
Por Redacción El Genio femenino
De la prolífica y polifacética vida de la madre (santa) Teresa de Calcuta queremos centrar nuestra atención en una virtud teologal concreta que latió a lo largo de su vida: la esperanza. Y ello en tres facetas: 1) La madre Teresa fue esperanza para muchos; 2) La madre Teresa nos habló de la esperanza, y 3) La madre Teresa sufrió por la esperanza.
1) La madre Teresa fue esperanza para muchos
Los testimonios de innumerables personas así lo atestiguan:
«En medio de los desastres naturales, la violencia, la injusticia y el sufrimiento, del 100° aniversario del nacimiento de la madre Teresa vino a traer un rayo de esperanza y alegría a miles de indigentes, pobres, desvalidos, marginados» (Mons. Lucas Sirkar, arzobispo de Calcuta).
«Vestida con un sari blanco con bordes azules, ella y las hermanas de las Misioneras de la Caridad, se convirtieron en un símbolo de esperanza para muchos ancianos, indigentes, desempleados, enfermos y abandonados por sus familias» (Testimonio de la presidenta de la India Prathiba Patil).
«Todo el mundo la admira porque hay en ella un rayo de luz y de esperanza, una ternura que levanta y libera de la postración o de la exclusión: la ternura de Dios, la luz de su presencia, la esperanza de su amor, la entrega infinita de su vida por los últimos y desheredados de la tierra» (Carta pastoral del Card. Cañizares, 28 agosto 2016).
«Vivió pobre, entre los pobres. Solo los que viven entre los pobres pueden entender la lógica de esta solidaridad, bastante diferente a los gobernantes lejanos o los periodistas que solo buscan la curiosidad de los hechos» (Teólogo Rodrigo Moraes).
Y dejó asentada la continuidad de su labor, pues en el año 1997, el de su fallecimiento, las Hermanas de Madre Teresa contaban casi con 4.000 miembros y se habían establecido en 610 fundaciones en 123 países del mundo.
Aún más, sus fundaciones también incluyen escuelas, comedores populares, así como casas para mujeres embarazadas, para ex prostitutas, para enfermos de SIDA, para enfermos mentales y para ancianos.
2) La madre Teresa nos habló de la esperanza
Espiguemos algunos pensamientos y reflexiones de la madre Teresa:
«Espero que tengas suficiente felicidad para hacerte dulce. Suficientes pruebas para hacerte fuerte. Suficiente dolor para mantenerte humano. Suficiente esperanza para ser feliz» (Pensamientos, Aciprensa, pág. 10).
«Los pobres son la esperanza del mundo porque nos proporcionan la ocasión de amar a Dios a través de ellos. Son el don de Dios a la humanidad, para que nos enseñen una manera diferente de amarlo, buscando siempre la manera de dignificarlos y rescatarlos» (La alegría de darse, pág.168).
«Nunca prives a nadie de la esperanza; puede ser lo único que una persona posea. Solo he procurado ser una gota de esperanza en un océano de sufrimiento. Pero si esta gota no existiese, el mar la echaría en falta» (La Madre Teresa de Calcuta, Leo Maasburg, pág. 169).
«Para que seamos capaces de amar tenemos que ver y tocar: por eso leemos en el evangelio que Jesús hizo de los pobres la esperanza de salvación para ustedes y para mí. En efecto, Jesús dijo: “Lo que hicisteis al último de mis hermanos, a mí me lo hicisteis”» (La alegría de darse, pág. 47).
«Los pobres son una esperanza. Ellos representan de hecho la esperanza del mundo por medio de su coraje. Ellos nos ofrecen una manera diferente de amar a Dios obligándonos a hacer todo lo posible por socorrerlos (La alegría de darse, pág. 106).
«Cada día más tenemos que darnos cuenta de que los pobres son la esperanza de salvación para humanidad, porque seremos juzgados por la forma en que los hayamos tratado. Tendremos que enfrentar esta realidad cuando se nos llame ante el trono de Dios: “Tuve hambre. Estuve desnudo. Estuve sin hogar. Y todo lo que hicisteis por mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis”» (El amor más grande, pág. 44).
«Una hermana alegre es como un rayo de amor de Dios. Es un rayo de esperanza en la eterna felicidad. Es una llama de ardiente amor. Una hermana que rebosa alegría da lecciones sin hablar» (La Madre Teresa de Calcuta, Leo Maasburg, pág. 163).
3) La madre Teresa sufrió por la esperanza
Y acabemos vislumbrando lo que fue el mundo interior de la madre Teresa en una larga etapa de su vida. Vivió en primera persona lo que san Pablo atribuyó a Abrahán: «Esperó contra toda esperanza» (Rom 4,18).
Toda la vida y el trabajo de madre Teresa fue un testimonio de la alegría de amar, de la grandeza y de la dignidad de cada persona humana, del valor de las cosas pequeñas hechas con fidelidad y amor, y del valor incomparable de la amistad con Dios. Pero existía otro lado heroico de esta mujer que salió a la luz solo después de su muerte. Oculta a todas las miradas, oculta incluso a los más cercanos a ella, su vida interior estuvo marcada por la experiencia de un profundo, doloroso y constante sentimiento de separación de Dios, incluso de sentirse rechazada por él, unido a un deseo cada vez mayor de su amor. Ella misma llamó «oscuridad» a su experiencia interior. La «dolorosa noche» de su alma, que comenzó más o menos cuando dio inicio a su trabajo con los pobres y continuó hasta el final de su vida, condujo a madre Teresa a una siempre más profunda unión con Dios. Mediante la oscuridad, ella participó de la sed de Jesús (el doloroso y ardiente deseo de amor de Jesús) y compartió la desolación interior de los pobres.
En 2003, el sacerdote canadiense Brian Kolodiejchuk publicó el libro Madre Teresa: Ven, sé mi luz, basado en cartas y notas de la propia monja. Y ahí podemos leer emocionados la confidencia de la madre Teresa a su director espiritual:
«Dicen que la gente que está en el infierno sufre dolor eterno a causa de la pérdida de Dios; soportarían todo ese sufrimiento si tuviesen solo una mínima esperanza de poseer a Dios. En mi alma siento ese mismo terrible dolor de la pérdida, que Dios no me quiere, que Dios no es Dios, que Dios no existe realmente». Si bien estos sentimientos eran terribles, continuaba teniendo, por otra parte, el mismo abandono: «La oscuridad es tan oscura y el dolor tan doloroso, pero acepto cualquier cosa que él me dé y le doy cualquier cosa que él me pida» (Ven, sé mi luz, pág. 238).
El hecho de sobrellevar fiel y amorosamente estas pruebas o «noches» tiene como resultado una fe, esperanza y amor de Dios y del prójimo más profundos.
La madre Teresa nos dejó el ejemplo de una fe sólida, de una esperanza invencible y de una caridad extraordinaria. Su respuesta a la llamada de Jesús, Ven y sé mi luz, hizo de ella una Misionera de la Caridad, una «madre para los pobres», un símbolo de compasión para el mundo y un testigo viviente de la sed de amor de Dios.






