María Benedicta Daiber. A Jesús por María.

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Por Jesús Amado
Estando en Chile cayó en mis manos la autobiografía de una
convertida chilena: María Benedicta Daiber, titulada “Vencida por el amor”. Me
cautivó desde el primer momento. Sobre todo por el papel tan providencial que
la Virgen tuvo en su conversión, y por la forma lenta y progresiva en que Ella
la llevó hasta Jesús. La próxima festividad del Santísimo Cuerpo y Sangre de
Cristo (22 de junio), que fue el detonante de su conversión, me anima a ofrecer
algunos rasgos de esta admirable mujer.
María Benedicta nació en 1904 en Stuttgart (Alemania), de
padres suizos. Su padre era médico y su madre era profesora, graduada en
Basilea. Se habían establecido en Puerto Octay, una población chilena a orillas
del hermoso lago Llanquihue (que tuve la suerte de conocer personalmente con
ocasión de una actividad con jóvenes). Su padre fue masón durante once años y
se declaraba ateo desde los treinta. La madre era protestante, pero no debía de
diferir gran cosa de su marido en cuanto a ideas religiosas. Dice Mª
Benedicta de sí misma que ya a los ocho o diez años era una atea consumada.
Puede resultar algo fuerte semejante juicio; pero lo cierto es que su padre no
se cansaba de repetir en presencia de la niña: no hay Dios, y ella, que
admiraba el talento paterno, aceptaba a pies juntillas la creencia del Dr.
Daiber.
El camino hacia la
conversión
Trascribo a continuación un texto literal de su
autobiografía: Cuando aún no tenía nueve años me preguntó una niña de mi
edad si era católica o protestante. Le contesté: “No lo sé, pero voy a
preguntárselo a mi mamá”. Acudí a ella, y se produjo este diálogo: “Mamá, ¿Qué
soy? ¿Católica, o protestante?”. Mi madre me respondió: “Dí que eres
protestante”. “Y, ¿cuál es la diferencia?”, le pregunté. “Los católicos adoran
a una tal María, Madre de Jesús”. Se me quedó grabada esta respuesta. Algunos
días, quizá semanas, después —no recuerdo bien— desperté una mañana al toque de
las campanas de la iglesia parroquial y me vino a la memoria María, Madre de
Jesús, y que los católicos le rinden culto, y entonces sentí un impulso muy
fuerte, casi irresistible, de invocarla. No conocía ninguna oración en su
honor, pero me bastó saber su nombre. Me senté en la cama, junté las manos y
por tres veces, con todo el fervor de mi alma y, con la intención de invocarla,
repetí su nombre: “María… María… María…” Y largo rato estuve como absorta
en algo que entonces no sabía definir y que hoy llamaría contemplación,
penetrada por la suavidad de ese nombre celestial.
Desde entonces
existía en mi alma el amor a María Santísima. Como en Puerto Octay la mayoría
de los habitantes eran católicos, oía hablar algunas veces de la Virgen. Así
llegué a saber que se celebraba con gran solemnidad la fiesta de la Inmaculada.
Ese día 8 de diciembre es el día tradicional en Chile en el que los niños hacen
su primera comunión. Yo veía pasar a las niñas vestidas de primera comunión.
Preguntaba: “¿Qué pasa? ¿Por qué visten así?”. “Bueno —me contestaban— ¡es el
día de la Purísima!”. “¡Ah, una fiesta en honor de María, la Madre de Jesús!;
yo quiero celebrarla”. Como mi madre me instruía en todo (para evitar que fuera
a un colegio católico), la convencí para que cada 8 de diciembre me concediera
día de asueto. Nunca sospechó de la razón profunda por la que yo le pedía ese
día de vacación. Pronto supe que había otra gran fiesta en honor de María, la
Asunción, y quise celebrarla de la misma manera. Por fín, agregué también la de
la Purificación.
A la edad de doce años cayó en mis manos una biblia
protestante. Devoré los Evangelios y por primera vez comprendí el vacío que
deja en el alma la falta de fe. Acurrucada en un rincón de mi cuarto, lloraba a
mares de pena, porque no podía creer que ese Jesús tan bueno, tan suave y
misericordioso fuera el Hijo de Dios. “Sé que no hay Dios, —me decía—, pero
¡qué daría por tener fe!”. Desde entonces traté de descubrir la verdad, y
todavía me veo, en las tardes de verano, pasearme por el corredor de la casa,
contemplando la puesta de sol y filosofando acerca de la causa primera y fin
último de cuanto existe. A los doce o trece años me atormentaban ya estas
preguntas: ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy? ¿Por qué existo? Y la vida me
parecía triste, sin sentido, vacía.
Nuevos pasos dentro y
fuera del camino
Al mismo tiempo, mi madre quiso enseñarme historia
eclesiástica, y yo la escuchaba con avidez. Pero, ¡ay!, era la historia vista a
través del odio a la Iglesia Católica, y bebí a torrentes ese odio satánico en
las enseñanzas de mi madre. Era el odio al Papa, el odio al clero, el odio a la
Compañía de Jesús. El odio que se me infundía obraba en el fondo de mi alma, y
se convirtió en un odio apasionado, destructor. ¡Quise combatir a la Iglesia,
quise arrebatar a otras almas el tesoro de la fe!
He aquí un nuevo toque de la gracia. Encontré en una
revista una poesía a María Santísima, la aprendí de memoria y me repetía
incesantemente esos versos que no eran sino un prolongado y ardiente acto de
amor a la Madre de Dios.
Cumplidos los 17 años, residiendo ya en Santiago de
Chile, adonde me habían enviado mis padres para cursar estudios, quise conocer
la religión católica con el fin de combatirla. Se produjo en mí una amalgama
explosiva: el odio a la Iglesia y, sobre todo, al sacerdote, se mezclaba con mi
amor a la Virgen. En mi deseo de atacar al catolicismo, quise honradamente
conocer todo, también las oraciones que rezan los fieles. Aprendí el
Padrenuestro —que no pareció sugerirme nada—, el Avemaría y otras oraciones en
honor de la Madre de Jesús. Por las tardes acudía a una iglesia cercana y me
arrodillaba ante una imagen de la Virgen. Le repitía las oraciones que sabía, y
agregaba: “Yo no creo en Dios, pero creo que tú eres mi Madre”. Incluso asistía
a la misa dominical y sentía un bienestar indefinible.
Vencí mi resistencia a hablar con los sacerdotes y me
dejé instruir por uno sobre la existencia de Dios. Pero el paso de la
convicción racional a la fe no es la conclusión de un silogismo, y el sacerdote
me decía que debía pedir humildemente a Dios el don de la fe. Solía hacer esta
breve oración: “Dios mío, si acaso existes, dame la fe”.
Ahí está Dios
En aquel año de 1922
se debía celebrar en Santiago, en el mes de septiembre, el 11º Congreso
Eucarístico Nacional, y, si mal no recuerdo, en el mes de julio hubo una
procesión preparatoria con el Santísimo Sacramento. Mi madrina, que por enferma
no podía seguir la procesión, me llevó a la plaza Brasil, para que viera pasar
a Nuestro Señor. Así vi por primera vez a Jesús Hostia, y vi lo que ven todos,
nada más. Pero lo cierto es que al ver la Hostia Santa tuve la seguridad
absoluta: «Ahí está Dios»; sentí también de tal manera la presencia de Dios,
que arrastré a mi pobre madrina en pos de Jesús Sacramentado, hasta la iglesia
a la cual se dirigía la procesión. En aquel instante creí en Dios.
El mes antes de recibir el bautismo en la Iglesia
Católica recuerdo perfectamente, con un recuerdo sumamente vivo, lo siguiente:
experimentaba una extraordinaria presencia de María, como un caminar y obrar en
todo momento con Ella, en su presencia, bajo su amparo, con su ayuda. No sé
cómo describir este fenómeno, tanto menos cuanto nunca más se ha repetido, ni
podría con esfuerzo reproducirlo ahora. Después siempre ha predominado en mi
alma la experiencia del amor a Cristo, y la Virgen ha quedado en segundo plano.
Es como si Ella me hubiera llevado de la mano a la unión con Cristo. No me cabe
la menor duda de que debo mi conversión a María”
.
El descubrimiento de
su vocación secular
Así va desgranando Mª
Benedicta Daiber el relato de su vida. Nos dice que cuando tenía 18 años, en el
momento de su conversión, vio cómo se abría ante ella un nuevo camino, que
no quería recorrer con la desgana de una vida mediocre. A los seis meses de la
conversión, orando en presencia de Jesús sacramentado, cree percibir una
llamada a ofrecerse como víctima. Le embarga la certeza de haber descubierto su
“vocación”. Trece meses después, mientras regresa en autobús de la universidad,
se pone en oración y se siente iluminada: entonces, repentinamente,
sin haber pensado en ello, vi clarísimamente que lo que Dios quería de mí era
el ofrecimiento de víctima por los sacerdotes. Esto lo vi con tal claridad que
nunca más he podido dudar acerca de ello. Y vi, asimismo, con idéntica
claridad, que este ofrecimiento debía sellarse con un voto
. Ya había hecho
voto de castidad. Pero su director espiritual se resiste a darle permiso para
emitir el voto de ofrecerse como víctima.
Un sacerdote que está al corriente de la oposición de sus
padres ante la fe, le sugiere que se ofrezca como víctima por ellos. Esto
provoca en María Benedicta, que nunca había pensado en esa posibilidad, una
fuerte desazón. Acude a la iglesia de Santo Domingo, se acerca al primer
confesonario y expone su caso. El confesor le contesta: Siga ofreciendo todo
en primera intención por los sacerdotes y Dios, que no se deja vencer en
generosidad, le dará por añadidura la conversión de sus padres
. Dos años
después, de forma extraordinaria se convierte su padre y, en pos de él, su
madre se hace también católica. Esto la confirma en su vocación. El año 1930,
el director, eliminada ya toda reserva, le permitirá hacer voto de víctima, que
al año siguiente profesa a perpetuidad.
Estudia la Suma
Teológica de Santo Tomás y lee a los Padres de la Iglesia. Medita a fondo la
Biblia, que la ayuda a comprender la absoluta gratuidad de la gracia. En 1937
se da cuenta de que la entrada de muchas personas en las sectas o en
comunidades de la Reforma depende de la interpretación que sus líderes y
pastores hacen de la Escritura. Descubre así una vocación que asocia a la
victimal: la de dar a conocer la Palabra de Dios de una forma viva, vivida y
que despierte vida
, en línea con la lectura que de ella hace la tradición
católica.
Daiber no se ha ofrecido
en vano como víctima, y conoce de forma habitual el sufrimiento interior.
Especialmente a partir de 1941, se hace cada vez más frecuente e intenso el
sentimiento de desamparo divino. Se ofreció a esta prueba en favor de un
sacerdote que había dado un grave escándalo y que, todavía catorce años más
tarde, moriría rechazando los sacramentos, lo que aumentó el martirio interior
de María Benedicta. Experimenta también como un abandono de parte de la Virgen,
que se acentúa en las fiestas marianas. Un 15 de agosto se le hace tan doloroso
que suplica: ¡Señor, devuélveme mi Madre! Así participa en la
desolación de Jesús y la soledad de María, a la vez que se intensifica más y
más en ella el impulso de la caridad.
María Benedicta dedicó su vida a la Iglesia como seglar.
Ejerció su apostolado en Hispanoamérica y España, fundando el Movimiento Pro
Ecclesia Sancta y la Obra de Cursillos Bíblicos. Su dominio del latín, griego y
hebreo, así como de seis idiomas modernos, le permitió dar cientos de cursos a
seglares y religiosos para un mayor y mejor conocimiento de la Sagrada
Escritura.
Falleció en Barcelona en el 8 de febrero de 1987. El 8 de
febrero de 2013 el cardenal arzobispo de Barcelona Lluis Martínez Sistach
inició su causa de canonización