue siendo el mismo. La misión del educador es sembrar, aunque no siempre vea la cosecha. «Siembra, que algo queda», dice el refrán castellano.

Con todo, una de las mayores satisfacciones que hay en la vida es recibir, pasados los años, el agradecimiento de los hijos o alumnos por la labor que hicimos en ellos. Como dice Daniel Pennac, célebre escritor actual cuya etapa escolar no fue fácil ni para él, ni para sus padres y educadores: «Basta un profesor —¡uno solo!— para salvarnos de nosotros mismos y hacernos olvidar a todos los demás».

El oficio de educador siempre ha sido difícil, pero en estos tiempos es especialmente duro y exigente a la vez que imprescindible. Del mismo modo podemos decir que todas las profesiones son necesarias pero algunas imprescindibles —y más hoy— como la de ser educador. La tarea del educador, como de la educación misma, es la de servir de puente entre lo esencial del pasado y el reto del futuro. Hay que vivir en nuestro mundo, aceptándolo como tal, pero para transformarlo y mejorarlo. En este sentido, cualquier generación, y de modo especial sus educadores, no tiene mayor ni más noble cometido que preparar a las nuevas generaciones y dejarles un mundo mejor que el que han heredado de la generación que las precedió.

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