Madeleine Delbrêl, una mano tendida al otro

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Madeleine Delbrêl
Madeleine Delbrêl

Madeleine Delbrêl se presenta como un ejemplo profético de laicado comprometido y abierto, muy en la línea del Concilio Vaticano II y del magisterio del papa Francisco. Madeleine vivió en Francia, principalmente en la primera mitad del siglo XX, murió antes del mayo del 68 y del Concilio, pero vivió su caldo de cultivo, así como las dos guerras mundiales y el crecimiento del movimiento obrero.

Crece en una familia de tradición cristiana, pero sufre una crisis de fe en la adolescencia que durará varios años y le hará llegar a proclamar: «Dios ha muerto, viva la muerte». La situación cambia cuando su novio, casi prometido, rompe la relación para entrar en la orden de los predicadores. Este hecho la sacude profundamente y le hace plantearse la posibilidad de que Dios no esté realmente muerto. A partir de ahí empezará un camino en el que será deslumbrada por la gracia y nunca más se separará de Dios o de la Iglesia.

El otro hombre fundamental en su camino de fe será el padre Lorenzo, quien la acompañará durante años en el suburbio parisino de Ivry y será su guía espiritual. A raíz de esta relación, Madeleine fundará el grupo de La Caridad y se formará, primero para ser enfermera y, posteriormente, asistente social, trabajo en el que desarrollará su vocación de servicio a los demás.

Ya en Ivry, donde vivirá toda su vida adulta, se juntará con otras mujeres para vivir su vocación laical en comunidad, o, como ellas dirán, «para vivir el evangelio en medio de la gente».

Madeleine es considerada por muchos como una mística contemporánea. Es una figura especialmente evocadora para el laicado porque desarrollará una «mística de lo cotidiano»: aprovechará cualquier lugar y momento para rezar, desde la espera al metro en el andén a la subida a casa por las escaleras. Intentará vivir la oración permanente del corazón, «prefiriendo a Dios» en los momentos que de otro modo se perderían en tonterías. Como ella diría: «la vida está llena de pausas que podemos descubrir o malgastar». Estos momentos breves de oración conseguían reorientar su jornada y hacerle desear momentos de mayor duración y recogimiento, siendo consciente de la dificultad, al ser una laica en el mundo, sin los tiempos de silencios prestablecidos de la vida religiosa.

En los ambientes en que se movió Ivry había una fuerte presencia comunista, y será con ellos con los que más dialogue Madeleine; su motivación será que «la presencia del ateísmo se ha convertido para nosotros en la ocasión de una ardiente vuelta a la vivencia práctica de nuestra vida de fe y a tomar esta fe por lo que es: la posibilidad inaudita de conocer a un Dios que existe y de amar a un Dios que nos ama». Llamará la atención a las comunidades católicas recluidas en sí mismas y con miedo a entablar cualquier tipo de relación con ateos y comunistas, ya que se estaba creando un abismo de separación entre unos y otros.

Madeleine vivirá siempre un fuerte sentir con la Iglesia, en sus laicos, consagrados y jerarquía. Para ella el obispo será «el corazón de la unidad de la Iglesia diocesana, como Roma será el corazón de la Iglesia universal». En una de las cartas que escribe a sus primeras compañeras del grupo de La Caridad afirma: «intento aprender cómo, dentro del gran barco que es la Iglesia, la caridad de Jesús se deja conducir a través del océano del amor hasta la verdadera tierra. […]. Que sea de noche, que esté nublado o que haga sol, eso no nos concierne a nosotras: lo único que importa es que permanezcamos en el barco». Ahí vemos esta fuerte adhesión a la barca de la Iglesia, aun en las tormentas, que sin duda vivió, como en el caso de los curas obreros y su prohibición, que tanto le hizo sufrir.

Madeleine, dentro de su fidelidad y comunión con la Iglesia, era en cierto sentido un «espíritu libre» y no quería atarse a ningún movimiento particular de la Iglesia; esto se ve en la colaboración en la Misión de Francia, fundada en 1941, y en el irse a vivir a una casa independiente de la parroquia en Ivry. Tendrá una relación sana e intensa con amigos sacerdotes, a los que apoyará y en los que se apoyará, pero sin caer nunca en el clericalismo, con una gran libertad de espíritu.

Como mencionamos al principio, sus palabras serán proféticas de cara al Concilio Vaticano II. Madeleine, años antes, dirá: «Nosotros estamos enraizados en el mundo […]. Caminamos por rutas que el evangelio no necesita prefabricar, porque son las mismas rutas por las que caminan, penan, sufren y se desesperan los hombres. Estamos vinculados a lo que ellos viven, a lo que soportan, a lo que los alegra», espíritu que será recogido, casi verbatim en la Gaudium et spes. De hecho, Madeleine colaborará en los trabajos preparatorios del concilio, elaborando un dosier sobre el papel del laicado y los ateísmos contemporáneos. Por desgracia, fallecerá repentinamente antes de que se celebre dicho concilio.

Madeleine llama a un trato real con el prójimo cotidiano que comparte nuestra ciudad, nuestra vida y hasta nuestra mediocridad; en palabras suyas: «En torno a la montaña de Dios, a la cumbre del amor de Dios, la virtud dará vueltas en vano, sin poder escalar las lisas y altas laderas. El único punto vulnerable, la única brecha, el único boquete, es el amor a esos pobres seres iguales a nosotros, tan poco amables, porque se parecen demasiado a nuestra propia mediocridad». Para Madeleine, todos los hombres son hermanos y están llamados a la comunión en el amor de Dios. Esta horizontalidad rechaza el paternalismo y la condescendencia, es «simplemente amor fraterno por nuestros hermanos de creación y redención», siendo conscientes de que «por la amistad podemos hacer milagros, es el amor habilitado todos los días, y el amor es siempre terapéutico», ya que «la amistad siente a los amigos como a iguales o los hace semejantes». Madeleine vivirá esto en su día a día, siendo amiga de sus compañeras de vocación, de la gente de Ivry, de sacerdotes, de camaradas comunistas, de gente de distintos estratos, ámbitos, condición y países.


Eva María es licenciada en Filología Hebrea por la UCM, doctora en Literatura Cristiana y Clásica por la Universidad San Dámaso donde imparte actualmente clases de lengua siriaca. Tiene gran interés por el cristianismo de Oriente Medio y por ello ha realizado cursos en la Universidad del Espíritu Santo de Kaslim (Líbano) y en los institutos Pontificios Oriental y Bíblico (Roma).

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