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BASIDA, una familia que apuesta por amar a fondo perdido

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Voluntarios acompañan a residentes en una actividad en la casa de acogida de BASIDA.
Voluntarios de BASIDA compartiendo tiempo y afecto con los residentes en la casa de Navahondilla.

Por JAB

BASIDA es una asociación de carácter benéfico y asistencial, sin ánimo de lucro y declarada de utilidad pública, que nació en 1989, fundamentalmente para intentar dar respuesta al grave problema del SIDA, surgido hacia el 1980.

El 15 de diciembre de 1990, puso en funcionamiento en Aranjuez la mayor Casa de Acogida para enfermos de SIDA de España, con una capacidad de 35 plazas, con el objetivo de ofrecer una atención multidisciplinar, personalizada, digna e integral a estas personas. Hasta la fecha funge como «casa madre» y tiene en marcha cinco programas:

  • Casa de Acogida para enfermos.
  • Centro de desintoxicación, rehabilitación y reinserción social de personas con problemas de adicción.
  • Casa para personas en exclusión social por falta de hogar, precariedad económica y exreclusos en libertad condicional por enfermedad incurable.
  • Formación de voluntariado.
  • Información, prevención y asesoramiento en sida y adicciones.

En todos los programas se cuenta con medios adecuados para las necesidades de las personas acogidas. Su tranquila y pacífica cotidianidad se interrumpe a veces con iniciativas solidarias, conciertos, festivales, competiciones deportivas, concursos, la fiesta de aniversario en torno al 15 de diciembre y el acogedor Belén de ensueño creado por Pepín, quien a pesar de sus 92 años sigue brindando creatividad, paz y felicidad a cuantos saben que lo pueden gozar.

Más adelante, en 1995, la Asociación puso en marcha una nueva Casa de Acogida en Manzanares (Ciudad Real), con 18 plazas, y en 1996 la Casa de Navahondilla (Ávila), con 28 plazas. Desde el inicio de la actividad el número de personas atendidas ha ascendido a unas 300.

Ha sido en la tercera, Navahondilla, donde estuve un mes en el 2016 y otros cuatro en el pasado 2024, al regresar de la misión de 30 años en el Perú. El ambiente es paradisíaco por el paraje bello, puro, silencioso. Los miembros de la comunidad son ejemplares por su vida de oración, entrega, desde su espiritualidad a lo Teresa de Calcuta, Carlos de Foucauld.

Comenzó todo desde una opción radical de un grupo de amigos de renovación carismática en una parroquia de Aranjuez, y son ya más de 30 años de vivir juntos, poniendo todo en común, oración como eje del día, servicio a los más desheredados, Jesús referencia y modelo de vida. Aunque al comienzo fue el SIDA, desde hace varios años, el perfil de las personas atendidas se ha diversificado, pero, en todos los casos se les ofrece un tratamiento integral, personalizado e interdisciplinar con el que dar una respuesta adecuada a las múltiples y diversas problemáticas y necesidades que presentan. Aunque las historias de cada persona —lo que voy conociendo— son muy dramáticas, varios de ellos han estado a punto de morir, han sido abandonados…, destaco el verlas contentas por saberse miembros de una gran familia en la que son acogidas y queridas.

Da gusto ver cómo celebran sus cumpleaños y aniversarios; con sus ahorros siempre regalan algo como sorpresa —helado, tarta…—. Me conmueve cómo cada cual aporta con lo mejor de sí. Uno no sabe si llorar o reír cuando los ves desplazarse —en procesión—. Se da el caso de A en silla de ruedas, que es llevada por B (que apenas ve y camina con dificultad, pero que puede llevarla porque tiene fuerza en las manos y se fía de los ojos de A); lo mismo sucede con C (de más de 80 años, con muleta), que puede llevar a D (en silla de ruedas)… Por supuesto, que, como podéis imaginar, uno se encuentra con misiones un poco más costosas, como las del día a día de cambiar los pañales a algún anciano o vigilar dietas exigentes, pero ¡qué papás con sus hijos, o nietos con los abuelos, no han vivido y viven aventuras tan emocionantes a diario!

El rato de «terapia» es otro momento emocionante. Hay que cantar, dar palmas, rezar, ayudar a hacer la «o» con un canuto, acompañar al baño a uno de ellos, contestar ciento y una vez el día en que vive porque se le olvida, recordar a E que es abuela y tiene dos nietos guapísimos porque te lo pregunta en el momento más «trascendental» del dictado… Poco a poco me voy haciendo amigo de algunos de los residentes como F, antiguo legionario, quien fue recogido de la calle por sobredosis, y a quien estoy ayudando a escribir sus memorias; G, pintor extraordinario, que diseña carteles, elabora murales y siempre está disponible…; H, antiguo jardinero, autodidacta, que sabe de todo, y me tiene al corriente de cuanto sucede en el exterior.

De vez en cuando, nos sorprende la visita de voluntarios que vienen con las mayores ganas de aprender y de darse. Lo primero que aprenden es lo que campea por varios anuncios: «la medida del amor es amar sin medida». Lo segundo lo pueden vivir desde el primer saludo, el primer encuentro, la sonrisa mutua y recíproca, con esta familia siempre abierta para dar y recibir.

Mi mejor manera de agradecer tanto bien recibido sería que alguno de los lectores se anime a colaborar y comprometerse en el voluntariado con tan necesario y bello programa.

Más datos y contactos:
https://basida.com/;
Aranjuez: 91 892 35 37
aranjuez@basida.org.com;
Manzanares: 926 62 20 61
manzanares@basida.org;
Navahondilla: 91 861 03 00
navahondilla@basida.org.com

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