Las “sandalias” del pescador

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No con medios humanos, sino con la mano omnipotente de Cristo
nuestro Dios, poniendo sólo en Él nuestra esperanza. Ejercitarse en la
indiferencia ignaciana, inclinándose sólo por aquello que conduce a la mayor
gloria y alabanza de Dios Nuestro Señor. Lo único que nos interesa es el Amor
de Dios y la esperanza en Él… Amor a la pobreza, fortaleza de ánimo y querer
la cruz de Cristo”.
Con esta inicial evocación de los Ejercicios Espirituales
que el entonces cardenal Bergoglio, jesuita, dirigió a los obispos españoles en
enero de 2006, el Secretario de la Conferencia Episcopal trazaba unas primeras
pinceladas acerca del nuevo Pontífice, de quien dijo también sin rodeos que
“tiene el perfil de un santo”.
Gran conocedor de San Ignacio y de los Ejercicios, devoto
de la Virgen María, San José, Santa Teresita y, evidentemente, San Francisco de
Asís (como el propio Ignacio); no teme hablar del “seguimiento del demonio” cuando
se deja de lado la cruz; o de la “dictadura del relativismo”.
Bergoglio no figuró en ninguna quiniela de papables; pero
el Espíritu sopla donde y como quiere, y el Colegio Cardenalicio lo eligió. El
pueblo fiel lo ha recibido como un don de Dios; lo considera un papa muy
cercano; hombre de aspecto pacífico, bueno, amable y comunicativo, que prefiere
la sencillez al boato y la pobreza franciscana a todo asomo de riqueza. El papa
Francisco ha mostrado gestos de clara significación que preanuncian
intenciones. No es el menor de ellos aparecer con sus zapatos usados pero
limpios (que recuerdan las “sandalias del Pescador” e incluso los descalzos
pies del Poverello), el regalo de unos libros de doctrina social a la
presidenta argentina, o el Jueves Santo junto a “sus” jóvenes reclusos de Roma
a quienes ha lavado los pies, entre otros gestos.
Francisco sabe lo que quiere. Para algunos es
precisamente el espíritu ignaciano, sobrio, intrépido y firme, el más idóneo
para el papado en estos momentos de tribulación. Pero al tomar el nombre de
Francisco, el cardenal Bergoglio atempera la reciedumbre ignaciana con la
suavidad franciscana: se antoja una acertada y provechosa combinación. Muchas
cosas indican que el magisterio de Francisco será una directa invitación a la
santidad. Oremos por él.