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Bacaladeros de Terranova

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Pescador muestra un bacalao como símbolo del laico cristiano firme en su misión, incluso en entornos hostiles.
Como el bacaladero en Terranova, el laico cristiano es signo de Dios en lo cotidiano, aún en medio de la tormenta.

Por Rubén López Magaz

Viajábamos a Roma a principios de año aprovechando que es año jubilar y que unos amigos querían visitar la città eterna. Nos alojamos en el hogar de los Cruzados, donde pudimos estar y conversar con Emilio en la última mañana de estancia allí. Charlando con él en un diálogo abierto y distendido sobre el papel del laico en el mundo, debatiéndonos sobre el lugar que ocupa en la Iglesia, él trajo a colación una frase que el P. Morales decía y que, yo al menos, desconocía por completo: «Sueño con un cruzado que fuera bacaladero en Terranova…».

Desconozco sinceramente el contexto por el cual el P. Morales podría decir esto, pero me atrevo a intuir qué había detrás de esa proclama y me hizo pensar qué papel jugamos hoy los laicos, y si somos conscientes, de verdad, del papel que tenemos en la Iglesia. Que no es de responsabilidades o visibilidad, tanto públicas como institucionales, aunque en ocasiones así lo requiera. Es la vida oculta, lo común, aquel Nazaret que vivió Cristo, el que nos lleva a anunciar y a encarnar a un Dios que vive en lo ordinario.

El entorno en el que nos movemos es un terreno movedizo, siempre en continuo cambio, un cambio que viene a darse como eco polarizante en uno y otro sentido. Lo vemos diariamente en la política, en las razones que argumentamos sin tener en cuenta la veracidad de nuestras opiniones, en el deporte, en la elección de un programa de televisión… Y, por supuesto, como reflejo de esa tendencia, en la Iglesia. Los hay franciscanistas y antifrancisco, los hay tradicionalistas extremos y vaticanosegundistas acérrimos, los hay que sugieren un repliegue conservador y los que miran a un futuro inmersivo, los que siguen añorando un nacional catolicismo y los que siguen anhelando una justicia social materialista…

Como vemos, dentro de nuestra Iglesia, no somos ajenos a estos movimientos. El problema viene cuando en nosotros la formación es escasa o la capacidad de discernimiento se ha visto mermada por una mirada ideológica de la sociedad, del mundo y de Dios. La trinchera se ofrece no solo como lugar de salida y de regreso, sino como lugar de estancia. Nos vemos llevados pues, como cristianos, a un lugar equívoco. También en nuestra propia vida esencial de cristianos.

Bacaladeros

El laico, del gr. λαϊκός – laïkós, propiamente «del pueblo», «popular», es aquel que ha sido marcado en su bautismo por las tres señales de pertenencia, de unción, de consagración, estas son: profeta, sacerdote, rey. Conviene no olvidar el rasgo etimológico de laico, así como la afirmación consagrada del mismo, puesto que lo contrario a ello es lo clerical, lo religioso, lo propio de otro estado de vida.

En Dios, todos estamos llamados a la santidad, el cómo es a eso que llamamos vocación y que en escucha activa, en discernimiento, logramos vislumbrar, a veces, entre leves susurros y otras veces entre derrumbamientos severos. Esa vocación será el devenir de nuestra vida, la misión que se nos ha encomendado. Siempre dentro de esto que llamamos mundo, ese espacio y tiempo que nos han sido otorgados para dar gloria a Dios. Independientemente del lugar que ocupe en mi parroquia, en mi movimiento o en mi grupo… Es más, me atrevería a decir incluso sin parroquia, sin movimiento o sin grupo…

Soy y estoy consagrado en el mundo y para el mundo con el único fin de ser signo: «el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor[i]». Por tanto, ¿es importante el lugar? ¿Es importante la profesión? Bastará que sepa que suyo es el poder, que suyo es el reino y que suya es la gloria. Incluso lejos de tierra firme, lejos de un sagrario al que acercarme, lejos de una comunidad «trinchera», como un bacaladero, podré ser signo de Dios en el mundo.

Terranova

Hay lugares inhóspitos, terrenos áridos, lugares poco amables donde habrá que plantar la tienda. En ocasiones, de hecho, tendremos la tentación de plantar la tienda en los lugares más proclives, en los sitios más favorables o en aquellos que nos sintamos protegidos. Existe un debate importante hoy sobre si es necesario volver a recluirnos como comunidades que esperan que la tormenta amaine y salir después habiendo salvaguardado nuestra esencia o, por el contrario, estar en medio de la tormenta para ser puntos de luz, a riesgo de que el viento nos pueda desarraigar y quebrarnos.

Personalmente creo que el papel del laico es la tormenta, el viento y la adversidad. ¿No se nos decía incesantemente en Gredos que éramos como esa flor escondida que soporta toda inclemencia? ¿No era una analogía de la belleza que permanece inquebrantable a pesar de todo? Terranova se me antoja familiar, se nos debería antojar factible, pues es el estadio perfecto para proclamar, con la vida, que somos criaturas al son de Dios, bailando y tarareando una música que no nos pertenece, la de la eternidad. Y en ella seguir mirando con ojos de trascendencia la cotidianidad del día a día. Sea en Terranova o en Illán de Vacas (Toledo)


[i] San Ignacio de Loyola, EE. EE.

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