La educación consiste en introducir en la realidad al ser humano para que crezca hacia su plenitud. Afirmaba ya Hesíodo (s. VII a. J. C.) que «la educación ayuda al hombre a ser lo que es capaz de ser». Y es que la persona humana es un ser digno pero inacabado, tiende hacia la plenitud de su ser, pero necesita ayuda.
Así entendida, la educación no es propiamente una ciencia o «saber» sistemático, sino un arte, un «saber hacer», sobre todo de índole moral, cuyo fin es contribuir a la formación de una personalidad madura, equilibrada y fecunda. Esta personalización —como decía Abilio de Gregorio, gran maestro y pedagogo— tiene lugar mediante el encuentro con los valores de sentido y su cultivo de la mano de maestros. Se trata, como decía Platón, de «enseñar a mirar» para aprender a conocer el bien y a orientar hacia él la vida; a crecer en libertad, en capacidad de autodeterminación, a configurar el propio carácter mediante la virtud.
La pedagogía, ella sí, es una reflexión sistemática con pretensiones científicas acerca de la educación: sobre su contenido, su finalidad, sus medios y recursos. Se basa por un lado en una antropología que estudia qué es el ser humano y en qué consiste su perfeccionamiento, y por otro en la experiencia y el saber extraído del quehacer educativo mismo.
El fin de la pedagogía es aportar luz y criterio al quehacer educativo; pero no desde los axiomas impolutos de un saber meramente teórico, sino desde lo que se aprende en el quehacer de una educación que ha de vérselas con una naturaleza humana herida por el pecado original y asediada por una multitud de solicitaciones que amenazan con disgregarla y desorientarla.
A don Bosco, en una época de fervor por la pedagogía sistemática de Pestalozzi, Froebel y otros, le preguntaron por el método empleado con sus jóvenes. Él respondió que simplemente amaba a aquellos muchachos y los quería acercar a Dios. En efecto, no podemos catalogar como pedagogos a la mayor parte de los adalides de la educación cristiana: Mérici, Calasanz, La Salle, Bosco, Lestonnac, Champagnat…; ante todo son educadores. «El pedagogo —escribía Abilio de Gregorio— se mueve preferentemente en el ámbito de las estrategias y de los medios; el maestro en el ámbito de los fines. Por eso, el pedagogo tiene seguidores; el maestro tiene discípulos». Víctor García Hoz, gran maestro y magnífico pedagogo, distinguía entre una «pedagogía visible» y una «educación invisible», ambas necesarias y complementarias entre sí.
Si no entendemos el curso y las pretensiones de las corrientes educativas, no entenderemos bien lo que está en juego cuando se aplican. Necesitamos hoy, con urgencia, auténticos maestros y pedagogos católicos.






